Temperamento fronterizo: ¿Existe una literatura norteña?

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Eve Gil


Nunca le ha gustado la forma excluyente de la palabra “nosotros”
J.M Coetzee

Lo que sí es distinguible y sí tiene fronteras es el buen periodismo y el mal
periodismo, la buena literatura y la mala literatura.
Erich Hackel

Hace tiempo empecé a preguntarme qué tan significativo puede resultar para un escritor haber nacido en una región determinada. La duda surge, primero, porque notaba que no era yo “escritora” a secas, sino “escritora norteña” o “fronteriza”, lo cual, a mi juicio, implica carecer patria. El escritor estadounidense Tom Miller apunta, no obstante, algo que me parece, a un tiempo, seductor y preocupante: la franja fronteriza es un tercer país entre México y Estados Unidos. “La frontera —dice Miller —no es simplemente estadounidense de un lado y mexicana del otro. Es un tercer país con su propia identidad. Acata sus propias leyes y genera sus propios transgresores.” No es una conjetura descabellada ya que el México de la frontera norte difiere un poco — ¿sólo un poco?— del México de la frontera sur, ya no digamos del México-Ombligo que insiste en asumirse narrador omnisciente de todo discurso nacionalista.

Volviendo al punto de partida: ¿Qué tan significativo resulta para un escritor haber nacido en una región determinada? ¿Influye el medio ambiente de crianza en su literatura? La respuesta obvia pareciera ser: sí. El escritor francés Oliver Rolin, que escribió un maravilloso libro sobre el tema, Paisajes originarios, dice que las obras no derivan de un origen, sino de una madeja de orígenes, es decir, no es el lugar de origen lo que determina los contenidos de la obra del escritor, sino una mezcla del ámbito en que se desenvuelve y las lecturas que lo han forjado. Yéndonos un poco más lejos, y parafraseando a Roberto Bolaño, la verdadera patria del escritor es su biblioteca. Pero me permitiré responder desde mi muy particular perspectiva. Recurriré a un ejemplo externo para empezar a desarrollar lo más claramente posible mis razones: una notabilísima dramaturga bajacaliforniana, Bárbara Colio, me contó que alguna vez fue requerida por una investigadora literaria de X universidad estadounidense, que compilaba material para una antología de teatro desarrollado en la frontera norte. Bárbara respondió que desde luego que sí e hizo llegar a esta persona un fragmento de una de sus magníficas obras. La respuesta de dicha investigadora fue que definitivamente no podría incluirla en su ambiciosa antología pues sus obras no son representativas de la frontera. Esto es: Bárbara no se ha interesado en abordar temas asociados con la producción literaria de la frontera norte tales como el narcotráfico, la migración, el diálogo intercultural, la nocturnidad sórdida y el paisaje desértico (que las más de las veces vienen todos en paquete). Su interés estético se centra en aspectos más generales y universales que lo mismo compete a una mujer forjada en la frontera norte que a un hombre criado en los alpes suizos. Bárbara Colio, para concretar, no es una “dramaturga fronteriza”, sino una dramaturga, a secas.

El ilustre escritor tijuanense, Federico Campbell, habla en su extraordinario y poco conocido libro, Post scriptum triste, sobre “la personalidad fronteriza”. Elabora un retrato sociológico acerca de la forma de ser de los norteños, norteño él mismo, y reconoce que al leer por primera vez el término personalidad fronteriza supuso tendría relación con los nativos de la frontera norte, cuando en realidad aludía a un estado preesquizofrénico. Se trataba, pues, de un término psiquiátrico. Bien visto, el hecho de vivir en el forcejeo entre dos países, dos culturas y dos formas de ser, es una especie de esquizofrenia que, necesariamente, influirá no solamente en la forma de ver e interpretar la vida sino también en los procesos creativos. Cito de nuevo a Tom Miller: “Ninguna otra frontera internacional yuxtapone una nación tan pobre con otra tan rica e industrializada”. Vivir en la frontera, agrega Campbell, esta frontera nuestra que divide el anquilosamiento del futuro, significa vivir entre el sueño y la realidad, “(...) lo de la personalidad fronteriza conectaba con mi interés por la melancolía, o sea: la frontera ya era melancólica, un no estar del todo en este mundo.”

