Mario Gallo, "Tácito"

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Por Mario Gallo


Del libro de cuentos Arrojando Sombras, Ed. Dunken, 2004.


¿Para qué estos sabores
de la memoria?

Alberto Luis Ponzo


Mi padre me contó, mientras acomodaba los carbones del asado del domingo, que Juan había llamado por teléfono al nieto; que le había preguntado si estaba cerrando el negocio; que le había pedido, a Damián, su único nieto, que se apurara.


10 de diciembre

El espejo me devuelve siempre una imagen que desconozco. Es curioso: jamás me sueño así, con esta cara; una cara grotesca, ancha, destruida. Estoy aniquilado. Cuando sueño, casi siempre estoy con... ¿Por qué será que, por decirlo de algún modo, ella, que está ausente desde siempre, me revitaliza? ¡Ah, la mente! Siempre tendiendo redes. Siempre protegiéndonos. Como una madre. Vos tenés que comprender, Esther. Vos sos una mujer inteligente, Esther. Esto que te digo, que me atrevo a decir casi en voz alta, es una pavada. No tiene sentido discutir al respecto. Eso fue hace mucho tiempo. Yo era un chico de nueve años, y ella, tan, pero tan bonita. Tendrías que haberla conocido. Algunos de mis compañeros decían que era una negrita tilinga. Yo la veía hermosa, y el tiempo reafirmó mi idealización. Y el tiempo también nos alejó. Y mis amigos y compañeros, se quedaron todos con la boca abierta y se tuvieron que tragar sus juicios torpes y apresurados. Recuerdo su frente pequeña y la vincha gruesa y azul que le sujetaba el cabello. Recuerdo su guardapolvo tableado y pulcro. Recuerdo sus piernas flacas, de tero, y las medias tres cuartos Ciudadela. Patricia... vaya uno a saber qué fue de ella. Jamás sueño con Patricia adolescente rechazándome ese día y todos los días después hasta que se fue en el segundo año de la secundaria, al sur, me dijeron, dejándome ahí parado como un idiota, con los ojos turbios, la garganta seca. No. Siempre sueño con la niña, con la que ni siquiera intentó apartarme, la que ni siquiera chistó cuando la besé en esa aula perdida en mis recuerdos pero que aún existe en el oeste. Cuando me despierto, esa sensación que me causa soñar con Patricia se me queda rondando en la boca como el sabor que deja un buen vino, un buen cigarro o el beso apasionado de una mujer hermosa.

En ocasiones, cuando la duda me acecha, tengo ganas de volver a ver a Patricia, pero tan sólo para comprobar que realmente existió.

Los sueños no se pueden controlar, Esther. El paso del tiempo, para mi desgracia, tampoco.


13 de diciembre

Es cierto, Esther: no te tuve paciencia. Lo admito.

Es que de un día para el otro los ojos se te pusieron opacos. Traté de buscar el brillo que tenían en las viejas fotos familiares. Sólo me topé con más fantasmas. Me topé, sin querer, con Juan Manuel cuando se graduó de médico; me topé, sin querer, con Juan Manuel cuando se casó con Cristina; me topé, sin querer, con Juan Manuel y Cristina cuando nació Damián; me topé, sin querer, con el pasado feliz, y trágico. Y vos que me mirabas como se mira a un extraño, a una cosa. No vi amor en tus ojos. Eso me puso triste, me compadecí de vos, y de mí. Igual me juré hacerme cargo de la situación, como un buen esposo debe hacerlo, como juré el día de nuestro casamiento. Pero ese sentimiento duró poco. Los sentimientos nobles duran poco en el hombre. Por egoísmo duran poco. Te odié. Me resultó sencillo comenzar a odiarte. Me resultó mucho más sencillo que seguir queriéndote a pesar de todos estos años. Comprendo que te pongas así. Pero es verdad. Y decir la verdad, a esta altura de las circunstancias, es lo único digno que me queda por hacer. Miles de veces me pregunté cómo podía odiar a quien había amado como loco desde siempre, desde aquel día que nos cruzamos en la oficina y vos ni siquiera notaste mi presencia. Creo que antes de verte yo ya te amaba en sueños. ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo, por Dios?!

Cuando llegábamos a casa y te hacía bajar del auto para que abrieras el portón, y vos, la enfermedad que empezaba a minarte, no entendías mis órdenes, porque eran eso, órdenes, yo te puteaba y te carajeaba, como se putea y se carajea a una bestia de carga, a un enemigo. Jamás me importaron los vecinos. Un carajo me importaron. Y hasta llegué a ansiar que alguien viniera a decirme algo para mandarlo bien a la mierda. Pero nadie se atrevió, o, mejor dicho, a nadie le importó lo que estábamos viviendo. Cuando estás en las malas la gente te raja como si estuvieras sarnoso. Sí, ya sé que estabas enferma, que tu senilidad te estaba matando, te estaba consumiendo. Pero lo que me lastima hoy es comprender que lo que hice, lo hice consciente de mi actitud; lo hice a sabiendas de que, algún día, me tendría que arrepentir.

Puede ser, Esther, que tuvieras razón. Digo, por lo de un "extraño". Se me ocurre pensar que me mirabas con mis propios ojos.


15 de diciembre

¿Te acordás, Esther, cuando aquella vez te conté que jugué a que me había quedado solo? Esas cosas se me ocurrían sin saber por qué. En ese tiempo era relativamente joven. Recuerdo que lloraste. Yo recuerdo y confirmo que lloraste. Sí, sí, lloraste. No mucho; apenas entreví un aspecto vidrioso que se apoderó de tu mirada y que me sirvió de señal.

