Rubén Barcelli, "Status"

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Por Rubén Barcelli



Lo que murmura la gente tiene algo de verdad, no es puro mito. A Status sólo entran los fashion, los más bellos, los mejores; me refiero a los pecadores con American Express y a sus féminas cómplices, tan adictos a ese mundo psicodélico y nocturno. Sí, es la respuesta a tu pregunta. Sí, Lima es el infierno y Status es el point: el anfiteatro de la lujuria.





AFTER PARTY

De pronto, desperté en mi casa. Pamela ya se había ido. Sólo me dejó un dolor en la pelvis, la sensación de su piel levemente fría como el yogurt impregnado en mi cuerpo y su sudor delicioso de perfume caro. Yo esperaba más bien su teléfono. No me lo quiso dar, quizás para no tener que decirme que no me quería volver a ver. Tengo la garganta seca, los huesos destrozados y la cabeza me revienta aún más por los chillidos de Alonso. Apenas despertó, empezó a gritar, incontrolable, preguntando dónde mierda estaba. Me amenazó con las llaves de su auto mientras buscaba algo en mi departamento que le sirviera como un arma mucho más eficaz. Lo calmé asegurándole que yo no era maricón hasta el hastío. Le pedí que me dedicara uno de sus libros y, para que confiara un poco en mí, le conté la verdad. Me dijo que no le importaba y que publicara lo que se me diera la gana. Le conté que estaban interesados en contratarlo en Neo Mundo.

-¿Tienes más whisky? -me preguntó sacándose las legañas de los ojos.

-¿Quieres más todavía? -le contesté con sarcasmo y me reí.

No me dijo nada. Lo detuve antes que intentara cruzar el umbral y le di mi tarjeta. Alonso abrió la puerta, se puso sus Gucci de sol antes que el brillo del mediodía le achine los ojos, y me dio su tarjeta con el número de Pamela escrito en la parte de atrás. Nunca más lo volví a ver en persona, sólo por la tele.


ZONA VIP

La discoteca Status se encuentra enquistada en la ya mítica avenida Larco, en Miraflores, y se ha convertido, desde su pomposa inauguración -hace más de dos años-, en el punto de reunión preferido por los jóvenes del NSE A de la capital. Los socios entraban de inmediato, sin mayor trámite. Yo tuve que hacer una cola de lo más extensa y bisexual, compuesta por drag queens, chicas plásticas y enternados, la mayoría de ellos metrosexuales. Los agentes de seguridad eran los encargados de decidir, de lo más imperturbables, quienes entraban y quienes no. Casi nadie de los que formó cola delante de mío lo logró. Yo estaba muy nervioso, me sudaban las manos y se me hizo un vacío en el estómago como los domingos por la noche de niño cuando sabía que el lunes temprano regresaría al colegio. Llegó mi turno, uno de los agentes me barrió con la mirada, como estudiándome, y asintió con la cabeza. La gente dejada de lado rogaba por entrar, algunos armaban un escándalo y los agentes tenían que botarlos a la fuerza. Cuando me retiraba, casi al amanecer, unos pocos aún seguían allí, en la calle, congelándose.

Bajé por una de las dos escaleras que se bifurcan en lo que es la discoteca en sí y descendí a un mundo hermético, atiborrado de efectos compuestos por rayos láser, luces turquesas y rosadas y bailarinas intimidantes. Ellas bailaban sobre sus tacos aguja mientras sus pocas ropas rojas ardían en un fuego infernal. Parecían mirarme directo a los ojos mientras se contorsionaban sobre altos pedestales. La música se acentuaba cada vez más hasta apoderarse de mis oídos. Me acerqué a una de las barras, la más grande y concurrida. Me senté cegado por la cortadora que, sobre el firmamento lumínico, me hizo ver todo como en cámara lenta. La pista de baile estaba repleta, al menos así parecía. Yo sólo veía siluetas andróginas que bailaban a contraluz, se movían enérgicas, erógenas. Un humo artificial apareció no sé por dónde, formando una neblina con sabor a durazno. El primer rostro que logré vislumbrar a través de la neblina fue el de una mujer detrás de la barra, al parecer era una de las meseras. Le pregunté qué necesitaba para hacerme socio de Status y pedí que se cargue a mi tarjeta Visa de platino -facilitada por Neo Mundo especialmente para elaborar esta crónica- una botella de Johnnie Walker etiqueta azul. Me puso la botella enfrente de inmediato junto con un cubo de hielos y un vaso y desapareció. Según lo supuse, el consumo de una botella tan costosa llamaría la atención del personal de Status, tanto como para comunicárselo al propio dueño. Mientras esperaba metí el dedo en el vaso para atenuar mi nerviosismo, revolví los hielos por las puras y me chupé el dedo mojado. Sabía bien.

