SÓNAR 2005: Notas de un viaje a través del sonido y sus periferias

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Por Sonia Fernández Pan

Con los festivales de música me sucede algo parecido a los viajes. Aguardo ansiosamente su llegada y, una vez iniciados, estoy deseando que terminen. Será uno más de los síntomas de esa enfermedad que recorre el mundo contemporáneo, la posmodernidad, como cuando esos millones de turistas itinerantes fotografían los monumentos emblemáticos de las ciudades elegidas como destino vacacional antes siquiera de mirarlos y observarlos detenidamente para no malgastar imágenes en una cultura que archiva el presente antes de vivirlo, que pasa por los lugares sin que los lugares pasen por ella.

Este texto no pretende en absoluto ser un recorrido exhaustivo por el 12º Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, porque mi experiencia personal del mismo tampoco lo fue. Se limita a contornear una difusa nebulosa de sonidos no tan experimentales como reza su slogan, entre modernos nacionales e internacionales deambulando por los espacios diurnos del centro de la capital catalana que pasaban a una dimensión lisérgica del sonido, traspasado el amanecer de la nocturnidad.

© Gianluca Battista, Sonar 2005. Ver Aviso Legal.
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© Gianluca Battista, Sonar 2005. Ver Aviso Legal.

Tres días y dos noches en los que Barcelona se sube al podium de la música electrónica, desde el propio Sónar hasta sus periferias más underground, esa decepcionante rave que constituye el Anti-Sónar y que manifiesta abiertamente el grado de alienación extática y anestésica de una metarrealidad que dista mucho de la filosofía de sus orígenes en aquella Londres de hace casi dos décadas, (des)gracias a la introducción de ciertas sustancias estupefacientes bajo un (ab)uso inconsciente e indebido por parte de los consumidores más noveles de estos espacios para el delirio, origen etimológico de la teminología anglosajona “to rave”. Paralelamente, numerosos eventos plagados de música electrónica en todos los rincones de la metrópolis para ofrecer alternativas lúdicas a los habitantes, viajeros y turistas que en ese momento se hallaban en Barcelona, bien sea por imposibilidad de asistencia o por elección propia de no participación en un evento cada vez más “comercial” (nunca me ha gustado el empleo gratuito que hace el común social de esta palabra, ya que no creo que ningún acontecimiento actual, sea del tipo que sea, evite los beneficios económicos, Anti-Sónar incluido), más mediático, más asequible al auditorio estándar, en detrimento de una diversidad sonora y una confianza en las propuestas más arriesgadas de la escena actual. El espíritu del Sónar, aquellos orígenes de los que me hablan algunos conocidos, si es que continúa, se halla sin duda, en el Sónar de Día. Pero entonces yo vivía en una realidad muy apartada, en la cual la música electrónica no era ni tenía la posibilidad de ser. Afortunadamente, o no, las cosas cambian.

Para acompañarme en mi diletante periplo por el festival llegó un gran amigo mío de Portugal, amante del universo sonoro electrónico con el que tropecé en una de esas estupendas casualidades de la existencia, precisamente en una sesión de Dave Clarke que se celebraba en una de las salas más famosas de esta ciudad. Amigo al que perdí nada más iniciado el Sónar, conscientes ambos de que estos acontecimientos, y la existencia en general, se viven desde la soledad de las multitudes.

