Johann Saari Page, "Sobre el muro"

De La Siega, la enciclopedia libre.

(Redirigido desde Sobre el muro)

Por Johann Saari Page


Cuento incluido en Los puertos extremos, Estruendomudo, 2005.


De todo laberinto || se sale por arriba.
Leopoldo Marechal


No habría por qué discutir. Las piezas del engranaje ya están dadas, listas y dispuestas; cada una de ellas forma parte de una maquinaria mayor conformada por nuestros brazos y demás herramientas. Por eso es útil reconocernos parte de un todo, parte de una estructura superior e inabarcable cuya construcción hace mucho llevamos a cabo en esta zona.

Hemos trabajado muy duro. Días y noches enteras con el cansancio latiendo en las venas mientras se apresura el trabajo en una viga o se intensifican los refuerzos de una de las paredes. Uno aprende a no darle la espalda a cualquier circunstancia posible, a pensar más allá de los límites que lo rodean, a intuir las proximidades del peligro acechando momento a momento sin siquiera un minuto de tregua. Por ello, en las largas jornadas siempre habrá un instante para cerrar los ojos, para mirar dentro de esta estructura y, arrodillándose en medio de la penumbra sobre la roca húmeda, asumir la postura del enemigo circulando fuera de la obra, olisqueando con voracidad los incontables puntos débiles. Entonces así, con los ojos cerrados, uno se lamenta de no haberse esforzado más en la fortificación de la parte oriental de la obra, de haber utilizado dos y no tres rocas en una sección débil en lo alto de la construcción que, pensándolo bien, quizás sí hubiese requerido mayor esfuerzo, y entonces no hay descanso posible porque uno sabe que es de aquellos errores de donde se desprenderá lo peor, lo inevitable. Cuando eso ocurre, uno debe pararse de su inmerecido descanso y satisfacer las necesidades defensivas de la obra. Sabe que no queda más salida. Y es que por fuera quizás tan solo se observe la inamovible consistencia de un muro, un muro de proporciones descomunales de cuya incuestionable función de defensa nadie podría renegar. Aquel que se traslade de un lado a otro -y para ello habría que tener suma paciencia, puesto que deben ser varios los kilómetros por los cuales se extiende el muro- jamás sospecharía, a pesar de su normal extrañeza frente a semejante estructura, de su naturaleza vacía, de la oquedad y el movimiento que rige en sus entrañas. El muro está hueco, y es por sus profundidades por donde nos trasladamos cada día y proseguimos su construcción. Podría pensarse que la medida es absurda y sin sentido, que no conduciría a nada productivo tener que construir la obra utilizando la misma piedra de la cual está hecha por dentro, pero aquel que sostenga esto habrá olvidado la triste presencia del peligro que cada día acecha sin descanso y que ya habrá dado cuenta de muchos de nosotros. La obra transcurre entonces a través de los campos dividiéndolos sin cesar a cada metro ganado por nosotros, sus órganos primarios de subsistencia. El muro avanza y el círculo simbiótico se estrecha y hace más fuerte: necesitamos del muro para sobrevivir y éste de nosotros para extenderse. Desde cada sección obscura que recorremos día a día, eso es lo que más recordamos.

Es extraño; a mí el muro me ha dado la tenacidad que buscaba para llevar en mi vida un ritmo, casi un verdadero orden frente a lo que era mi habitual caos personal. Yo me traslado con las herramientas a través de los pasajes del muro, del ancho corredor obscuro que nos protege y siento las gotas húmedas del aire circulando en silencio; cuando eso me pasa, sea la hora que sea, a veces pienso que este día me va a ser más difícil llegar hasta el extremo occidental, o al oriental dependiendo del caso (más de una vez me he confundido). Pero aquella sensación apenas dura unos instantes porque sé que en algún momento habré de llegar, que mi cara o mis manos tocarán de pronto el conjunto de piedras que conforman el límite del muro y todo empezará de nuevo. He aprendido que siempre aliviará un poco el desánimo el frotar las manos encallecidas contra la superficie de las paredes del muro; hurgar y deslizar los dedos por las grietas, por las ranuras que unen las porosas piedras que conforman las paredes produce una sensación de pertenencia, de aproximación, que es muy grata.

Hay días en que pienso en que si a mí me preguntaran si considero aún a la obra como un refugio, no sabría qué responder. Quizás en un inicio pudo haberlo sido, pero ahora que me ha dado la necesidad del día a día, del infortunio o el olor del peligro trasladándose por el corredor, entiendo que esto es sólo posible en alguien que piensa en el muro como en su hogar. Y no creo ser motivo de burla al señalar esta idea. En realidad es algo que no comprendo bien. Pienso simplemente en cómo he logrado sobrevivir gracias a mi construcción y mi esfuerzo y me siento un mejor hombre, alguien que anda más contento. Incluso he pensado, aunque esto para alguno sería un exceso, en que si no existiera un peligro inminente allá afuera del muro, si pudiese trasladarme por sus pasajes y su ancho corredor sin la angustia de un ataque inminente, o si pudiera recobrar la calma de los primeros días, en que la obra avanzaba a buen paso porque éramos varias manos trabajando juntas, quizás podría colocarme aquí algunos días a descansar, a pensar un poco más en sus galerías y, ahora sí con calma, disponer una efectiva e inexpugnable defensa. Quién sabe, tal vez podría pensar en una remodelación, en un volver a empezar de una manera más civilizada, pausada y auténtica, una que refleje de verdad mi propia voz y mis ideas; buscar que la obra tenga algo más de mí, algo más personal y definitivo, que no deje lugar a dudas de que aquí ando yo y soy como un órgano vital, el instrumento que lo genera todo. Pero como están dadas las cosas por los últimos acontecimientos en estos días de ardua labor, todo esto me resulta imposible de solucionar.

