Edwin Chávez, "Siameses románticos/Siameses románticos"

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Edwin Chávez


Cuénto incluido en el volumen 1922, Estruendomudo, 2005.


Kirsten y yo habíamos encontrado a la familia Ullsten antes del mediodía. Artur construía una pequeña casa de dos metros de altura y su esposa cuidaba a un niño no mayor de un año que intentaba caminar. Él era un hombre alto, barbudo y regordete; ella, una mujer delgada que tenía dos moños adornados por lazos de cintas y un vestido de pieza entera. Tan pronto Artur se percató de nuestra presencia, salió a nuestro encuentro emocionadísimo y nos invitó a pasar a su cabaña. En la estancia había un gato rechoncho y de patas cortas; yacía bajo la sombra de una rinconera. Nos sentamos sobre unos sillones de madera acolchados y al instante la señora Ullsten, por mandato de su esposo, entró a la cocina para traer una botella de vino con tres copas y una bandeja con rodajas de pan. Ya le había advertido a Kirsten sobre lo sigilosa que era la señora Ullsten con los individuos desconocidos y sobre lo gregario que era Artur con cualquiera que se cruzase por su casa. Cuando yo aún residía en Dalarna, este aparecía constantemente por mi vivienda para invitarme a una reunión o para salir a algún paseo por el bosque. Por aquel tiempo, además, llegó de Estocolmo su hermano Erik, un joven artista egresado de la Escuela de Bellas Artes.

—Supongo que esta ya no es otra de tus visitas temporales—dijo la señora Ullsten.

Se había acercado a servirnos el vino, ceremoniosa y atenta, pero solo atiné a mostrar una leve gesto. En el suelo, el pequeño de los Ullsten se dirigía a gatas donde el felino, balbuceando.

—Seguramente se queda—dijo Artur, volviendo hacia nosotros—. Erik no ha dejado de preguntar por ti. El pobre Karl ya no sabía qué responderle ante sus constantes preguntas.

Kirsten se puso de pie para alejar al niño del gato, que había comenzado a maullar. Cuando al fin el animal sintió la lejanía del pequeño, se recompuso y salió sin prisa de la sala y con dirección al bosque. Minutos después reapareció la voz de la señora Ullsten para pedir a su hijo, pues tenía el propósito de darle de tomar el frasco de leche que había traído de la cocina. Kirsten se lo devolvió y volvió al sofá. De inmediato la madre y su pequeño salieron mientras Artur, quien había estado pendiente de todas estas acciones, volvió a su conducta normal y nos incentivó para ir a la celebración de verano, a bailar valses alrededor de un mástil verdoso que se saturaba de adornos y gente cada año. Kirsten se anticipó a mi respuesta y dijo que iríamos de todas maneras. Luego el señor Ullsten me preguntó si ya me había decidido a vivir en el pueblo pero repuse que no; había venido en realidad para tomar descanso por unos días.

—Entonces tendremos que aprovechar tus vacaciones —sonrió Artur—. Tal vez así te decidas de una vez por todas.

—Quizás—respondí, sin la mayor intención de satisfacerlo—. Cualquier cosa puede ocurrir en estos días.

—Erik ha estado últimamente encerrado. Según él, está haciendo bocetos para un proyecto pero hasta ahora no se ha tomado la molestia de mostrármelos ni a mí ni a nadie. Desde la última vez que te fuiste solo me ha visitado un par de veces. No solo se ha vuelto un adicto sino también un ermitaño. Si al menos comprobara que realmente está haciendo algo.

La señora Ullsten retornó a la sala y le dijo a su esposo que se iría donde su hermana Birgit en el coche. El niño aún tenía en la boca el chuponcito de su botella de leche, el cuerpecito muy bien acurrucado en los brazos de su madre. Kirsten lo miraba con una media sonrisa.

—Si visitas a Erik—agregó de pronto Artur cuando su esposa y su hijo abandonaban la casa—, lo primero que debes hacer es ir a su taller. Lo más seguro es que no te deje ingresar, pero tal vez se conmueva por tu súbita aparición, quién sabe. Ya van más de seis meses y no creo que pueda seguir viviendo de sus ahorros.

Asentí. Ullsten todavía mantenía esa suspicacia sobre su hermano, con quien nunca había tenido la confianza necesaria como para indagar personalmente sobre su vida íntima. Desde la primera vez que vi a Erik, desde que Artur se cercioró del afecto que aquel me tenía quién sabe por qué, comencé a ser el espía y el confidente, el que informaba de dónde provenía el dinero que el artista Ullsten solía malgastar y el que comprendía sin inconvenientes sus dilemas y frustraciones; ahora, no obstante, solo quería obviar estas incomunicaciones familiares y centrarme en las cortas vacaciones que tenía antes de volver a Barcelona.

—Espero que cuando lo visites se digne al menos de preguntar quién es—comentó Artur, mientras se servía más vino—. Cuántas veces le he tocado la puerta y ya hubiese querido que no me abriera por estar ocupado. El problema es que nunca salió a preguntar quién era.

Artur calló y Kirsten bebió el último sorbo de su copa. Él la miró fijamente, como si descubriera en ella algún detalle revelador. El cielo que se veía por las ventanas me hacía daño a los ojos y lo único que ansiaba era la oscuridad de la noche. Me puse de pie.


—Deberías leer—me aconsejó Kirsten ya en casa, antes de acomodarse en el colchón y disponerse a leer por lo menos una hora, como se ha acostumbrado desde que vivimos juntos.