El jueves, 16 de Junio, hacía un tiempo estupendo, indicando que la estación estival estaba a la vuelta de la esquina, ayudado por la variopinta indumentaria de los asistentes al festival y de los que, sencillamente, paseaban por los alrededores, algo habitual en un barrio de moda como es el Raval. Llegué al recinto apenas comenzada la primera jornada, un poco desorientada al no conocer la ubicación exacta de los escenarios y de los artistas, confundiendo espacios y dj’s. Creyendo ver a Cliché (todavía no entiendo que cuando acudamos a un concierto consideremos que vamos a ver y no a escuchar al músico o músicos en cuestión, pero creo que no voy muy desencaminada si le echo la culpa a Platón, origen de muchos patrones occidentales de comportamiento, y su debilidad por el sentido de la vista y a la inexistencia de mecanismos tecnológicos para reproducir el sonido hasta el siglo pasado, obligando a los melómanos durante siglos a la asistencia a toda una puesta en escena a la hora de penetrar en las realidades sonoras, desde el teatro antiguo al concierto de cámara barroco, pasando por los rezos eclesiásticos y la ópera decimonónica) tropecé con Fractal 6, heterónimo muy acertado teniendo en cuenta el gusto actual de la música electrónica hacia la Teoría del Caos, y su “electrónica sentimental”, si se me permite la expresión. Allí permanecí hasta el final de la sesión, contemplando además el desfile de personas y personajes que siempre deambulan por los espacios contemporáneos de las prácticas artísticas actuales, muy modernos y posmodernos, ironías las que se quieran, entre líneas y dentro del sentido del discurso. En el transcurso sonoro coincidí con un conocido brasileño que también siente debilidad por estas experiencias sonoras, acudiendo a la sala de proyecciones para rellenar el hueco hasta la próxima actuación. De nuevo, Platón y toda la estética visual hizo que permaneciésemos más de lo acordado agazapados en las butacas del auditorio del CCCB, deleitándonos con el devenir de unas imágenes de principios de los 80 a través de una animación experimental titulada Chronopolis y una sucesión de cortos electrónicos de diferentes estéticas y fechas.

Tras una complicada decisión, salimos de la oscuridad de la sala de proyección, observando como el aforo del festival había aumentado notablemente, llegando a situaciones bastante incómodas para acceder a otros espacios del festival, lo cual no suponía ninguna novedad y era del todo previsible, teniendo en cuenta la proyección mediática del Sónar, dentro y fuera de los confines del panorama nacional. Después de peripecias varias por el organismo arquitectónico, en las cuales los atajos se convirtieron en caminos ulisíacos, logramos volver de nuevo al punto de partida para escuchar los sonidos que ofrecía la sección procedente de Brasil, tras infructuosos intentos de penetrar en el Hall para descubrir los heterodoxos sonidos de Mathew Herbert y el panorama gastronómico-musical que se cocía, nunca mejor dicho, en la zona adyacente al Sónar Cinema, encontrando una atmósfera cada vez más colapsada de visitantes, y preguntándonos mi compañero eventual y yo si la gente que acude al Sónar lo hace en base a la música o en base a un nuevo escenario más cool para sus reuniones sociales. Finalmente, no fue tan desagradable tener que cambiar el menú previsto por otro de cálidos y animados sabores brasileños, de la mano de M Takara, Hurtmold y Rob Mazurek,

Visto que el ser humano ni puede desdoblarse ni puede tener vacaciones de sí mismo, tuve que resignarme a abandonar el perímetro diurno del festival sin conocer las peripecias de Laureen Garnier Cinemix, para dirigirme rápidamente a otro punto de la ciudad condal, el Auditori, donde me esperaban un amigo apasionado por el shranz y el elektro, la OBC, Pedro Alcalde, Richie Hawtin, Doseone y Dj/Rupture, al que tuve la gran suerte de descubrir en la edición del 2004 de otro famoso festival barcelonés, el Primavera Sound y que se ha convertido en uno de los protagonistas de mi actual imaginario musical. Habituada a la severidad de los conciertos que se celebran en tales espacios durante mis actividades paralelas a mis pasados cursos de Historia de la Música en la universidad, resultaba simpático, por decirlo de alguna manera, ver concurrido el espacio arquitectónico por gentes que poco tienen que ver con la seriedad de aquellos que se sientan elegantemente en las butacas de un auditorio para escuchar piezas de Mahler o Stravinsky. La atmósfera era menos ortodoxa y los protocolos que exige la escucha de la música clásica estaban diluidos mediante la participación de los asistentes que venían llamados por los dj’s y no por los miembros de la orquesta, sin dudar a la hora de expresar sonoramente el placer derivado del experimento que, guste o no guste, es un paso hacia la consideración de la música electrónica como arte elevado, a pesar de que no sean de mi agrado estas categorías diferenciadoras puesto que, tras años de estudio de la disciplina del Arte se comprueba que estas categorías no son compartimentos estancos y que lo que, en su momento, no es tan siquiera considerado por la crítica coetánea, pasa a ser un capítulo fundamental de los manuales de Historia del Arte a posteriori. Van Gogh y El Greco son dos ejemplos que dejan constancia.