Lo que a mí más me gusta de la obra ha ido cambiando lentamente hasta convertirse en algo casi irreconocible, algo difícil de percibir para algún extraño que venga de pronto hasta los límites de la obra e intentara acercarse. Podría llamarlo silencio, pero lo siento distinto. Basta pensar en mis días más atareados, aquellos en que yo mismo no me doy tregua con las herramientas y el sonido de éstas contra las rocas se hace potente y continuo, para descartar la posibilidad de que sea el silencio lo que ahora me agrada. Es, pienso, tal vez la ausencia unida al silencio; la ausencia de aquellos que hace mucho me ayudaban y con los cuales compartía una esperanza, una meta. No encontraré la palabra entonces porque es una mezcla de ese vacío que ha ido aumentando con los días y el silencio oportuno conjugados. Fuera de los ruidos que producen los animales de las zonas de trampas, de los débiles chillidos que emiten una vez que han caído en ellas y de sus últimos movimientos entre mis garras, ya no existe más intrusión ni señal de algo más que yo, el enemigo y el muro. Ese agujero, ese hueco dentro de mí que ha ido extendiéndose es lo que creo que ahora más me gusta de la obra. Poder transcurrir sin necesidad de evitar algo o a alguien, caminar libre como deben caminar los hombres a través de las paredes de un obscuro corredor, es sin duda una sensación extraña que desde hace algún tiempo me llena de gozo, de un indescifrable placer. Escuchar las gotas de la humedad desprenderse de las paredes y sentir el aire de las filtraciones entregado a un único destinatario, que soy yo, me hace trabajar con más empeño y seguridad que en días anteriores, cuando sentía que dependía de los otros. Cada uno es consciente de cuánto ha aportado sobre lo que le toca y asumirá consecuentemente los frutos de su trabajo. Cada uno debió de sacrificar más en un día para no dejar la posibilidad de un ataque sorpresivo presa del cual, seguramente, muchos han desaparecido. Pienso que no es mi culpa entonces que los demás que construían el muro conmigo ya no estén más aquí conmigo. La disciplina en esta clase labores, deberían enseñarlo en las escuelas, es vital para el cumplimiento del objetivo. Pasa que algunos pierden la perspectiva, la labor mecánica se apodera d ellos y no se preocupan de las necesidades de la obra y el cumplimiento efectivo de lo que ella requiera. Y allí se inicia el fin de todo elemento.

Yo he asumido el compromiso de ser libre entre estos pasajes y sé que lo que haga será indispensable para mi supervivencia. Y para ello al menos ahora sé que no puedo desaparecer a merced del enemigo por un error ajeno, lo que me hubiera causado, estoy seguro, en mis últimos momentos, un terrible sentimiento de odio hacia todos aquellos posibles de cometer tan grave falta. Es por ello que no estoy seguro de poder recordar los hechos con calma y precisión. Recuerdo simplemente a uno de aquellos constructores, uno de los últimos que quedaban, trabajando a mi lado en la parte occidental del muro (lo recuerdo bien porque creí notar en su rostro una barba muy larga y espesa y pensé que yo también hubiera querido tener una como aquella). Yo trabajaba con gran rapidez en el llenado del techo cuando pude notar que la parte que él rellenaba a poco menos de un metro se encontraba algo floja, sin la necesaria consistencia. Resolví no decir nada y, después de trabajar más en una parte algo alejada, decidí revisar si es que él había corregido el error y, en todo caso, comunicárselo firmemente para que no volviera a ocurrir. Tenía la ligera esperanza de que él hubiese notado por sí solo su falta. Sin embargo, noté entonces al acercarme que la parte débil del techo había caído y que su cuerpo yacía devorado a un lado de los escombros. Me asusté al pensar que el enemigo andaba cerca y, luego de mirar un breve instante aquella larga barba que la luz filtrada por el orificio dejado en el techo mostraba ensangrentada, empecé a correr hasta alejarme del lugar. Corrí y, asustado como estaba, olvidé tapar el funesto agujero. Corrí mucho, recuerdo, hasta que caí desfalleciente en alguna parte del muro. No sé cuánto tiempo permanecí allí.