—Lo haré mañana—respondo echado, volteando inmediatamente, un tanto fastidiado por el foco que ha encendido para llevar a cabo su lectura—. Aunque lo más seguro es que me quede conversando con Erik toda la madrugada.

—Pues será con él dentro de su casa y tú fuera. Qué ridículo.

Y se ríe a secas.


Pero a pesar de todo, Ullsten tiene mucha razón. Erik es en el fondo un joven extrovertido e introvertido, una contradicción. Un día puede ser sociable, contando las anécdotas más inverosímiles que uno pueda oír, y otro día puede encerrarse en su habitación y solo tener el ánimo suficiente para bostezar. Nunca me interesó saber por qué, desde la primera ocasión en que hablamos, me confió tantos secretos suyos bajo la advertencia de no decírselos a Artur, a quien le guardaba mucho aprecio pero le era difícil tolerar. <<Ese tipo me asfixia>>, había dicho Eric con una cerveza en mano, sentados en la tarima que daba a su puerta, mirando el bosque que se aglomeraba a unos cuantos metros. <<No solo me asfixia>>, continuó, <<hay veces en que con solo mirarlo me exaspera; no es odio, es una antipatía que surge cuando lo tengo frente a frente>>. Me contó que pensaba quedarse hasta que el dinero ahorrado le fuera insuficiente, que anhelaba el momento de ver a Artur y ya no sentir esa sensación inexplicable. <<Lo aprecio. Créeme que lo aprecio>>, había intentado justificar sus anteriores afirmaciones, o al menos tratar de esclarecer aquello que yo comprendía a medias. <<Pero cuando lo miro es como si mirara aquello que no quisiera llegar a ser, lo que por varios años he tratado de evitar. Artur tiene la imagen de mi mayor temor, es mi gemelo pero con el rostro del fracaso>>.

Aún rememoro los gestos que siguieron a esta última frase: cerró los ojos y flexionó la cabeza hacia arriba. Permaneció así un par de segundos antes de levantarse e invitarme a dar un paseo por el bosque.


Pienso en esto mientras trato de dormir a pesar de la luz y la lectura de Kirsten. De pronto, un ruido me levanta de un tirón y ocasiona que ella se lleve el libro a su pecho, a manera de protección. Los dos nos quedamos en suspenso, callados y a la espera de alguna nueva señal.

—¿Qué demonios fue eso?—susurró al fin, todavía espantada.

Me incorporé con calma y abrí la puerta lentamente. La estancia se encontraba en la tranquilidad habitual. Dar unos pasos más, prender la luz y confirmar que todo debió provenir de fuera, el ruido de algún motor o alguna un escopeta al disparar. Pero no. En el fogón de la chimenea, un par de gatos yacían inmóviles ante mi asombro, entre los troncos del leño. Me acerqué: la parte de los estómagos todavía se inflaba aunque con lentitud.

—¿Qué hay ahí?—preguntó Kirsten desde la puerta del dormitorio.

—Un par de gatos—dije, comprobando que los dos animales permanecían vivos pero lastimados.

—¿Un macho y una hembra?—volvió a preguntar.

—Seguramente—contesté, viéndolos indefensos y respirando—. No debe haber nada más digno que morir después de tener sexo.

—¿Están muertos?

—Yo creo que vivirán, aunque lo mejor será sacarlos de una vez afuera.


Medianoche en Dalarna: sacar dos moribundos, ir por la escoba, impulsar ambos cuerpos y trasladarlos al bosque claro a pesar de la hora. El verano en esta región es largo, inacabable. Kirsten me observaba sentada en una silla de comedor; se había puesto un suéter con cuello alto y había encendido un cigarrillo. Cuando retorné, me acerqué a su lado para abrazarla.

—Deberías tapar esa chimenea. Esos gatos tienen suerte de que no la prendiésemos hoy—dijo al sentir mis manos sobre sus hombros—. Estas vacaciones ya empiezan a ser algo extrañas.

Su frase repercutió en mi mente mientras limpiaba la superficie y acomodaba la leña que se había esparcido. Kirsten todavía me miraba. <<Tenían sexo mientras leía>>, pronunció de repente como si se hubiese dado cuenta al fin de algo importante que había pasado desapercibido; moldeó esas medias sonrisas muy comunes en ella y movió la cabeza.

—No voy a cerrar la chimenea, Kirsten—le advertí una vez terminada la limpieza, dispuesto a volver a la habitación—. Dos gatos románticos no van a hacer que me quede sin lumbre todas las noches.

—Dos gatos románticos—repitió para sí misma, hundiendo el cigarrillo en el cenicero de cristal.


La cabaña de madera donde vivimos es pequeña. Tiene dos dormitorios, aunque una de esas habitaciones estuvo destinada a Karl, el encargado de cuidar la cabaña durante mi ausencia. Él vive en otra ubicada a doscientos metros de la mía, a la que se llega por un camino de piedra que está rodeado de pinos frondosos. La misma distancia, pero hacia el sur, se ubica la vivienda de los Ullsten, más amplia y elegante que las del resto, aunque estas características se deben a la decisión de radicar por completo en esta parte de la región, en medio del bosque y lejos de la ciudad. Sé que Erik odia esa forma de vida que se ha impuesto Artur, y tal vez en ello radique la simpatía que aquel me tiene por utilizar estas cabañas solo para descansar del trabajo.


—No se han ido—fue lo primero que le oí decir a ella al día siguiente—. Tus dos gatos románticos siguen echados.

