Sobrepeso

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Marcos Eymar



Pesaba cien kilos cuando concluyó la primera versión de la obra. Era la hija de sus insomnios. Dar forma a los personajes y las ideas que lo obsesionaban desde la juventud le había llevado incontables noches, arrancadas con sufrimiento a su alienante empleo diurno.

No le interesaba el éxito superficial al que muchos sacrifican sus vidas. Antes de publicar su texto, decidió someterlo al juicio imparcial de lectores desconocidos. Durante casi una década, frecuentó todos los talleres literarios de las distintas ciudades a las que le conducía el ejercicio de su profesión. En todos ellos se acababa hablando de “el Gordo” con infinito respeto. Como aquellos antiguos pintores japoneses que cambiaban de nombre y de corte cuando cundía su fama, él abandonaba cada nuevo taller en cuanto triunfaba la inevitable admiración hacia su trabajo. No buscaba el halago, sino la crítica implacable.

Es bien sabido que no siempre es fácil separar al autor de su obra. A lo largo de aquellos años, tanto uno como otro sufrieron modificaciones sustanciales. Las más de mil páginas torrenciales del manuscrito original fueron sometidas a una cura de adelgazamiento de la que se benefició también su autor. La receta era sencilla, aunque de aplicación dolorosa: nada de digresiones ni de paráfrasis innecesarias, vigilar estrictamente la adjetivación, reducir al mínimo la presencia de adjetivos, podar, suprimir, condensar. Los resultados pronto fueron visibles: la escritura tersa, la trama precisa, el desarrollo rápido, sin añadidos.

Fueron muchas las personas que alabaron el texto y le aconsejaron que no lo modificara más. Pero él no podía conformarse con tan poco. Había todavía párrafos que pulir, redundancias que eliminar, excrecencias innecesarias que acechar en cada frase, en cada sintagma.

Lo vieron aparecer en un taller literario de París, convertido en un saco de huesos. Con voz temblorosa y casi inaudible leyó un texto de apenas una cuartilla, compuesto casi exclusivamente de frases nominales, incomprensible en su soberbia concisión. A la lectura siguió un silencio incómodo que el director del taller no tuvo más remedio que romper:

—Esto va para novela —dijo.





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