Mi experiencia personal ratifica lo expresado por Campbell: Vivir en la frontera ha repercutido en mi escritura; en mis caóticos procesos mentales, en el pesimismo burlón de mi mirada, en la acaso inconsciente reincidencia de personajes desajustados, inadaptados, melancólicos, solitarios y preescrizofrénicos. Es decir: el medio ambiente ha impregnado mi estilo, sin embargo, no ha logrado filtrarse en mis temas. El concepto “fronterizo” no necesariamente alude a un territorio cuya principal característica es colindar con otro que le es política y culturalmente ajeno, incluso adverso en nuestro caso. Pero insisto: ¿El haber nacido y vivido en un determinado punto geográfico basta para recibir una marca de ganado, un distintivo que nos vuelva parte de un grupo de escritores con quienes tenemos en común una vecindad geográfica, acaso formativa... y nada más? Dice Eduardo Antonio Parra en un artículo de la revista Letras libres, donde refuta a un crítico de la misma revista que arremete contra los autores norteños a los que fatalmente asocia con la temática del narcotráfico: “Todos (los norteños) tenemos algún conocido que milita en sus filas (del narco)”, por lo que, agrega, “Este el contexto desde el que escriben todos los escritores norteños.” Cierto: yo misma tengo una prima lejana casada con un narco. El tema, entonces, debería tocarme... y sin embargo, hasta el momento de escribir estas líneas, no he experimentado el mínimo interés en abordar en mi narrativa este tema que debiera serme tan familiar.

Amplío el espectro de la duda: ¿Puede considerarse a Juan Goytisolo un escritor español por haber nacido en España?... ¿Es Elena Poniatowska una escritora nacida en París, con raíces familiares polacas, que escribe en español-mexicano, o es simple y llanamente una escritora mexicana? ¿Hay algo, como no sea su notoria influencia cervantina, que empariente a Goytisolo con autores españoles de su generación como Javier Marías o Vila Matas? Respuesta: Absolutamente nada. ¿Hay en la escritura de Poniatowska algo que remita a la literatura eslava o francesa? Nada. Goytisolo, que ha vivido en España casi toda su vida, se ha nutrido sin embargo de la tradición literaria árabe. Su biblioteca, la verdadera nacionalidad del escritor, es casi completamente árabe. Si queremos ser muy estrictos a la hora de clasificar, no sería descabellado situar a Goytisolo entre los escritores árabes. De algo podemos estar seguros: aunque español y el castellano sea su lengua de batalla, Goytisolo es un escritor más árabe que español. Poniatowska es 100% mexicana. Trivia: ¿Quién es más latinoamericano, el austriaco Erich Hackel, que, aunque en alemán, ha escrito exclusivamente novelas sobre las dictaduras argentina y uruguaya? ¿O el argentino Héctor Bianciotti que vive en París y escribe en francés sobre franceses? Pienso en mí misma, refugiada a los quince años en una habitación refrescada a medias por un cooler, con aquella ventanita a través de la cual asomaban las ramas del tabachín de mi abuela; una habitación incrustada en un medio inminentemente desértico, 45 grados a la sombra, con una soda helada en la mano... leyendo con fruición a las hermanas Brontë, a Oscar Wilde, a Edgar Allan Poe, a Jane Austen, a Lord Byron, a e.e Cummings, a Erica Jong, a Mary Shelley, a Isaac Asimov, a Ray Bradbury, a Truman Capote... ¿perdón?, ¿es esto una escritora norteña? ¿Una escritora fronteriza?

