Thomas Stangl

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El único lugar

Traducción: Amaia Zaballa


A través de una cortina de lluvia (desde ahora llueve prácticamente todo el tiempo), los catorce hombres y sus burros de carga avanzan de noche por el bosque de Ouassoulu, el cual, según ha entendido Caillié, no puede cruzarse de día por miedo a los ladrones, algo que a él, si bien está dispuesto a ser precavido, le parece un poco absurdo, pero no hace preguntas, es posible que la cautela tenga que ver con fantasmas y no quiere lidiar con en esas cosas. Caillié no sabe si el nuevo guía es fula o mandinga, al parecer es una especie de santo y se llama Arafanba, un nombre que no le dice nada; en su estado, en el que cada día está más sumergido, Caillié simplemente se alegra de que Arafanba no espere nada de él, no hable mucho y agradezca todos los regalos. Los brazos de Caillié rozan los húmedos y altos helechos, se escuchan los chillidos de las aves nocturnas y las hienas, rastros de historias de miedo o ira que se esfuman en la oscuridad o el vacío, incluso el croar de las ranas le suena confuso, porque todos estos animales solo conocen este único lugar en el que van a morir. Hace frío y la fiebre, cuyo aumento mide su termómetro interno, multiplica la sensación de frío, los pies se les hunden en el fango y las sandalias de Caillié se desgarraron ya en los primeros días, no sabe cómo remendarlas ni cómo pedirle a alguien que le ayude. El agua baja por su cuello, se siente desnudo; a veces siente como si su piel, los límites de su cuerpo, se diluyesen. Sigue avanzando descalzo y sus pies se convierten pronto en muñones helados y entumecidos, durante el descanso, los descongela junto al fuego y observa cómo se expande el dolor; recibe su ración de cacahuetes asados, no tienen muchas más provisiones. La fría coussabe se le pega a la piel, sueña que está atrapado bajo el agua y se remueve indefenso en un vano intento por liberarse. La comitiva se aleja del bosque apretando el paso hacia zonas en las que solo viven aisladas y andrajosas familias fula, mujeres semidesnudas, hombres con barbas mal cortadas y narices llenas de tabaco, niños de barrigas hinchadas; por puentes derrumbados y vados cruzan, con el agua hasta la cintura, los afluentes del Djoliba; sigue lloviendo y Caillié ya no se preocupa por abrir el paraguas, le basta con tenerlo junto a él, lo sujeta con fuerza. Los prósperos pueblitos más al noroeste están, se imagina Caillié con su falta de energía para hacer preguntas, habitados por fulas que hablan otra lengua y no tienen religión ni esclavos, por eso (cree firmemente en las bondades de la propiedad privada) sus campos están mejor cultivados que los de Fouta Djallon, se imagina en un día de otoño, deambulando por los campos de Mauzé a orillas del río Mignon, como hacía a menudo en su juventud, siempre solo, sin preocuparse de que sus cabellos y su ropa se estuviesen empapando (en casa de la abuela le esperan el horno sobre el que se secará su ropa, mantas de lana que envolverán su cuerpo blanco y enclenque y dedos que le acariciarán la frente), camina con ganas durante horas con el pensamiento puesto en zonas tropicales irreales, la cercana capa de nubes sobre él es la conexión, los campos aquí y allí son la conexión; las diferencias se difuminan de forma curiosa, como en un reflejo recíproco que es, al mismo tiempo, claridad en su cabeza, resplandor y amabilidad cuyo reflejo reverbera en su entorno (o al revés); como si no hubiera nada más que luz.

Ahora vuelve a tener a veces un techo bajo el que dormir. La gente siente curiosidad, pero no le molestan mostrándose abiertamente recelosos, le regalan leche y, aquí y allí, una gallina o incluso una oveja, un europeo, piensa, podría viajar por aquí incluso sin disfrazarse, simplemente le van a preguntar una y otra vez si su piel es real, si no se encuentra su yo negro verdadero escondido debajo; le preguntan que cuántos hijos tiene, y él responde dócilmente en su pidgin-malinke: «até, ne até din-din» ¿Y mujeres? preguntan incrédulos, ¿mujeres tampoco tienes? «atè», responde él, para estas cosas está esperando (habla siempre como si no hubiera aún empezado a vivir) a volver a casa (cuando, en realidad, su vida podría estar llegando a su fin), hacen como si comprendieran su respuesta y pudieran aceptarla. En cuanto a las mujeres de la zona (una cercanía inimaginable supondría escoger a una y llevársela con él para, así, viajar quizás de forma menos llamativa), se diferencian de las mujeres fula y mandinga en que tienen dientes afilados y les gusta esnifar tabaco y bailar, pero no son (esto es algo que se repite a sí mismo y escribe una y otra vez, mira desde la distancia casi interminable la fila de pechos, sus subidas y bajadas al ritmo del movimiento) indecentes, se arrodillan devotamente ante los hombres y agachan la cabeza, algo que a él le confunde y avergüenza cuando le llega el turno de que le pasen el cuenco de leche; aparte de eso no tiene ningún contacto directo, sólo recibe de tanto en cuando una sonrisa que él achaca a su aspecto exótico. Se queda fascinado con una orquesta de instrumentos de viento de veinte hombres que ve pasar una noche en una pequeña aldea desde debajo de un árbol de algodón de seda, se pierde en los insólitos sonidos, salvajes y harmónicos al mismo tiempo y admira esas cabezas adornadas con plumas y los coloridos atuendos de los hombres, por un momento, aturdido por la música y el titilar del fuego, se olvida de las llagas de los pies, las heridas ensangrentadas que le duelen a cada paso, con cada roce; cada noche intenta vendarse los pies con hojas y algo de lino, pero a la mañana siguiente, esta fina capa protectora se deshace pronto con la humedad. Incluso en Sigala, la capital de Ouassoulu, los viajeros se detienen únicamente durante una tarde y una noche; el rey hace llegar una invitación a este viajero árabe que viene de lejos y a su guía, cruzan el pequeño pueblo de sus mujeres y un laberinto de pasillos largos y estrechos entre paredes de tierra y llegan no al esperado palacio, sino a una sencilla cabaña sin muebles en la que una hacina de heno en una esquina indica que, con el rey, vive un caballo. Al ver la taza de té de estaño y el plato de cobre en los que les sirven tan pronto toman asiento sobre cojines en el suelo, Caillié se sobresalta, lo cual le resulta extraño; reconoce, sin atreverse a mostrar su interés por estudiar los relieves con más detalle, que se trata de artesanía portuguesa muy antigua, y le entran ganas de llorar (más tarde, se pregunta si los objetos pueden sentirse solos, lo hace en un sueño que termina con su boca llena de tierra oscura y pesada, la lengua pegada al paladar, en un vano intento por respirar se traga la tierra, que llega a los pulmones y el corazón, el cual sujeta Caillié en la mano seguro de que va a morir, y se despierta en la cabaña totalmente a oscuras —lo único que percibe es el ahogado sonido de la lluvia, que cae uniforme sobre el suelo—, y durante unos segundos, con el pulso acelerado, aún piensa que tiene el corazón en la mano), pero como siempre, primero debe sonreír, asentir, dar explicaciones entrecortadas sobre su historia, contada por Arafanba, y dar las gracias por las felicitaciones que, al menos, son más fáciles de soportar, porque se refieren solo a su valor y su sentido de la familia y no a sus creencias: realmente no sé si tiene que o puede responder a la pregunta de si su padre y su madre aún viven, y mira fijamente al plato que tiene ante sí.


* Fragmento de la novela Der einzige Ort, Literaturverlag Droschl, Graz, 2004.




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