Gonzalo Prado se acercó, y me preguntó cómo la estaba pasando, de lo más sonriente. Le contesté que muy bien, todo genial. También preguntó mi nombre y, además de responderle, le lancé el rollo que ensayé cuidadosamente durante toda la tarde: si pues Gonzalo, soy un empresario que regresa al Perú luego de que el consorcio inversionista para el cual trabajo, ah sí claro, sírvete un vasito de whisky, los que quieras, bueno y salvamos de la quiebra al banco este, del que te estoy contando, y acá estoy de nuevo en Lima, supervisando el asunto, ¿más whisky, Gonzalo? Le puse un par de hielos más y casi le llené el vaso. Noté a un Gonzalo sorprendido. Es que su banco era mi banco, con el que mantenía una gruesa deuda financiera. Mientras me seguía sonriendo, le di a entender, entre líneas, que estaba tratando de re-insertarme dentro de los círculos sociales en Lima, le conté que me encantaba el estilo posmodernista, tan op art de los centros nocturnos europeos, y que Status, por lo poco que veía, no tenía nada que envidiarle a ninguno de ellos. Gonzalo se infló como un pavo, creidazo, y me dijo que era el dueño de Status y de algunas discotecas más en la playa. Yo me hice el sorprendido, no lo puedo creer, hermanito, ¿en serio? Me pidió que lo acompañe a la zona VIP para presentarme a la gente que ocupaba su mesa.

Le di la mano a Chicho Gutiérrez, crítico de rock que, como era de esperarse, estaba drogado, a Pamela Ocampo, modelo de “Gane jugando”, a Alonso Bertello, conocido escritor que me saludó con el mayor desgano, y a un par de anfitrionas que me conocían. No dijeron nada ante la presentación que me hizo Gonzalo: Diego acaba de regresar al Perú después de mucho tiempo, dijo; sólo me miraron con una sonrisa cómplice y coqueta. Dejé mi botella de Johnnie azul sobre la mesa, junto con otros whiskies y daiquiris. Pamela y Alonso conversaban como si se encontraran solos. Bertello acariciaba sus piernas largas y marcadas por debajo de la mesa. Las anfitrionas reían y se tocaban el pecho como haciéndose las espantadas de la forma en cómo Bertello utilizaba sus manos como armas de conquista mediática. Pamela trataba de hacerse la difícil con esa sonrisa que esboza cuando le muestra a la cámara los premios que se llevarán los concursantes ganadores. Yo bebía mi whisky, mirándolos sin que se dieran cuenta que los observaba, manteniendo una postura erguida, interesante pero, a pesar de que lo intentaba, no podía dejar de estar nervioso por estar entre gente de la que he oído hablar y que había visto tantas veces en la televisión. Mi rito de las tardes es ver ese programita mediocre llamado “Gane Jugando” con una sola mano, gracias Pamela por esas falditas, de verdad. Y me he leído casi todos los libros de Bertello, creo que es uno de los mejores escritores jóvenes en la actualidad. En cambio Gutiérrez me parece pura pose, muy al cuero negro y con su programita televisivo de rock no-comercial que casi nadie ve, además se nota que el tipo posee la profundidad de un spot de cerveza, aunque tiene buenos contactos, eso es indudable. Me pareció extraño que las anfitrionas no compartieran la noche con hombres. En mi primer viaje al baño despejé mis dudas: confundí los géneros de los letreros y pude contemplar como una le acariciaba con la lengua uno de los pezones a la otra que aplacaba sus ganas de gritar mordiendo una toalla higiénica. Me quedé viéndolas besarse. Las quise besar. Al regresar del baño noté que Chicho y Gonzalo se fueron hacia una mesa del fondo, lejos del bullicio de la gente. Me acerqué y Gonzalo me preguntó si me provocaba consumir un poco. Yo titubeé sin saber qué decir para excusarme. Gonzalo llamó a las anfitrionas. Una de ellas sobó sus senos contra mi espalda con extremada delicadeza al abrazarme. Quise oponer resistencia. Jala o le cuento la verdad a Gonzalo, me dijo. La otra se me puso enfrente. Llevó a mi nariz esa sustancia que brillaba, tan provocativa, como ella. La que estaba a mis espaldas pidió protagonismo y me desvirgó el orifico nasal que aún conservaba su inocencia. Se alejaron riéndose, tomadas de las manos, a seguir bailando entre ellas.

Me serví un par de tiros más -ya por mis propios medios- antes de contemplar a los mozos trayendo más drogas, licores y diversas pastillas de éxtasis que dejaron puestas cómo buffet en bandejas de plata. Una mesera le dijo algo al oído al Gonzalo. Discúlpame un momento, pero prefiero ocuparme personalmente de mis negocios, me dijo. Me quedé solo con Chicho así que aproveché para indagar acerca de una de las leyendas urbanas más comentadas de esta ciudad: los cuartos de neón del segundo piso. Ese es el verdadero atractivo de Status, según se comenta. Gutiérrez me aseguró que la zona VIP no era nada comparado con el segundo piso, pero que estaba restringido sólo a algunos socios pero que no me preocupara porque yo no tendría mucho problema en acceder allí puesto que Gonzalo me consideraba una persona de la cual, en el futuro, podría requerir un favor. Yo le sonreí y lo felicité por su programa de rock. Gonzalo regresó y le dijo algo a Chicho que desapareció de inmediato. Cuando nos quedamos solos me tocó el tema de su deuda con el banco. Yo le pregunté qué era ese rumor de los cuartos en el segundo piso. Gonzalo me miró como entendiéndome, llamó a un mozo y le ordenó mostrarme el camino. Mientras me alejaba de la zona VIP espié a Pamela que le hablaba a Alonso con denodado entusiasmo, pero Bertello parecía estar más atento a mi botella de whisky.