—Quizá hayan muerto—repuse, buscando calmar su desesperación—. Aunque vivos o muertos daría lo mismo.

Desapareció del dormitorio sin añadir nada ni quejarse más de este inconveniente. De todas maneras, había que salir y comprobar si aquellos felinos habían muerto durante la madrugada. Estaban ahí, respirando, tal y como los había dejado en la madrugada, inermes, indefensos, condicionados a sobrevivir. ¿Por qué habría de moverlos, entonces? Volví a la cabaña y Kirsten ya había preparado el desayuno; podía servirme tostadas, mantequilla, paté y café con leche.

—Siguen vivos—le informé al sentarme y coger el envase de paté—. Creo que morirán dentro de unas horas. Pero tal vez sea necesario ir donde Artur y prestarle el coche para llevarlos a un veterinario de la ciudad.

—Mucho esfuerzo en vano—dijo, llevándose la taza a la boca—. Supongo que al menos los habrás sacado de mi vista.

—Solo los moveré si los llevo a un veterinario.

—¿Entonces los has dejado ahí?—protestó con calma.

—Los he dejado ahí porque son dos gatos que están a punto de morirse.

—Nada. En realidad son dos gatos románticos—corrigió.

Dos gatos románticos, repetí en mi mente. Kirsten se había adueñado de esa frase. No me quedaban dudas ahora de que ayer mencioné ‘gatos románticos’ por influencia suya, que había intentado burlarme de aquel suceso extraño, de aquellos apasionados felinos que después o antes de la cópula se enfrentaron hasta caer por la chimenea, de dos siameses que no tuvieron la agilidad suficiente para caer sin lastimarse, para tener sexo sin hacerse daño. Lo había dicho, qué duda cabe, por las constantes frases de Kirsten ya acostumbradas cada noche antes de dormir: ‘qué enamorados estúpidos’ o ‘qué amorío más ingenuo’. Lo había dicho porque con ello reaccionaría y no me obligaría a cerrar la chimenea, pues entraría en razón y desistiría de obligarme a clausurar el fogón por su repentino temor.

—Iré donde Erik—he dicho al fin, luego de comer una tostada y terminar el café con leche—. Es preferible que vaya yo solo, quién sabe si las sospechas de Artur son ciertas.

Del otro lado no hubo respuesta; Kirsten cogió los servicios, se los llevó al lavabo.


Pensé que lo primero que debía hacer, una vez frente a la cabaña de Erik, era verificar si alguna ventana se encontraba abierta. Si lo que dijo Artur era cierto, tenía la esperanza de sorprender a Erik al menos temprano, acaso fumando al aire libre o echado en un sillón mirando el techo. Pero las dos ventanillas estaban no solo cerradas sino cubiertas por negruzcas cortinas. Alrededor de la cabaña se acumulaban desperdicios, bolsas repletas de latas inservibles, una pila de cartones estrujados. Llamé a la puerta. Nadie me abrió durante ese lapso de espera y ni siquiera pude cerciorarme de oír pasos o algún sonido que delatara alguna presencia en el lugar. O Erik dormía o no deseaba hablar con ningún conocido suyo. Grité. Decidí llamarlo una última vez pero al igual que en el primer intento solo oí el eco de mi voz. La sospecha de Artur había sido correcta: Erik ni siquiera se había tomado la molestia de decir que estaba ocupado, de excusarse por estar durmiendo en esos momentos. Sereno porque al menos debía saber quién fue el impertinente que se dignó llamarlo a esa hora de la mañana, emprendí el regreso.


En casa de Artur, la señora Ullsten arrastraba las hojas caídas con una escoba, barriendo con presteza, acumulando la hojarasca en un recodo del patio. Tan pronto me vio, dejó aquello y vino a saludarme.

—Artur está tomando el desayuno en la cocina—me informó.

Artur estaba allí, comiendo cabizbajo y sin oír ningún tipo de música, hábito frecuente en él a la hora del desayuno o la cena.

—Acabo de visitar a Erik—comenté, sabiendo que alzaría el rostro al instante, sorprendido de que los pasos escuchados fuesen míos y no de su esposa, esperanzado en saber si he hablado con su hermano, si me ha confesado algo que a él nunca se lo diría.

—Pero tenías razón—evito que el entusiasmo altere su tranquilidad—ese tipo no quiere hablar con nadie.

Dicho esto, Artur ríe a medias y me invita a coger cualquiera de los panecillos que se aglomeran en la bandeja de porcelana.

—Lo más seguro es que haya estado durmiendo—dice—. Tú mismo sabes que acostumbra a acostarse a las cuatro o cinco de la mañana.

Termina de deglutir un panecillo y me invita a salir a la vivienda de Karl, pues empezarán con los preparativos para la fiesta de solsticio.

—¿Kirsten está afuera?—pregunta de improviso, cogiendo un vaso de agua.


Festividad de verano: vueltas alrededor de un mástil, danzas al ritmo de la música, conglomeración de gente con atuendos frágiles y cortos. Estas imágenes todavía no las había imaginado cuando Artur, Karl y yo arribamos a la cabaña donde se llevaría a cabo dicha celebración, pero las recordaba vivamente, a pesar de haberme mantenido siempre alejado y distante en aquellas circunstancias. Había un grupo de jóvenes, dos mujeres y tres varones dedicados a forrar con papel brillante los objetos que iban a ser colocados en el mástil. Los cinco reían a carcajadas, hacían bromas entre ellos y se lanzaban pliegos arrugados, en forma de pelotas, hacia el rostro. Nadie dejó de saludar a Karl y Artur, mientras que conmigo se limitaron a esbozar raápidos gestos con la mano. Me acomodé en un banco de madera y desde allí observé los preparativos para la celebración. Transcurrida media hora, una de las chicas se alejó del grupo y entró a la cabaña. Artur me pidió que lo acompañara en la camioneta; había que ir a la ciudad.


