Sólo me dices que me quieres cuando estás borracho

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Santiago Roncagliolo



Anoche (hora peruana) volvió a llamar Flavio. Aquí eran las 7:00 a. m. del domingo, pero no me molestó. Como siempre que llama, Flavio estaba borracho y pasado de cocaína. Tampoco eso me importó, porque lo echo de menos.

A Flavio lo conocí en Madrid. En realidad, él me conoció en Madrid. Yo ya lo había visto en muchas de las innumerables telenovelas peruanas en que hacía de galán o de villano desalmado, con sus trajes bien planchados y su porte de machote. Alguna de esas telenovelas hasta la había escrito yo, pero nunca nos habíamos encontrado en las grabaciones.

A su llegada a España, Flavio se puso en contacto conmigo. Amigos comunes le habían dado mi número. Me dijo por teléfono que quería preparar una carpeta de proyectos, venderle alguno a una productora y hacernos ricos. Eso significaba que yo debía escribir esos proyectos porque el guionista era yo. Él se limitaría a aparecer en ellos porque era el guapo. Nos citamos a tomar un café.

No lo reconocí cuando llegué al café. Estaba más gordo que en las telenovelas y se había dejado barba y pelo largo. Cuando finalmente me di cuenta de que era él, tuvimos una conversación de cinco horas. Me dijo que estaba harto de ser galán, que quería ser productor, que la televisión española era una porquería y que podíamos preparar un proyecto mejor que cualquiera de sus programas. No debíamos pensar sólo en ficción, sino en reality shows como el de Laura Bozzo, programas cómicos, incluso una serie de dibujos animados en clave de humor negro, más o menos como Los Simpsons pero con inmigrantes. Estuve de acuerdo y empezamos a trabajar juntos.

Trabajábamos en su casa. Flavio vivía en un estudio que antes había pertenecido a un pintor que acababa de morir. Dice Flavio que al llegar sintió el olor del cadáver, y hasta encontró en un cenicero una chicharrita de marihuana que debía haber sido del muerto. Quizá por eso, el sitio era barato.

O quizá era barato porque el edificio estaba lleno de inmigrantes. Algunos ecuatorianos y una chica colombiana reconocieron a Flavio y lo invitaron a fiestas llenas de sudamericanos que se esforzaban por decir “¿Qué pasa, tío?” y otras muestras de integración lingüística. A Flavio le parecían unos cholos de mierda, especialmente los que se esmeraban en distinguir la c y la s, sin acertar jamás.

Durante tres meses, trabajamos juntos e ignoramos a sus vecinos mientras yo dilapidaba mis ahorros en Madrid. Pronto empezamos a sospechar que ninguna productora nos iba a comprar nada, ni siquiera nuestro programa escandaloso sobre parejas que se golpean ante las cámaras y familias que se desintegran frente a los ojos del espectador. Yo me estaba quedando sin dinero, y empecé a trabajar cuidando a un anciano al que había que bañar y limpiar cuando se cagaba. Flavio tenía ahorros para mucho tiempo más, porque los galanes ganan muy bien.

Cuando empezamos a cansarnos de fracasar, dedicamos nuestras jornadas de trabajo exclusivamente a beber y a fumar porros en su destartalado estudio hasta la madrugada. Una noche, una española de unos sesenta años salió del apartamento de al lado y se asomó a la única ventana de Flavio, que daba al patio central. Flavio y yo teníamos los ojos hinchados y la mesa llena de botellas.

—Hola, vengo a deciros que formo parte de una asociación que ayuda a inmigrantes menesterosos. Si no tenéis dinero, la asociación os puede conseguir un sillón o una mesa, para amueblar vuestra casa.

Flavio y yo cruzamos miradas. Yo estaba sentado en el único sillón. Él estaba en el suelo. La mujer continuó:

—Y por cierto, también colaboro con una asociación para la rehabilitación de toxicómanos. Porque eso que huele no es tabaco, ¿eh?

Ésa fue la primera humillación que Flavio tuvo que soportar. A mí no me pareció tan grave, porque estaba acostumbrado a bañar al anciano. Pero a él le dolió. Decidió mudarse. Pasó tres semanas buscando un apartamento nuevo en las revistas de segunda mano y en los avisos clasificados. Cuando los propietarios le contestaban el teléfono y oían su acento peruano, le decían que ya estaba alquilado. Uno de ellos le preguntó si era negro. No es que importe, acotó. Finalmente, un propietario le permitió ver un estudio. Fuimos a verlo juntos. Es abuhardillado, dijo el propietario, muy mono. El lugar era más bien mico. No medía ni quince metros cuadrados y la inclinación del techo sólo permitía estar de pie en un punto, bajo la ventana, con la cabeza fuera del apartamento. Flavio dijo que era el lugar perfecto para fumar un cigarro en invierno. Lo tomó porque ya no soportaba más el acoso de la señora caritativa.