EL CUARTO NEGRO

Apenas terminé de subir las escaleras, una chica tomó mi mano y me jaló con rapidez hasta sentarme en un sillón, se arrodilló en el suelo, se acercó hasta colocar su boca entre mis piernas y comenzó a abrirme la bragueta. Son cincuenta cocos, me dijo, maltratándome el pene. Me disculpé cortésmente y me alejé despacio. Me adentré aún más donde pude vislumbrar los cuartos del fondo, en donde se escuchaba otro tipo música, como me lo había dicho Chicho, más finales de los sesentas: Hendrix y a continuación la verborrea de The Doors. Las puertas eran cortinas marroquíes importadas por Gonzalo para cada cuarto, alumbrados sólo con una luz de neón que proveía de personalidad a cada uno de ellos. Uno era rojo, otro verde mar, el cuarto más pequeño era de un amarillo brillante y el último y más concurrido era negro. Por esto no puedo dar fe de lo que hay dentro de él, sólo conjeturas sin pruebas: la bienvenida estuvo a cargo de un ser anónimo con voz femenina. Me dio un beso sin lengua, me susurró palabras en francés y sopló cálidos vientos sobre mi cuello desnudo. Manos me sobaron el pantalón y la camisa, toqué piernas suaves y delicadas, bebí algo que pude descifrar entre ron con gin y crema de menta. Note perfumes Jadore, Yves Saint-Laurent y Channel. Estuve tirado allí por no sé cuánto tiempo envuelto en una completa oscuridad, tropezándome con cuerpos humanos y buscando los labios que me recibieron en la entrada y que nunca más pude besar. Bajé las escaleras, conmocionado y de lo más excitado. A unos metros del guardarropa Pamela Ocampo y Alonso Bertello -cayéndose de borracho- entablaban conversación con uno de los agentes de seguridad. Apenas Alonso me vio, me abrazó por los hombros y me recomendó el cuarto negro. No sabes de lo que te pierdes, huevón, alcancé a escuchar. No terminé de decirle que ya había estado allí cuando, inesperadamente, se desplomó llevándose consigo una mesa, quedándose dormido sin acusar dolor alguno por el golpe. Pamela rió como si fuera un chiste más de Alonso. El agente de seguridad me contó que siempre le pasaba lo mismo: el señor Bertello puede dormirse en cualquier parte, una vez lo sacamos del almacén porque se había quedado seco chupando de la manguerita de la chopera. Me ofrecí llevarlo a su casa. Pamela me pidió que la lleve a su casa y muy cordial el agente mandó traer el auto de Bertello del parking.

No sabía cómo proponerle que nos tomáramos un trago frente al mar. Mis manos, al volante, sudaban y sudaban y yo me limpiaba con la tela del pantalón. Cada vez que no era muy obvio, volteaba para mirarla fumar. Esa es la imagen de ella con la que quisiera quedarme antes de no volverla a ver jamás. Sus piernas, recogidas hacia un lado, y los postes de luz aclaraban las facciones de su rostro intermitentemente. Una mujer envuelta en las bocanadas del humo y de la noche, perfectamente aclimatada a una soledad que oculta muy bien detrás del maquillaje, la irremediable soledad de su belleza y su minifalda. La provocación de sus piernas interminables y su mirada siempre deseosa pero ahora apagada, que mira solo por mirar, por compromiso.

Pamela volteó a ver a Alonso dormir en los asientos traseros y creo que lo odió. Lo odió por ser el único hombre en Lima que rechazaría a una chica como ella, tan Cosmopolitan, tan ensaladas sin aderezo, tan modelo de la tele, de pasarelas, de fotos. Tan bulímica. Tan Status, pero el muy imbécil de Alonso prefirió un whisky de 350 dólares, el mejor whisky de la casa, el mío. Pamela me pidió que me detenga en un grifo a pocas cuadras de su casa porque tenía que ir al baño, lo cual no entendí. Salí del auto y entré al autoservicio para comprar algo que comería viendo alguna película. Me topé con ella cuando pagaba la cuenta, se apareció súper retocada, con el maquillaje perfecto, como si acabara de salir de la ducha y me sonrió y la recordé otra vez detrás del televisor y me emocioné de tenerla tan cerca.

-Quiero un vino, ¿te parece bien? -me preguntó.



© Rubén Barcelli (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

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