—Ayer cayeron dos siameses por mi chimenea—le comento sin ninguna finalidad a Artur, quien está al volante, conduciendo sin prisa esos tres kilómetros de distancia.

—Ah, los siameses—responde él, como si conociera los detalles de aquel suceso—. Últimamente han aparecido muchos por aquí. Deambulan por los techos, se meten en las casas y desordenan los anaqueles. Nadie sabe por qué hay tantos.

Al fin dejamos la desviación y la camioneta ingresa a la autopista principal. Artur observa por el retrovisor, se percata de la proximidad de un coche y mueve el volante hacia la derecha, haciéndole campo al otro conductor para que lo sobrepase.

—Pero tú tienes uno—digo, viendo cómo el automóvil se adelanta al nuestro y se aleja a mayor velocidad.

—Si no lo tuviera sería peor. Lo compré hace más de tres meses. Estaba cansado de que cada madrugada encontrara el comedor hecho un desastre.

—Ayer precisamente cayeron dos por mi chimenea—le reitero, inclinándome en el asiento del coche—. Pero no tenían la intención de buscar comida o entrar al comedor. No solo se cayeron sino que están moribundos.

Artur suelta una sonrisa y de inmediato coge del bolsillo de su camisa una caja de cigarros; luego de extraer uno, me extiende el brazo derecho.

—Siempre entran por la chimenea—dice, indicándome con gestos que le alcance el encededor automático—, y lo hacen minuciosamente. Lo que te ha sucedido es muy raro.

—Cosas de gata en celo. No me sorprende. El problema es que aún están en mi casa, moribundos. Creo que debí llevarlos al veterinario.

Las primeras viviendas de la ciudad empiezan a aparecer, pequeñas, rústicas. Al cruzar un estacionamiento de combustible, doblamos a la izquierda. Nos detenemos finalmente frente a un almacén de bebidas.

—Demoraré quince minutos—me avisa, después de apagar el motor; con el cigarrillo en la boca, abre la guantera y remueve los objetos; antes de salir, replica lo que he dicho—. Haces bien en dejarlos ahí. Pero no creo que mueran, esos animales nunca mueren.


Concluidos los preparativos para la llegada del verano, fui donde Kirsten para avisarle que dentro de un par de horas debíamos estar allí presentes. La hallé sentada en la cama, apoyada en el respaldar, las piernas cruzadas y un libro entre manos. Había agregado unas cortinas oscuras a la ventana, intuía que por la presencia de los dos felinos afuera más que por la luz. Solo la lamparilla iluminaba el dormitorio. <<Ya va a empezar la celebración>>, le dije, acercándome a la ventana y corriendo un poco la cortina. Por el cristal pude ver a los siameses, aún recostados y tal como los dejé en la mañana; debían seguir respirando o quizá ya habían muerto. Distinguirlos allí me obligó a voltear el rostro y fijarme en Kirsten, quien había dejado de leer. <<Siguen ahí>>, dijo, tan pronto notó que mi atención regresaba hacia ella. <<Al menos podrías llevarlos más al fondo, lejos de mi vista>>. No la percibí desesperada pero sí incómoda, fastidiada por estar pendiente de la muerte de dos gatos salvajes y sin dueño. <<Si los muevo puede que dejen de vivir>>, repuse con un tono seco, cansado de sus constantes recriminaciones, <<habrá que esperar que mueran o que se levanten y vayan a otro lado por sí solos>>. Esta respuesta obligó a que Kirsten me mirara con odio, pero sin protestar. Tomó el libro dejado a un lado del colchón, encogió las piernas y puso el lomo del volumen sobre sus rodillas.

—¿Vas a quedarte leyendo?—pregunto todavía de pie, molesto.

—Irás tú solo—responde—. Además, no estoy de ánimos para dar vueltas alrededor de una viga—agrega sarcásticamente, y sé que no hay nada más que añadir.


Advertir unas cincuenta personas afuera de la cabaña de Karl no fue ninguna sorpresa, ya lo había experimentado en mis anteriores visitas. Artur se encontraba eufórico, riendo a carcajadas y bromeando con unos señores a quienes no conocía. Fueron tres chicas las que dieron inicio al baile, al comienzo siguiendo el ritmo de un músico, hasta que las bailarinas, ya cansadas de jugar entre ellas, tomaron a sus parejas y los seis comenzaron a dar vueltas de manera torpe, estas tratando de que los hombres al menos les siguieran los pasos.