Por entonces, una revista para inmigrantes nos propuso escribir los guiones de una historieta para su página final. Nos asignaron un dibujante y nos dieron total libertad creativa. Preparamos unas viñetas inspiradas en una noticia que venía en el periódico sobre Boris Becker. Una chica lo había denunciado por paternidad, pero él había negado que se hubiese acostado con ella. Recién cuando el ADN dio positivo, Becker tuvo que admitir que habían tenido una breve y sesión de sexo oral al paso, pero ella luego había escupido el resultado en una probeta y se había hecho inseminar.

Nosotros cambiamos a Becker por el príncipe y a la chica por una sudamericana que quería papeles. Era la época en que el príncipe estaba enamorado de una modelo sueca y las señoras monárquicas de España estaban consternadas. Pensaban que, si Felipe se casaba con ella, no tardarían en aparecer los reportajes tipo: “yo me acosté con la reina de España”, o “las fotos de la reina de España en topless”. A nosotros no nos gustaba la familia real, porque el rey había nacido en Roma y la reina en Grecia, pero a ellos nadie les pedía papeles ni los ponía a cuidar ancianos. La idea de la historieta nos pareció muy graciosa, pero nunca nos volvieron a llamar de la revista. Pasado un tiempo, la compramos y vimos que ya tenía una historieta, que nuestro dibujante firmaba con guiones de otro par de infelices como nosotros.

De vez en cuando, Flavio y yo compartíamos una terrible nostalgia cocainómana. Nos trepábamos por las paredes y aspirábamos el yeso de los techos. Luego corríamos al Retiro a comprarles porros a los nigerianos, pero no era lo mismo que estar en casa. La cocaína costaba en Madrid veinte veces más que en Perú. Solíamos fantasear con conseguir a un amigo que se tragase un par de condones llenos de coca y los trajese a España. Ahí sí que nos habríamos hecho ricos. O por lo menos nos habríamos matado de un infarto.

—¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando volvamos al Perú ricos y famosos?

—Voy a hacer una raya con mi nombre del tamaño de una mesa de billar y voy a invitar a todos mis amigos a que se la jalen.

Acabábamos nuestras borracheras con los dientes negros de vino y porros. Yo regresaba a mi casa haciendo eses por la calle. Flavio se quedaba a vomitar de rodillas en su baño. Las paredes de su nuevo edificio eran muy delgadas, y a menudo los vecinos golpeaban el muro para pedirle que dejase de hacer ruido. Entonces él les gritaba:

—¡Déjenme en paz, carajo, soy una estrella!

Lo era de verdad. Asistía a todos los castings de Madrid y sorprendía a todos los directores con su rapidez para memorizar los textos, su capacidad de improvisación y su presencia escénica. Pero no había papeles para gente con acento extranjero. O si los había era para gente que se viese racialmente extranjera. Flavio era demasiado blanco para ser exótico y demasiado peruano para ser natural.

A veces aparecían por Madrid otras estrellas. Ronnie San Martín vino una vez a la gala de los premios Goya, porque había aparecido en una película de Lombardi que estaba nominada a mejor película extranjera. Una noche fuimos a tomar una cerveza con Flavio y él. Yo pensaba que podríamos pensar en proyectos juntos y con Perú, coproducciones, telenovelas, quizá hasta series. Resultó que Ronnie era un perfecto imbécil descerebrado que se pasó la mitad de la noche contándonos a cuántas mujeres se había tirado desde que era una estrella. El resto del tiempo lo dedicó a hacerle ojitos a una gorda de la mesa de al lado.

Cuando salimos del bar, varias chicas se nos acercaron para pedirle autógrafos a Ronnie. Lo conocían por una telenovela peruana que estaban transmitiendo por las mañanas. A Flavio también le habían ofrecido actuar en esa telenovela, pero se había negado porque estaba viniendo a triunfar en España, así que ninguna de esas chicas se le acercó. Cuando las fans lo dejaron en paz, felicité a Ronnie por su éxito. Le pregunté qué planes inmediatos tenía. Él quería hacer contactos a ver si se quedaba a vivir en España. Le recordé que en el Perú su carrera era meteórica y ganaba mucho dinero.