© Gianluca Battista, Anti-Sonar 2005 (1). Ver Aviso Legal.
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© Gianluca Battista, Anti-Sonar 2005 (1). Ver Aviso Legal.

El concierto del auditorio, como casi todos los momentos que logran la utopía del placer en el organismo humano, se me hizo corto. Y yo, algunas veces, soy de la opinión de que lo bueno, si breve, breve. Como intuía, mi actuación predilecta resultó la de Rupture, introduciendo sonidos incómodos en el transcurso plácido de la sonoridad más clásica de los músicos de la orquesta, que interpretaban partituras de Webern. La intervención de Doseone se alejaba del discurso al que nos tiene habituado Anticon para aproximarse a los monólogos de teatro más habituales, mientras que la participación de Richie Hawtin, emblema del techno más elegante, no se alejó mucho de mis expectativas, pues las similitudes rítmicas entre el sonido nacido en Detroit y el de la música occidental son mayores que en el caso del inclasificable Rupture, en la vanguardia de lo underground, si es que tiene sentido pensar en tales términos dentro de un sistema social y económico que lo asimila todo y lo catapulta publicitariamente para convertirlo en moda perecedera. Consideraciones sobre el capitalismo aparte, La nit Sónar 05 me dejó con un buen sabor de boca, aunque la segunda parte, denominada Paisajismo, me resultó un poco más indiferente (lo que, en ningún modo, quiere decir indiferente al completo), seguramente por ciertos hábitos de contemplación que hacen que prefiera un transcurso más veloz de las imágenes que interaccionan con la música. Una segunda parte nada desdeñable, en ningún caso, tras un día disperso en el que mis planes iniciales fracasaron apenas comenzado el evento, consciente de que los itinerarios preestablecidos siempre se quedan en el papel o en la memoria. Lo mejor en estos casos, dejarse llevar. Y así, lo hice, acercándome, una vez acaecida la madrugada, a uno de los múltiples programas alternativos al Sónar tras encontrarme con mi compañero portugués, el que se desarrollaba bajo los sonidos de Nathan Fake y James Holden dentro de una de las salas del complejo Razzmatazz, enclave que nunca me ha resultado muy acogedor en comparación con otros espacios de la ciudad, lleno de extranjeros poco considerados que no dudaban en pisar y empujar dentro de esa pequeña batalla que se establece en las pistas de baile de todo el mundo. Aunque finalmente, bailar, si pude, volviendo a casa muy cansada y consciente de que el viernes, que ya había comenzado, sería un día más agotador. Pero que me quiten lo bailado, como reza el refrán. Y nunca mejor dicho.

El viernes se dibujaba un lienzo más barroco, un cuento sonoro con más palabras y más espacios. Abrí las páginas del Sónar bastante tarde, después de un descanso poco reparador, teniendo en cuenta los capítulos del día anterior y los que todavía quedaban por escribirse. Llegué a tiempo para escuchar la sesión de Fibla en el Sónar Village y su glich-hop, una de las innumerables etiquetas que se ofertan en el árbol genealógico de la electrónica. Allí descansaban, sobre un verde eventual de texturas artificiales, numerosos asistentes, mientras yo y algunos conocidos, con un algún amigo de por medio, intentábamos eludir el sentimiento vergonzoso de bailar cuando casi nadie lo hace, dentro de esa melomanía estática que parece respirar la edición diurna del festival.

Bajo una cadencia lenta se desarrollaban eclécticos sonidos que servían de tapiz a una reunión multitudinaria de personas de procedencias heterogéneas, subsumiendo la música entre las voces y haciéndome pensar en un pequeño ensayo de Hal Foster cuando diferencia la vanguardia de lo “pop”, el conformismo local del conformismo global. Al fin y al cabo, las metrópolis y sus representantes son bastante símiles en todo el orbe. En el caso de la música electrónica, la universalidad es un característica incuestionable que hace que yo y un japonés reaccionemos igualmente dentro de una sesión de techno, experimentando sensaciones bastante similares. Ese japonés y yo, en nuestro círculo social podemos resultar “avanzados” (categoría que se autoaplica el Sónar y es bastante discutible), pero estamos insertados en un gusto global que, a gran escala, no es tan vanguardista como pudiera parecer en un contexto menor. Inevitablemente, mi asistencia a los espacios artísticos de la posmodernidad siempre me conduce a consideraciones de este tipo, pues soy de la opinión de que la vida sin analizar no vale la pena ser vivida, parafraseando a George Steiner.