Había gente que bebía, otra que se dedicaba solo a aplaudir. Yo estaba entre la masa, aquellos que miraban con el rabillo del ojo y sonreían del espectáculo. De pronto, Artur me llamó y me presentó a un grupo de amigos suyos. <<Vive en Barcelona pero es de Sudamérica>>, fue lo que dijo al presentarme. Agregó que era traductor al igual que mi joven esposa, aunque recién en ese instante se percató de la ausencia de Kirsten y me preguntó dónde estaba. Le mentí que se encontraba algo quejumbrosa, con un agudo dolor de cabeza. <<Pues aun así tiene que venir>>, contestó Artur, advirtiéndome que él la convencería para que asistiese, que si no había tomado algún calmante él tenía unos buenos en el botiquín de su cuarto de baño. <<¿O vas tú o voy yo?>>, dijo al final con esa inusual expresión risueña de su semblante, inquisición que solo me pareció en ese momento parte del teatro de Artur. <<Si la puedes convencer, mejor ve tú>>, le dije, habiéndome imaginado con la pastilla en la mano, con Kirsten viéndome incrédula y desconfiada, queriendo saber qué hacía allí de pie, con un calmante entre los dedos, cuando debía estar disfrutando de la fiesta de verano. Artur asintió a mi réplica pero permaneció junto a nosotros quince minutos más, hasta que pidió disculpas y me dijo que traería a Kirsten ahora. <<Es la primera vez que viene y no puede perderse una fiesta así>>, se excusó, yendo a su casa con la botella de cerveza. Su salida, de hecho, me dejó a merced de las demás personas, quienes empezaron a preguntarme sobre mi país y si era, además de traductor, novelista o poeta. <<Quizá tenemos al frente a un futuro Nobel de Literatura>>, decía uno. <<O tal vez ya lo sea>>, añadía otro entre risas, burlándose. <<Lo que ustedes dicen tiene algo de cierto>>, respondí, ante la incredulidad de las cuatro personas, <<no soy escritor pero sí un traductor de Nobeles. Conozco a varios de ellos>>. Y mi mentira les hizo cerrar los labios. Obviamente, ello causó que se iniciara una serie de preguntas sobre si conocía a tal o cual Nobel, primero con sus compatriotas suecos, de quienes habían leído la mayoría de sus libros, luego con los demás europeos hasta llegar al único sudamericano que habían escuchado nombrar, un escritor colombiano a quien recordaban por haberse presentado a la ceremonia en el Palacio Real con traje blanco. <<Ni Karol Wojtyla>>, bromeó el que tenía la apariencia de ser más viejo, pero esa mención me pareció tan divertida que solté también la carcajada. <<Ni Karol Wojtyla>>, consentí.

Habremos conversado más de hora y media, bebiendo cerveza y discutiendo sobre cualquier tema. No olvidé la ida de Artur y la supuesta llegada de Kirsten. Suponía que ella habría de negarse y que él no iba a tener otra opción que retornar. La ausencia de Artur, en todo caso, se hacía sentir en la celebración; o estaba detenido en el camino por algún inconveniente o aún se encontraba en mi cabaña. Sea como fuere, bailé un buen lapso con una muchacha de trenzas, una sueca de silueta grácil, de frágiles piernas y movimientos raudos. Me comentó que era sobrina de Karl y que alguna vez se quedó a dormir en mi cabaña después de ayudarlo a este con la limpieza y el mantenimiento. <<¿Y otra vez has venido solo?>>, preguntó, informada de mis anteriores viajes. Nunca la había visto o Karl nunca me la había presentado, pero era una chica que no solo conocía detalles de mi vida sino que también era innegable que mi origen latinoamericano le llamaba profundamente la atención. <<He venido acompañado>>, le dije, y aun así me llevó donde un grupo de jóvenes y me los presentó. De un lapso a otro, empezó a molestarme su acercamiento, su excesiva confianza, su falta de timidez para tomarme la mano. Sus amigos sonreían ante la evidencia de este cortejo; ello no impidió, sin embargo, que Astrid persistiera en arrimarse a mi cuerpo. En un momento todos callaron, y viendo cómo los demás se aglomeraban en el centro y alrededor del mástil, Astrid me sacó a bailar. Quise negarme pero no solo se adhirió a mi brazo como en la anterior circunstancia sino que por intervalos se soltaba y me agarraba de la cintura, mientras golpeábamos a propósito a las demás parejas que daban vueltas con nosotros. <<Si estuvieras solo>>, dijo, al acercarse a mi oído, sintiendo el vapor caliente de su aliento. Lo había hecho de forma discreta aunque su atrevimiento sí me llegó a incomodar. Solo me animé a esbozar una media sonrisa; no debía responder, no debía insinuar nada. Ella lo entendió así y desistió de seguir con esa arrojada actitud. A partir de entonces sus cabriolas fueron contadas y su alegre rictus se desdibujó por completo.

Cuando volvimos a un lado del patio, me alejé de Astrid y fui a preguntar por Artur, a quien no había vuelto a ver desde su partida en busca de Kirsten. <<Yo también lo estoy buscando>>, contestó Karl, <<¿no se suponía que había ido por tu esposa?>>. Mostré igualmente mi desconcierto y decidí regresar a la cabaña. Al llegar, la iluminación de la estancia estaba encendida, al igual que de la chimenea se veía salir el humo. Los dos siameses todavía seguían sobre la pastura. Más cerca, oí risas y noté que la puerta se encontraba a medio cerrar. Me sentí ofuscado y nervioso. Era una venganza de Kirsten; una amenaza, acaso. Solo había que empujar la puerta, y así lo hice. Primero percibí la luz de los focos, a pesar de estar todavía de día, luego el rostro de Kirsten con una felicidad plena, la figura de Artur surgió de pronto y, finalmente, el rostro de Erik, su atisbo ceñudo, tan característico en él.