—Sí pues, pero ese país es una mierda —respondió.

Dijo que el Perú mata las ilusiones.

Luego añadió riendo que algún día los tres podríamos ser como Bryce, Ribeyro y Vargas Llosa, que vinieron y triunfaron en Europa y eran amigos.

—Calla, pituco conchatumadre —quise responderle, pero me contuve.

Ronnie se alojaba en un hotel de cinco estrellas en el centro. Flavio y yo regresamos a nuestras casas en metro. A la mitad del trayecto, y sin venir a cuento, recordamos los matrimonios baratos que se organizan en los McDonalds y en los Burger Kings. Decenas de personas con trajes baratos manchándose las camisas celestes con grasa de carne de rata. No pudimos contener la risa.

Mientras nos carcajeábamos, una señora borracha se nos acercó y empezó a gritarnos que no debíamos burlarnos de los españoles, que veníamos a su país a comer porque nuestros países eran una basura, que si queríamos comer, ella nos podía tirar sus sobras. En el metro nadie dijo nada mientras ella nos gritaba. No sabíamos qué hacer. Ni siquiera nos dejó explicarle que nos estábamos riendo de los peruanos.

Ella siguió gritándonos, sobre todo a Flavio. Le dijo que sólo podía vestirse porque su ropa se la regalaba Cáritas. Y Flavio llevaba una chaqueta de cuero con forro interior de gamuza, una bufanda de lana cardada y un pantalón fuxia que costaba más que mi sueldo de Lima. Eso fue lo que más le dolió, creo. Después de muchos gritos más, un turista argentino —porque siempre hay un argentino— se acercó y le dijo a la señora que en su país al menos había muy buenos psiquiatras. Pero nosotros no dijimos nada. Sólo cuando bajamos del metro, Flavio me dijo:

—¿Sabes cuál es el problema de este país? Que cuando una vieja viene a decirte estas cojudeces, no le puedes responder: “Calla, chola de mierda”.

Al salir de la estación, nos quedamos un rato sentados en la escalera. No fuimos a un bar. Flavio dijo que quería volver a casa sin vomitar, por los vecinos, para no tener que recordarles que era una estrella. Dijo que odiaba a los españoles, sus gritos, sus impertinencias, lo toscos que eran. A mí, la verdad, los españoles me caen bien en general. Flavio continuó:

—¿Sabes cuánto ganaba yo en el Perú? 4,500 dólares al mes. 4,500. ¿Sabes cuánto gano acá? Nada, cero, ni un centavo.

—Ya.

—Y tenía un departamento con ascensor en el estacionamiento. Había un ascensor para mi carro. También tenía carro. Y ventanas. Y coca.

—Claro.

—Deberíamos irnos allá, hacer una telenovela, forrarnos de plata. ¿Por qué te quieres quedar acá?

—No sé. No me gusta Lima. ¿Y tú?

—Yo no quiero.

Dejamos pasar un rato en silencio hasta que cerraron la estación. La noche llena de nubes gordas y espesas parecía un cerebro negro.

—Soy gay —dijo Flavio de repente.

Luego cada uno se fue a su casa.

Al día siguiente, mientras veíamos por televisión la premiación de los Goya, un periodista se acercó a preguntarle a Ronnie San Martín si le gustaba España. Ronnie respondió sonriente que le encantaba y que estaba fascinado por la recepción que había tenido su último film. Film, dijo el huevón.

—Calla, pituco conchatumadre —le respondió Flavio al televisor.

Empezamos a pensar en regresar. Planeamos un programa de radio informativo y humorístico, una telenovela, una serie policial para ofrecer en Lima. Hasta le pusimos nombre a nuestra productora: “Cocodrilo producciones”.

Con el trabajo del anciano, llegué a ahorrar suficiente para viajar a Portugal. Flavio también quería hacer el viaje. Sería una despedida gloriosa de Europa. Iríamos en tren. Sesenta euros ida y vuelta sentados. Flavio dijo:

—¿Nos vamos a Portugal o nos compramos un gramo de rica coquita deliciosa?

Decidimos comprar un gramo.

Por esos días, llegó Marta, una amiga de Lima que estaba viviendo en París. Se había enamorado de un francés que la golpeaba pero sólo vivió con él hasta que expiró su visa. Ahora pasaba por Madrid de regreso a Lima. Se quedó a dormir conmigo unos días. Dormíamos juntos aunque no teníamos sexo, sólo queríamos dormir con alguien. Alguien conocido.