Valoraciones culturales aparte y movidos por los breves resúmenes acerca del trabajo de los músicos que participaban ese día en el festival, entre los cuales el término drum’n’bass siempre se escribe en mayúsculas para mí y mis compañeros de viaje por la electrónica, decidimos acercanos al Sónar Lab para conocer a un tal Multipara procedente del territorio germano, también de mi devoción. Pero no sin antes escuchar (y ver, cómo no) un poco del avant-rap de Subtle, con un recital de Doseone muy diferente al de la noche anterior en el auditorio, dentro de los parámetros de Anticon.

El Sónar Lab era un lugar desconocido para mí todavía, un espacio arquitectónico de estructuras eclesiásticas en el que apenas había gente. En el altar, escenografía muy adecuada si pensamos en las sesiones electrónicas como una trasposición occidental de los rituales de otras culturas, había un hombre al que nunca se hubiera asociado con un dj si me lo tropiezo en los vagones del metro, un alemán de increíble empatía con el público que regalaba bastantes vinilos a los asistentes tras haberlos empleado. Evidentemente, nosotros nos llevamos uno, tras situarnos vanguardistamente en primera fila para bailar entre una geografía de variados sonidos que abarcaban múltiples tendencias pero bajo el mismo aire experimental que se respiraba en todo el cartel del Sónar de Día.

Los festivales se parecen a los menús de degustación: un poco de todo y mucho de nada, una composición esbozada y nunca terminada que siempre deja insatisfecho. Nuevamente movidos por la posibilidad de escuchar los breaks del d’n’b y por mi curiosidad hacia el universo nipón, nos fuimos al perímetro del MACBA para descubrir un plato del menú “MADe in Japan” de la mano de Yamauchi, penetrando en una sala oscura llena de extranjeros sentados tranquilamente entre los ángulos minimalistas del sonido procedente del impero del Manga. Nuestras expectativas siempre nos conducen a cierta decepción con respecto a los acontecimientos, teniendo que abandonar nuestro imaginario y asentarnos en la realidad que se nos presenta sin categorías a priori para disfrutar inocentemente de las cosas, como si ocurrió con Mouse on mars, grupo cuyo nombre conocía de sobras pero del que nunca había escuchado nada, saboreando lo mejor del Sónar hasta el momento. Quizás un devoto de la banda hubiese tenido una opinión distinta a la mía, que los descubría en el Hall del CCCB y por consiguiente, las posibilidades de comparación con actuaciones anteriores eran inexistentes. Y criticar u opinar siempre se rige por la comparación.

Terminada la primera parte del viernes, esperaban la noche y su macrofiesta en el recinto de la Fira, bajo pretensiones de reclamo económico más que artístico, una fiesta al fin y al cabo y no un museo de sonidos. Esa es la opinión que sacó de mi la segunda parte del viernes pues, a pesar de que me gusten o no dj’s como Jeff Mills o The Chemical Brothers, no veo en qué medida pueden resultar avanzados dentro del contexto de la música electrónica actual, si bien cualquier tendencia electrónica puede ser avanzada dentro del panorama de la música en general. A pesar de que la experiencia del viernes noche no fue tan bien como yo esperaba, motivos personales incluidos que eliminan cualquier traza de objetividad (que no es otra cosa que una democracia de las subjetividades), la histriónica actuación de Jaime Lidell hizo que mereciese la pena todo el despliegue, aunque lo de los autos de choque es una cosa que todavía he asimilado, si bien ejemplifican la constante necesidad humana de pan y circo, erigiéndose coliseos de efímeras estructuras en el período estival y sus alrededores. Precisamente en los aledaños del Sónar tenía lugar una antítesis que no es otra cosa que su afirmación, dentro de la dialéctica que caracteriza el circuito occidental del pensamiento: el Anti-Sónar, una sonada rave que, a pesar de mis visitas frecuentes de estos espacios dionisíacos, provocaba mi curiosidad, llevándome hasta un emplazamiento de condiciones insalubres sobre una superficie de tierra que dejaba un bronceado eventual en todos los asistentes, un descampado rectangular y circundado por fábricas sobre el que se asentaban diferentes carpas de interferencias cacofónicas bajo una bofetada solar imposible de eludir. En Barcelona hay un Anti-Sónar cada fin de semana y, desde luego, éste no era el mejor al que he asistido. En apariencia, una zona temporalmente autónoma para el olvido y negación de ciertas estructuras de la jerarquía androcéntrica, misógina y patriarcal del capitalismo informacional. Bajo una mirada menos miope, una zona de inconsciencia dependiente de lo establecido, una evasión extática de la cotidianidad que nos devuelve agotados y en silencio al cauce semanal, dentro de una rutina llena de tesis y antítesis, con el sabor de cierta agenesia en el divertimento.