Esa noche no pude dormir. Kirsten había desistido de su lectura diaria y había apagado la lamparilla. Dormía abrigada por los cobertores gruesos, inclinada hacia el velador, dándome la espalda; oía su respiración acompasada y penetrante, mientras pensaba si era cierto que Erik había aparecido al par de horas de que yo abandonara la cabaña, si Artur los había encontrado conversando y que animado por hallar a su hermano ahí, decidió quedarse y desestimar la fiesta de verano. Pensaba también en Astrid. Llegué a la conclusión de que su maniobra tenía que ser parte de un juego, de una apuesta con sus amigos en la cual creyó que iba a salir victoriosa. Imaginarla lo único que me produjo fue una especie de perturbación. Pero no había olvidado que detrás de esos cristales los dos siameses seguían respirando, sobreviviendo, que eso perturbaba a Kirsten a cada instante, que su enojo no cesaría hasta que me decidiera a moverlos de allí. ¿Y si sus cuerpos morían al contacto?, ¿si sus pulmones dejaban finalmente de funcionar? Podría causarles la muerte; yo podría ser finalmente un asesino.


—Demoraste mucho—había dicho primero Artur, al verme aparecer en la estancia.

—Estaba segura de que venía más tarde—agregó Kirsten, sin alzar el rostro en dirección al mío, viendo en todo momento a Artur y Erik—. Un par de horas más y me daban la razón.

—De todas formas se ha demorado mucho—sonrió Artur, preguntándome por qué no me siento, por qué sigo parado.

—Te oí en la mañana—intervino Erik mientras se levantaba para coger la botella de vino del aparador—. Discúlpame por no abrirte, estaba ocupado.

—Hasta ahora no nos ha querido decir qué hacía—dijo Kirsten, cuyas piernas se encontraban una sobre otra.

—Eso. Hasta ahora no nos ha querido decir qué hacía. A mí no me ha dicho nunca qué hace, no sé si a ustedes se decida a contárselos algún día.

—Los grandes proyectos se hacen en secreto—se defendió Erik, sin ruborizarse—. ¿Qué tal la celebración? Yo ya no acostumbro a ir. En realidad no la soporto. Nunca la soporté.

—Tú eres un genio incomprendido—bromeó Artur—. Debió haber estado divertido, como siempre. ¿O no?

—Lástima que me la haya perdido, pero el dolor de cabeza—y recién ahí Kirsten alzó el semblante y fijó su mirada en la mía; evitó demostrar cualquier enojo, el fruncimiento de cejas, de labios.

—Pero si ya te ha pasado podríamos ir ahora—propuso Artur—, aunque ya sería en vano, una hora más y se cortará el mástil.

—Será para el próximo verano. Ese tipo de festejo hay que experimentarlo desde el inicio.

—Demasiado silencio, hombre—soltó Erik, dirigiéndose a mí con una entonación alegre—. Siempre dije que tú eras de los míos. No te ha gustado la celebración. ¿Ves, Artur?

—No, la fiesta ha estado interesante—dije, al fin—. Solo estoy un poco cansado. Caminar después de haber bebido cerveza no es tan agradable.

—Tal vez sea mejor que nos vayamos de una vez para que tomes un descanso—planteó Artur, disminuyendo la animosidad a su voz.

—Sí, es mejor que descanses—me anunció Erik, poniéndose de inmediato de pie—. Mañana tenemos que hablar de muchas cosas.

—Pero no es necesario que se vayan—contrapuso Kirsten—. Quédense al menos un rato más.

—En realidad es hora de que vuelva a la cabaña, deben estar buscándome—se excusó Artur, dando los primeros pasos para salir.

A pesar de la insistencia, ambos no cedieron a sus ruegos. Luego de la despedida, Kirsten cerró la puerta y llevó las copas y el par de botellas de vino al lavabo, antes de ingresar al dormitorio, guardar silencio, sin el menor propósito de dirigirme la palabra.


Con un sueño interrumpido, me levanté después de estar recostado más de tres horas. No quería despertar a Kirsten así que evité encender la lamparilla; apoyado en el alféizar, abrí la ventana. El frío aire de la noche invadió el cuarto y raspó la piel de mi rostro; los dos gatos eran apenas reconocibles. Los dos gatos. Ella tenía razón. ¿Por qué solidarizarme por un par de felinos desconocidos, anónimos, salvajes? Cogí la linterna del cajón dispuesto a llevarlos cien metros adentro del boscaje, donde se bifurcaban los pinos silvestres. Al iluminarlos, traté de comprobar si alguno por fin había muerto. Respiraban, seguían respirando con la misma calma y agotamiento de antes. Pensé en la frase de Artur—‘esos animales nunca mueren’—, y decidí alejarlos de la cabaña de una vez. Cuando estuve de nuevo al frente de estos, ya con la escoba y el recogedor, cedí a esos tenues respiros, esos hálitos cortos, esa única supervivencia. No pude.


Erik apareció a las once de la mañana. Me encontró revisando la agenda, contando los días que me faltaban antes de volver al trabajo.

—Le había preguntado a Karl cuándo vendrías—dijo Erik al sentarse, volteando hacia el comedor para comprobar la presencia de mi esposa—. Como tú me dijiste que pensabas volver para radicar aquí.

—Kirsten ha ido donde Artur—me adelanté a su pregunta—, creo que Birgit la iba a llevar donde su hermana.

—Ah, cierto, pues mejor así.

Extendió las piernas y se llevó los brazos a la nuca. Estaba algo nervioso, se notaba, aunque trataba de ocultarlo de la mejor manera posible.

—Conocí a Kirsten dos meses después y todo cambió—le confesé.

—Imaginaba eso—repuso.

Quedó callado y luego agregó:

—En todo caso, antes de que te muestre el motivo de mi visita, quiero pedirte un gran favor.