Varias vidas se perdieron y los días que siguieron fui tratado con indiferencia, casi con hostilidad. Por ello ahora que camino solo entre los corredores del muro me invade una sensación de alivio porque sé que soy yo quien se preocupa del muro y sus debilidades; porque sé que no habrá reproche alguno por un error cometido o la indiferencia de alguien por mi temor a lo que, simple y evidentemente, es más fuerte que yo.

Sin embargo, en estos días en que soy el único que admira o que puede admirar la magnitud de la obra sin sentir de pronto el rumor de lo callado, la persistencia de todo aquello que se ha dejado fuera de la obra, he notado en los límites del muro nuevas presencias. Son evidentes los signos de la labor que algo o alguien viene realizando sin pudor en aquellas zonas de mi construcción. Lo he sabido por todas aquellas señales que he aprendido a reconocer a lo largo de todo este tiempo. Y es que ya antes ha sucedido. No hace mucho también debí decidir si permitía o no que nuevos trabajadores participen en la construcción de la obra. No obstante, antes de decidirlo, presa de una intensa ansiedad por la inminencia de algo insuperable o catastrófico, resolví salir del muro. Lo hice de tarde, casi de noche para que la luz del día no dañara mis ojos casi inservibles para aquella época. Sucedió poco después del accidente del constructor de la barba y andaba sumamente inquieto en esos días. Encontré las señales en los límites del muro, primero en el oriental y luego en el occidental y me sentí atrapado por las ansías de sobrevivir de otros como yo. Al salir del muro por la pequeña salida que había dispuesto en caso de un ataque imprevisto y, después de alejarme unos pasos de la obra, me quedé muy quieto contemplándola recorrer los campos y perderse en la penumbra de la noche. Allí, en medio del silencio de la noche, me pregunté qué ocurriría si de pronto ésta se cerrara y mecanismos desconocidos no me permitiesen volver a ingresar. Presa del pánico, busqué de nuevo la entrada hacia la seguridad del muro pero no podía encontrarla. Subí entonces a través de las piedras hasta la superficie del techo y desde allí, aún asustado, pude contemplar a lo lejos lo que tanto había sospechado y temido. Desde allí, sobre el muro, pude ver el desplazamiento indiscriminado de extensos muros como el mío circulando en diferentes direcciones por los campos. La mayoría de ellos corriendo paralelos a mi obra, aunque alguno de incipiente apariencia, parecía ya llegar a tocarla. Los demás parecían converger con el mío tan solo a lo lejos, casi en el extremo del horizonte. Luego hallé la entrada a mi muro, y entré rápidamente con aquella visión latiendo todavía en mis ojos.

No volveré a salir del muro como en aquella ocasión. Vigilando si el enemigo andaba cerca tracé desde allí arriba aquella vez los planos para una posible dirección del muro que no implicara el encuentro con alguno otro. Me sentí tranquilo y con nuevos entusiasmos los meses que siguieron e incluso mucho tiempo después llegué a pensar que nada de lo que había visto tendría su inevitable consecuencia. Extrañamente, en esos momentos ya no trabaja con tanto esfuerzo, como si algo me pidiese dejar abierta una posibilidad, un pequeño riesgo que altere mi panorama; dejaba a un lado los brazos y las piernas ya no respondían con la necesaria motivación. Lo sé porque estos días en que he notado nuevas presencias me he abandonado alguna hora sobre una piedra respirando el aire filtrado a través de las grietas de la obra.

Entonces, cuando eso ocurre, uno simplemente va sintiendo cómo se hunde en el suelo viscoso, percibe el llamado silencioso de la tierra que uno guarda bajo las uñas, el olor fulguroso del musgo sobre las rocas navegando hacia las fosas y entonces, apoyando el rostro contra las paredes húmedas y tibias, uno se pierde hasta que llega el sueño y, si hay suerte, puede incluso soñar que la obra se extiende más allá de lo imaginable, que manos ajenas han llevado lo que era de uno a más amplios territorios evitando para siempre el peligro, y entonces, en ese avance se ha alcanzado incluso aquellos rincones lejanos de las puestas de sol, la maquinaria se ha trasladado a nuevos sectores de los que aún formamos parte y no sabemos nada y la construcción se hace cada vez más sencilla; en ese instante se puede soñar esas cosas sin discutir y será posible también sentirse parte del engranaje mayor, parte vital de un todo. Tal vez hasta pueda aceptarse sin tristeza que ese todo, único e infinito como todos los muros reunidos, persista también sin nosotros.

Y a veces me pienso abandonado, callado y quieto en un rincón del muro y siento que podré descansar tranquilo. Entonces olvido la amenaza de esos muros paralelos al mío y duermo tranquilo, cobijado por el calor de las rocas; sueño entonces que esos constructores me habrán de encontrar así, durmiendo en la oscuridad de mi muro, y sé, con extraña certeza que es cierto, que todo ya se hace claro, que todo muro es también una puerta y que de alguna forma, pienso, ellos no me buscarían, si no me hubieran ya encontrado. Y yo los recibiré entre mis brazos, y las grietas de nuestros muros ya no serán suficientes.




© Johann Saari Page (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

Volver a Número 11: Enero 2007