Como los excesos siempre repercuten a posteriori, el capítulo del Sónar de Día se escribió en el letargo del descanso, despertándome casi a media noche con la sensación de haberme bajado del tren a mitad de camino y sin ganas de continuar vagabundeando por el sonido. Seguramente el hecho de haber pagado una entrada repercutió en mi decisión de conocer la segunda y última noche del festival, acompañada por la intimidad de los grupos compuestos por escasos miembros, frente a la diáspora esquizofrénica de las pequeñas multitudes que hacen que estemos demasiado pendientes de la cohesión del grupo y no de la música. Añadiendo, por supuesto, mi interés por descubrir algunos de los dj’s que actuaban esa noche y que hicieron que, semanas atrás, optase por comprar el abono.

© Gianluca Battista, Anti-Sonar 2005 (2). Ver Aviso Legal.
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© Gianluca Battista, Anti-Sonar 2005 (2). Ver Aviso Legal.

Llegamos bastante tarde, a eso de las dos de la madrugada, justo a tiempo para presenciar por enésima vez una sesión de Miss Kittin, tras un pacto con mis dos compañeros, que accedían a seguir mi itinerario una vez terminado el electro de tintes techno-pop de la francesa más famosa de la esfera electrónica, santo de la devoción de uno de ellos. No obstante la efectividad de su trabajo, que hizo que bailásemos durante las dos horas que estuvo en el escenario del Sónar Club, considero un desperdicio acudir al Sónar o cualquier otro festival para ver músicos y dj’s que son residentes más o menos constantes en la ciudad en la que (sobre)vivimos y que, seguramente, desarrollarán momentos más memorables en actuaciones individuales.

El pacto resultó del agrado de los tres y contribuyó a que me llevase un sabor de boca del Sónar bastante bueno, aunque no lo que yo esperaba. Los últimos párrafos siempre influyen decisivamente sobre la memoria de un texto y, en este caso, los escribieron Luke Vibert, Mark One + Virus Sindicate, un poco del elegante techno de Richie Hawtin, el electro-tecnho adornado con breaks de Ellen Allien y el heterodoxo hip-hop de Diplo. Respecto al primero, decir siento extrema predilección por los componentes de Warp, entre los cuales destaca la genialidad de Aphex Twin, del que sonaron algunos temas, por fin fuera del recinto doméstico de mi equipo musical, en una sesión que todavía perdura en mis archivos sonoros. Lo mismo sucedió con los miembros procedentes del sello Planet Mu, en un Sónar Park medio vacío debido al reclamo de los grandes nombres que entonces actuaban y que, como cada año, acuden a su cita con el Sónar, repitiendo un cartel que, a pesar de la monotonía, llena los macro-espacios del festival electrónico por excelencia en Europa.

Mi primer viaje en el país del Sónar fue una experiencia de flâneur, algún lugar de trazas confusas entre un centro intercambiable y sus periferias eventuales, un viaje hacia un mismo espacio esculpido por lugares diferentes a través de una telaraña sonora en la que el ser humano puede penetrar o ser penetrado; un viaje para entender su geografía y elegir mejor las ciudades de destino la próxima vez, seguramente en un trayecto solamente diurno. Et sequentia...



© Sonia Fernández Pan (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

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