La noche del gramo, Marta también colaboró. Gramo y medio. Salimos por la noche. Conocí a un periodista gay y a un director de cine. Me encontré con amigos. Estaba feliz. En un momento de la noche fui al baño. En las escaleras vi a Marta besándose con Flavio. No quise interrumpirlos. Salí del bar y me perdí. Volví a encontrar a Marta a las cinco de la mañana en la calle. Subimos a un taxi y volvimos a la casa. Ella dijo:

—¿Por qué no vamos a la casa de Flavio?

Le dije que yo no quería ir.

—¡Yo sí quiero!

Le dije que Flavio vivía por el metro San Bernardo en una calle que se llamaba Colmenares u Olivares o algo así. Creo que en el 5. Creo que en el 3-B. Mientras ella seguía de largo, yo me fui a dormir. No recordaba nada de eso al día siguiente, a la una de la tarde, cuando desperté con ella a mi lado y la acompañé al aeropuerto.

Al día siguiente, Flavio me hizo oír el contestador de su móvil. Tenía diecisiete mensajes de Marta desde las seis hasta las once de la mañana diciéndole que estaba en San Bernardo y preguntándole dónde carajo vivía.

—Vámonos de este país —dijo Flavio.

Ese día, escribí a mis amigos diciéndoles que pensaba volver. Pensé que se alegrarían. Sólo me enviaron de vuelta correos que decían: “¡Nooooo! ¿Estás loco? ¡No vuelvas nunca! Esto es una mierda…”. Me contaron todas las cosas horrorosas que pasaban en Lima. Básicamente, las mismas por las que me fui de Lima. Pero todos eran socios de estudios importantes, guionistas de transnacionales, gerentes de empresas, famosos, vivían en barrios caros.

No sabía bien qué hacer.

Inesperadamente, en esos días me llamaron de una productora donde había dejado mi currículum meses antes. El productor quería que escribiese telenovelas. Creía que sólo las mujeres, los gays y los sudamericanos podíamos escribirlas bien. Hice una prueba y les gustó. Estaba feliz cuando volví a ver a Flavio. Él, no tanto.

—Ahora tú tendrás trabajo —dijo—. ¿Y yo qué voy a hacer?

—Si entro yo, quizá pueda meterte a ti luego.

Flavio encendió un cigarro. Las tuberías de su casa sonaron. Siempre sonaban.

—Ya tengo treinta y cuatro años —dijo—. No puedo quedarme aquí para siempre, esperando.

Cambiamos de tema, pero dos días después me anunció que se iba. Esa misma noche. Y cumplió.


Trabajé para la productora dos meses, adaptando guiones mojigatos de Televisa. El productor quería que los personajes fumasen, dijesen groserías y tuviesen sexo, cosas que no hacían en los libretos originales de los años ochenta. Adapté —casi reescribí— tres proyectos y luego dejaron de llamarme. Para cobrar el trabajo, tuve que esperar un año hasta conseguir mis papeles. Durante ese tiempo, volví a cuidar ancianos, el ramo en que ya tenía experiencia. También paseé perros.

Durante las noches que pasaba en vela con un viejo, vi por la televisión una serie española de dibujos animados como Los Simpsons. Y un reality show con el formato de Laura Bozzo, sólo que mal hecho: a los actores se les notaba que eran actores mientras se golpeaban frente a las cámaras. Incluso apareció una telenovela original española como la que Flavio y yo debíamos haber producido. Le escribí varios correos para contárselo, pero nunca contestó.

Después de meses, volví a ver a mi amigo en una telenovela peruana que pasaban por las mañanas en Madrid. Tenía un papel secundario, pero lo hacía muy bien, como siempre. Otros amigos me fueron contando que Flavio participaba en un montaje de Hamlet, que iba a producir una telenovela y que tenía posibilidades de protagonizar una película. Volví a escribirle al saberlo, pero tampoco contestó.

Un día de abril llamó por teléfono. En Madrid eran las seis de la mañana. Dijo:

—¿Cómo estás? ¿Cuándo vienes?

—Estoy bien. Y tú estás ebrio y hasta las orejas de coca. Jálate una por mí.

—¿Cómo estás? ¿Cuándo vienes?

Seguí contándole cosas, pero me di cuenta de que no estaba en estado de entender ni responder nada. Sólo podía repetir las dos preguntas hasta colgar el teléfono sin despedirse.

En los últimos ocho meses ha llamado dos veces más —anoche fue la última— y no hemos avanzado mucho en la comunicación. Siempre cuelga sin decir adiós y sin contarme nada. De todos modos, me alegra que llame.




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