Asentí y de inmediato recompuso su cuerpo, inclinándolo hacia delante.

Necesitaba dinero.

Quería que le efectuara un préstamo, como lo había hecho en mi viaje pasadp, a pesar de que hasta ahora no me había devuelto la cantidad adeudada.

—Hace más de un mes que no recibo nada de Estocolmo—trató de convencerme—, por eso estoy tratando de concluir mi proyecto cuanto antes.

La suma de dinero que requería, pese a todo, era demasiada. Le dije que solo podía ofrecerle una cuarta parte. <<Una cuarta parte>>, repitió, dudando si aceptar o no el préstamo. Entristecido por lo poco que podía ofrecerle, fui al dormitorio y saqué los billetes necesarios. El inconveniente era que Kirsten iba a percatarse de la ausencia del dinero, iba a preguntar qué había hecho con aquel y yo, incómodo por su interrogatorio, iba a tratar de ocultar el verdadero destino de dicho dinero. Sea como fuere, el desparpajo de Eric me causó rabia. No había querido negarme por completo a cambio de evitar alguna enemistad, pero sí había notado en su comportamiento cierta simulación. Aun así, traté de ocultar mi incomodidad y le pregunté por su proyecto.

—Si te lo digo puede echarse todo a perder—contestó, llevándose los billetes al bolsillo—. Preferiría que no le dijeras nada a Artur sobre esto.

Era la misma advertencia que me había dicho el verano anterior.


El motivo de su visita, las muchas cosas que tenía que confesarme, me los iba a decir si lo acompañaba al taller de un conocido suyo, pues necesitaba pedirle unas cuantas herramientas. La cabaña quedaba a dos kilómetros de la mía, lejos; sin embargo, como no tenía nada planeado para esa tarde y Kirsten seguramente regresaría por la noche, accedí.

Los secretos de Erik, aquellos que intrigaban a Artur considerablemente, los sabía por esa curiosa confianza que tuvo conmigo desde nuestras primeras conversaciones. Creía identificarse en mí, acaso por mi labor de traductor. Para mí Erik era uno de esos tantos artistas que solía ver a diario, arengadores de su supuesto talento y de su mala suerte. Así lo percibí cuando me reveló que en Estocolmo había conseguido una mecenas, que había aceptado que él volviera a esta región solo para ocuparse a tiempo completo de sus bocetos. Lo que ahora Erik me confiaba era que esa ayuda económica se había terminado, que aquella dama no le enviaba dinero hacía tres meses. <<Me ha jodido>>, decía con ofuscación, <<la hija de puta me ha jodido>>. Pensaba regresar a Estocolmo para preguntarle por aquella decisión, aunque lo primordial mientras tanto era conseguir el dinero para su viaje. Después de una larga caminata, llegamos.

El taller se encontraba más o menos descuidado. La madera de las paredes roídas, apolilladas. Erik subió los tres peldaños de la escalerilla y golpeó el tablón de la puerta. Yo me quedé abajo, de espaldas y frente a los pinos. Al dar la vuelta, vi que Erik ingresaba y que una mano por dentro cerraba el portón. De un instante a otro había quedado excluido, bruscamente echado de lado. Sospechaba que solo intercambiarían breves palabras, que Erik le pediría las herramientas que necesitaba de manera urgente. Aguardé, apoyándome en uno de los troncos del árbol, pendiente del momento preciso en que Erik abandonara la cabaña y debiésemos retornar. Los siguientes quince minutos fueron de silencio y serenidad, los quince posteriores de afligimiento. Comencé a desesperarme minuto tras minuto hasta que toqué la puerta. Como nadie salió a abrirme, insistí. En vez de oír el chirrido de las bisagras, escuché un intercambio de voces, una discusión que apenas podía interpretar. Erik surgió de súbito con un par de instrumentos. Tenía sudor en la frente; de los nudillos de sus dedos brotaban hilillos de sangre. Me pidió disculpas.

—¿Algún problema?—pregunté, confundido.

—Ese hombre está loco—replicó—. Será mejor irnos de una vez.

Nos despedimos antes de que llegara a mi cabaña; Erik tomó la desviación para ir a su vivienda. Habíamos guardado silencio, a pesar de que intenté preguntarle lo que realmente había sucedido con aquel hombre. Como seguía enfurecido, preferí no hacerlo. Aún era muy temprano para encontrar a Kirsten en la estancia o el dormitorio, para saber si su rabieta seguía intacta o si ya había olvidado el percance del dolor de cabeza. Sin la menor esperanza de verla allí, entré para dormir unas horas. Pero mi suposición fue errónea. Kirsten estaba en la pieza, leyendo y haciendo apuntes para una traducción.

—Me estoy cansando de esto—dijo, segundos después de sentir mis pasos al ingresar al cuarto, sin dejar de escribir con el lapicero—. La señora Ullsten es realmente insoportable. He tenido que mentir para poder salir de esa reunión. Y su hermana, dios mío…

—¿Qué ha pasado?

—Nada, ¿qué iba a pasar? Solo digo que esas dos mujeres son inaguantables.

La deseé: los tirabuzones de su cabello caían encima de sus hombros, el camisón de seda descubría las piernas, los muslos firmes y rígidos. Derrumbado en el colchón, palpé los bordes de las rodillas, los dedos de sus pies. Kirsten se reclinó más en el respaldar, dejó el libro a un costado y me observó con firmeza. Ya solo había que aproximarse a su boca, percibir su cálido aliento, dejar que ella depositara las manos sobre mi espalda, hundiera sus uñas bajo la piel.