¿Te acordás de los frutales de la quinta? En ese tiempo nuestras vidas estaban en el punto justo, y yo perdía el tiempo, según vos, pensando boludeces. Me imagino una fruta hermosa, madura, apetecible después de un largo proceso: así éramos nosotros, como frutas que se fueron perfeccionando con el tiempo.

Camino al trabajo me imaginé por un instante que me había quedado solo, desprotegido, sin nadie alrededor. Un juego. Las escondidas es un juego; la ruleta rusa, también. Creo, incluso, que cerré los ojos y respiré hondo. Creo que además, en ese momento, tomé conciencia de la miseria que me aguardaba. Ese despectivo escupitajo en la cara llamado futuro.

Sí, Esther, los frutos de nuestros árboles siempre aguardaron pacientemente y con indiferencia la corrupción. Yo, no.


15 de diciembre (madrugada)

Juan Manuel, un hombre se refleja en su hijo. Un hombre se prolonga en su hijo. Cuando naciste tuve sensaciones que la emoción y la juventud me negaron entendimiento. Hay un punto en el espacio y en el tiempo en que el hombre cruza la mirada con su hijo y se ve a sí mismo. Es como si se estuviera viendo a la distancia, es como ser testigo de su propia trascendencia. Algunas veces recuerdo con angustia cuando por un motivo u otro te levanté la mano. Y por más que trato de justificar mis acciones sé que sólo me engaño más y más. Llevo esa culpa como se lleva una piedra en el estómago. No digas que la vida es así. No tomes las cosas con tanta liviandad. La vida, hijo, en ocasiones, es un plato de comida lanzado con desprecio. En Damián existís vos. Sí, pensándolo bien, hay también una parte de mí en él, pero a la distancia, como un destello, nada más.

Juan Manuel, tenés que entenderme. Un hombre se refleja en su hijo, vive para y en su hijo, y si por algún motivo eso no es así o deja de ser así, por lo que sea, es porque el espejo se rompió. Siete años o lo que queda de vida de mala suerte.

Qué bueno es que estemos todos juntos para charlar. Y qué lástima no tener una botella de aquel vino que no recuerdo su nombre, pero sí su sabor.


16 de diciembre

No creo en Dios. No sé por qué escribo esto. Pero quiero que quede debidamente asentado. Esto que digo podría traerme más problemas. En este pueblo todavía estas cosas se resuelven primitivamente. No creo en Dios y quiero que quede debidamente asentado. Dios me abandonó. Dios me ha demostrado por actos cometidos en otros y en carne propia que es un mero invento del hombre. ¿Pero qué importancia tiene esto ahora? Es extraño: aún así siento cierto temor hacia algo superior, hacia algo que no comprendo.


17 de diciembre

Mi madre, a veces, atendía el teléfono con voz desganada. Yo lo primero que hacía después del hola era preguntarle si se había muerto alguien. Eso le molestaba. Yo sabía que la molestaba. Creo que yo lo hacía a propósito; para molestarla. Para mí la vida, a pesar de todo, debía ser una fuente inagotable de felicidad. Si yo me sentía feliz los demás también debían serlo. Mi madre, a veces, con treinta y ocho grados de calor, atendía el teléfono con voz desganada. Y a mí, olvidándome de sus ochenta y cuatro años, desentendiéndome de sus huesos cansados, de sus músculos consumidos, de sus ojos velados por el tiempo y la rutina, sólo se me ocurría preguntarle después del hola con una malignidad que ponía en duda mi verdadera filiación, mis lazos sanguíneos, si se había muerto algún puto bastardo.

Jamás le permití a mi madre que envejeciera. Jamás le permití a mi madre que me abandonara. Jamás acepté el proceso de la vida como algo natural e irremediable. Jamás acepté mis manos manchadas con esas cancerígenas pecas marrones que siempre detesté en los demás.

El paraíso, Esther, puede estar en la mismísima tierra. El infierno, también.


23 de diciembre

Se me presenta la necesidad de dejar acomodadas todas las facturas a pagar así como las respectivas sumas de dinero. En un sobre aparte sería conveniente poner lo recaudado esta semana para mandarlo a la fábrica de repuestos. Tengo suerte. Los cuatro clientes que han confiado en mí ayer y hoy para que mis servicios continúen han encargado una ponchada de cosas que a mi jefe lo van a sorprender. La gente que me conoce dice que soy un “muchacho afortunado”. La gente que dice que me conoce dice que soy un “muchacho afortunado”. Yo me pregunto, ¿sabrá toda esa gente lo que dice?

Gas Natural lo pagaremos con segundo vencimiento.


Al tiempo el padre de Cristina dijo otra cosa; a mí me dijo otra cosa, no tan cruel, un día que las circunstancias nos plantaron junto a esta historia en un patio olvidado de Castelar.

Cuando Damián llegó encontró que el que estaba ahí no era Juan, su abuelo. Ese que estaba ahí, entre facturas a pagar, sobres y papelitos rotos, se parecía bastante a su abuelo, a Juan. Ese que estaba ahí, en el dormitorio, examinándolo detenidamente, se parecía mucho a su abuelo, a Juan. Pero no. No para Damián. Porque, a pesar de que una resistencia refleja trataba de impedirle aceptar lo que veía, a pesar de ese rostro desfigurado por el balazo que tenía metido en la boca, muy en su interior, Damián terminó por convencerse de que su abuelo, sin que alguien se hubiese dado cuenta a tiempo, se había ido; de que Juan se había ido. El “muchacho afortunado” se había ido. A lo mejor, hacía cinco años, cuando murió Esther. A lo mejor, hacía doce años, cuando murió Juan Manuel, atravesado por el cáncer de médula. O, tal vez, mucho, mucho tiempo antes. Quién sabe. Quién podría aventurar un punto exacto en el tiempo.




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