El medio ambiente influye en la actitud y en los procesos creativos, pero el escritor no se nutre principalmente del medio ambiente, sino de sus lecturas, al grado de que sería factible aseverar que la patria de un escritor son sus influencias literarias. Más exactamente aún: el escritor es lo que lee. Ejemplo: Borges era un bonaerense típico. Sin duda Buenos Aires lo marcó como escritor, como temperamento, pero de ninguna manera podemos decir que Borges parte de sus orígenes para fundar su magnífica obra, marcada más por sus influencias inglesas y griegas que por su lugar de nacimiento que, ya sabemos, es meramente circunstancial: las influencias literarias las escogemos nosotros. No voy a meterme en honduras tratando de discernir cuales pueden ser las influencias literarias de un escritor de la frontera norte que reproduce como un espejo su lugar de pertenencia, su estilo de vida, incluido costumbres, lenguaje y modismos (virtualmente un idioma distinto al que se habla en el sur), sin permitirse la menor licencia poética, aunque estos autores que no han terminado de entender que para ser verdaderamente regionales se requiere ser universal, por lo general no son conocidos allende sus fronteras. Borges aportó a la literatura una Buenos Aires que no existe pues fue recreada por él, a partir de una tradición literaria. Pongo dos ejemplos más próximos a nosotros: ¿Puede alguien decirme donde está el Monterrey de Hugo Valdés y el de Héctor Alvarado, que definitivamente no son el mismo Monterrey? ¿Dónde el Norte, con mayúscula, que Daniel Sada plasma en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe? ¿La Tijuana de Federico Campbell? ¡No existen! Son creaciones patentadas por sus autores. No tienen absolutamente nada que ver con los elementos antes enumerados y que el marketing nos ha hecho creer que encontraremos en toda obra de autor fronterizo o norteño. Hasta aquí, creo que he expuesto mis razones para rehuir el sanbenito de “escritora norteña”.

Pero aún no termino: Retomaré el asunto del marketing; ese empeño en acompañar todo libro de escritor norteño, particularmente de los cuatro más representativos actualmente —Eduardo Antonio Parra, David Toscana, Luis Humberto Crosthwaite y Élmer Mendoza—, de un cintillo que los presente como los border curious de la literatura mexicana, cosa que, desde mi muy particular punto de vista, me parece injusta para los autores. ¿Se etiqueta, acaso, la literatura de los chiapanecos, de los campechanos, de los colimenses, de los chilangos? ¿Se hace excesivo hincapié en el veracrunismo de Sergio Pitol o el jalisciscmo de Arreola? Trato de imaginar lo que diría el cintillo de un libro de un autor típicamente chilango, digamos, Armando Ramírez, encaminada a despertar entre los norteños la curiosidad por el exotismo de la selva de concreto, sus elevados decibeles de delincuencia y sus tambaleantes dobles pisos. Por supuesto que nunca veremos semejante cosa, porque los chilangos viven en la idea de que el suyo es el mundo real, concreto y verdadero, y que el Norte es un país tenebroso, fantástico y salvaje, una especie de subcivilización; suponen que Norte es igual a narcos, mojados, prostitutas, maquiladoras y, sobretodo, violencia (como si ellos no tuvieran sobredosis de la misma, aunque con su sello personal). Se supone entonces que la literatura que se escribe en aquellas “tierras salvajes y desconocidas” (José Agustín dixit) se dirige a un lector muy específico, que es el chilango aséptico, encorbatado, clasemediero y eternamente apurado; un individuo para quien los personajes de Parra, Crosthwaithe y Mendoza (la omisión aquí de Toscana no es casualidad) son una especie de extraterrestres, pertenecientes a un mundo al que jamás tendrá acceso porque él es mexicano y no fronterizo. A nadie se le ha ocurrido pensar que para nosotros, los fronterizos, los alucinantes, los raros, no son los narcos de Élmer sino los teporochos de Armando Ramírez. Tan desorientados andan los chilangos con este asunto, que no hace mucho se les propuso a los autores norteños antes citados, incluido Daniel Sada, que, hasta donde sé, no tiene nada que ver, ni temática ni estilísticamente con el tema (y que, junto con David Toscana, es uno de los más exquisitos e inclasificables autores mexicanos de actualidad), a participar de una mesa sobre literatura y narcotráfico encabezada por... ¡Arturo Pérez Reverte!, y es que para el público internacional, no son Élmer Mendoza ni Juan José Rodríguez los creadores de la narcoliteratura, sino el español que, inspirado en ellos, escribió esa especie de western castizo titulado La reina del sur.