Artur vino a la hora de la acostumbrada cena, sin la presencia de su esposa. Ambos se habían preocupado por la salud de Kirsten, ya que ella había dicho en la tarde que sentía arcadas en el estómago y que prefería regresar a casa, saliendo así de la reunión a la que se vio obligada a asistir. Ahora Artur había aparecido para verificar si todo transcurría de la mejor manera; desde luego, no encontró nada que le hiciera pensar lo peor, más bien lo contrario: Kirsten echada en el mueble, con un cigarrillo entre dedos y dejando posar los tobillos de sus pies sobre mis muslos; yo, disfrutando de un vaso de vino. Sonrió y dijo que le alegraba comprobar que la salud de Kirsten solo había sido un simple inconveniente. Alegó, sin embargo, que debía hacerse exámenes médicos, pues a él le parecía que las náuseas no eran gratuitas. Apostaba que Kirsten se encontraba embarazada. <<Puede ser>>, intentó complacerlo ella, tratando de que esa suposición suya tuviese algo de probabilidad.

—Estoy seguro de que sí—recalcó Artur.

Pero tal vez no estaba equivocado, a lo mejor Kirsten concebía un hijo sin que ella ni nadie se percatase todavía del asunto, un embrión de pocos días de existencia, acaso horas, acaso minutos. Quizá sabía que sí, ocultándome dicha noticia y entendiendo por qué tanta susceptibilidad por convivir con dos animales moribundos, por qué le fastidiaba despertar, salir a limpiar el patio y ver allí a esos gatos quietos, inmóviles; ella creyendo que esa imagen era el augurio de una desgracia inminente. Recordé lo que me había confiado a los pocos días de casarnos, de noche y solos frente a la mesa: tenía miedo de engendrar un niño anormal, con defectos físicos y cerebrales. Un hijo que en vez de alegrarnos los días nos entristeciera, hundiera nuestro matrimonio. Quería disfrutar todavía unos cuantos años más; habíamos planeado, después de tantas reflexiones, concebir un pequeño después de los treinta.

Pero habría bastado un descuido, una negligencia nuestra, casual, fortuita, para echar a perder toda la planificación y enfrentarnos a la responsabilidad de ser padres. Atisbé a Kirsten, palpé sus tobillos y me fijé en la forma de su vientre; comprobar si el volumen es el mismo que hace algunas semanas, sopesar si las arcadas nunca fueron ciertas, si no existió en verdad ningún vahido. Falso, pensé, sigue igual que antes. Y volteé donde Artur, esperando que se animara a insistir en el embarazo para contradecirlo, para dejarle en claro que nuestro primogénito nacería dentro de cuatro o cinco años. Como no persistió en su idea, intervine. Kirsten me observó anonadada, recelosa de que fuera yo capaz de confiar esos detalles.

—Y si te dijera que no es nada descabellado—dijo, tan pronto terminé de hablar—. Dudo mucho de que la comida me haya hecho daño.

—Mañana mismo deberías ir a tomarte unos exámenes médicos—propuso Artur—. Birgit podría acompañarte a la clínica de la ciudad.

No repusimos a tal sugerencia. No podía preguntarle si eran verdaderos los síntomas de las náuseas, si realmente había sentido en la tarde vómitos o dolores de cabeza. La aparición de Artur había cambiado el transcurso del día aunque ahora se convertía en un estorbo. Empecé a desesperarme.

—Entonces estás embarazada—dije, a manera de provocación—. Si lo dudas es porque debe ser muy probable.

—También puede ser una fantasía mía; suele suceder.

Artur nos miraba de pie en medio de la estancia, con los brazos cruzados; la contextura de su cuerpo me irritaba. Se percató de que Kirsten y yo habíamos empezado a conversar con cierta aspereza, y se despidió, invitándonos a ir a su hogar por la mañana para tomar los exámenes respectivos en el hospital. Con su partida, hostigué a Kirsten con preguntas, queriendo saber si esos síntomas los había sufrido verdaderamente. «Sí y no», repuso, advirtiéndome que no quería discutir más dicho asunto y que lo mejor era ir al médico.

—Entonces has estado ocultándolo—expresé, algo encolerizado.

—He estado engañándome yo misma—y se levantó con violencia y fue a la alcoba.

Sin nada por hacer, fui a tomar aire. Aún el sol refulgía con notoriedad, dejando que las siluetas del par de gatos fueran visibles, incómodas e insoportables. No despertaban ni se movían, no se recomponían, no dejaban de respirar ni expiraban; si había que moverlos de allí, era el momento adecuado.


Al día siguiente, Erik aprovechó nuestra ida al hospital para sacar todo el dinero que guardábamos en la cabaña. Antes de saber de ese robo, yo había padecido en la sala de espera, nervioso por confirmar el embarazo de Kirsten, por acabar con la incertidumbre que afligía a ambos desde la madrugada: varios motivos nos entusiasmaban a tener un hijo; varios otros, no.

Cuando al fin abandonó la sala de consulta, la vi caminar tranquila. Me entregó los resultados en un diminuto papel, pero antes de que yo hojeara y verificara esos exámenes se apresuró a decir que eran gemelos. <<Dos siameses>>, susurró, mirándome de forma ausente, como si la noticia en vez de alegrarla la sumiera en un pesar irremediable.



© Edwin Chávez (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

Volver a Número 11: Enero 2007