Hasta aquí... ¿He mencionado algún nombre femenino? Imposible citar a Cristina Rivera Garza, a Patricia Laurent Kullick y a Regina Swain, por mencionar solo a tres, junto con los autores antes señalados. ¿Por qué? Porque ellas no tienen absolutamente nada que ver con ese movimiento mercadotécnico de la llamada “Literatura de la Frontera Norte”. Pienso, por lo pronto, en otro nombre femenino: Rosina Conde. ¿Por qué, si como Parra, Crosthwaite y compañía, Rosina ha recreado a la sociedad fronteriza en sus punzantes cuentos... en su hilarante novela La Genara, nadie la incluye en el selecto grupo de galardonadas plumas fronterizas? Respuesta: Porque Rosina no narra desde la perspectiva del narco, del cancionero, del sicario... sino de la obrera, la prostituta, la costurera, esos personajes que en la obra de los autores citados son por completo incidentales cuando no decorativos. Las aventuras de las mujeres explotadas y vejadas, como explotadas y vejadas son las obreras de la maquila que han sobrevivido a la masacre multitudinaria de Ciudad Juárez, caso que por cierto no ha interesado a ningún autor fronterizo, no se prestan a la picaresca... no son tan atractivas como las del narco que se asume Dios y tiene a su disposición un serrallo de güeras oxigenadas y un elenco de matones digno de Robert Rodríguez. Las recreadas por Rosina son las voces que la sociedad se ha empeñado en silenciar y que en las muertas de Juárez encuentran su más terrible metáfora. En la frontera norte, la mujer es reina de belleza o amante de mafioso o es nada. La narrativa de Rosina, aunque llena de humor e ironía, refleja esa realidad que las mujeres del resto del país no intuyeron sino hasta que empezaron a aparecer cadáveres femeninos en Lomas de Poleo. Expone un fenómeno social muy propio de la frontera norte que no ha sido explotado por sus paisanos y es la brutal demarcación social que se recrudece tratándose de féminas, porque no recibe el mismo trato la estudiante de una secundaria federal, que ya por serlo es en automático una puta de la cual los juniors pueden disponer a su antojo, que la alumna de una exclusiva escuela privada como el Tec, que además sea la reina del mismo. El caso de las muertas de Juárez ha vuelto del dominio público una dolorosa realidad de misoginia y clasismo que las mujeres norteñas padecíamos desde hacía mucho tiempo y que la narrativa de Rosina refleja nítidamente. No me atrevo a decir que Rosina sea excluida del grupo de escritores fronterizos por machismo. Pero es un hecho que la visión que ella brinda de la frontera no es exaltadora, ni mitificante, ni estereotipada; no es la que los lectores chilangos quieren leer. No vende. La frontera norte de Rosina es la verdadera frontera norte, la que mata moral, intelectual y físicamente a sus mujeres. Caso semejante es el de la autora chihuahuense Rosario Sanmiguel, que en su entrañable libro, Callejón Sucre y otros relatos, narra la vida nocturna de Ciudad Juárez desde una perspectiva femenina y confronta a las profesionistas solas que acuden a tomar una copa con las llamadas mujeres de la noche, y como los hombres apenas saben distinguir entre unas y otras porque ser mujer en la frontera, al parecer, es una condición obscena. Eso no impide a Rosario decir cosas tan hermosas como “Las palabras crepitaron como flores olvidadas dentro de un libro”: La belleza que se impone al horror de un cuerpo violentado.

Sería interesante tratar de dilucidar por qué las escritoras de la frontera no se interesan en los mismos temas que sus colegas varones; por qué, si el espacio y el medio ambiente tiene que haber influido en ellas, que sería el caso de las dos últimas, no han hecho de esto un sello indeleble y abordan las diversas problemáticas del ser fronterizo desde perspectivas más humanas y universales... pero eso llevaría muchas más cuartillas. A mi juicio, es la mejor y más representativa novela de la frontera norte de México no la ha escrito un escritor fronterizo, sino un sudamericano: 2666 de Roberto Bolaño, finado escritor chileno, que ya en su novela previa, Los detectives salvajes, nos brindó una visión entre majestuosa y esperpéntica del desierto de Sonora y que en 2666, su obra póstuma, realiza un aterrador fresco de la realidad de la frontera, que incluye a la ola de feminicidios de Ciudad Juárez, que curiosamente ubica en Sonora.

Puedo decir por lo tanto que encasillar a los autores por su lugar de origen, su sexo, su religión o su color se me antoja injusto, discriminador incluso; que por lo que a mí respecta no existe ni debe existir un movimiento literario y/o estético que aluda exclusivamente a la frontera violenta y se base en sus profundas heridas para vender libros y fundar una estética sobre el dolor de los afectados. Y estoy segura de que no la hay, como no sea en los ardides publicitarios de las casas editoriales. Yo, y aunque suene a lugar común (y los lugares comunes, según algún crítico español, son ballenas varadas), sólo le apuesto a una sola literatura, y es la buena literatura.



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