Tito Matamala

De La Siega, la enciclopedia libre.

El pequeño solo ilustrado

Perteneciente al volumen de cuentos "Historias del bar La Trivia”, 2002.

I

Cerca de las diez de la noche de aquel jueves que todos llevaremos en la memoria, Claudio Solo Concharelo se retiró de su trabajo de promotor de computadores IBM en la tienda DIN de la Plaza del Trébol. Esa mañana le habían pagado en efectivo, razón por la que en sus bolsillos llevaba 200 mil pesos en billetes nuevecitos, enrollados y sin manosear. A esa hora, cualquier otro sujeto se habría intimidado al cargar tremendo turrón en la marea de taxibuses y colectivos, menos Solo Conchaman, quien era amigo o por lo menos conocido de cada uno de los rufianes en la intercomuna. Solo hablaba el idioma de los micreros y el dialecto de los pedidores de monedas en el arco de Los Tribunales, entendía con fluidez la retórica de los ambulantes y tampoco veía dificultad en conversar en un inglés gringo con un gringo, o inglés británico con un gringo todavía más gringo. Solo Conchopsking era el único ser vivo capaz de pasearse por la noche hasta en las más siniestras aceras, como si nada, como si éste fuese el auténtico mundo feliz. Y por experiencia sabemos que nica.

Solo Conchanstein se vio obligado a combinar varios microbuses para llegar al cerro La Gloria, en el puerto. Vestía de ambo, corbata y camisa blanca, con sus zapatos lustrados y con su cigarrillo cayendo por un costado de su boca, tipo Humprey Boggart mezclado con Harold Loyd, aquella tradicional apariencia reconocida por todos: es Solo Conchamadre.

No había apuro. Cerca de la medianoche Solo Conchandoval se metió en El Farolito, pidió un submarino y se lo bebió a sorbos cortos, como para que dure, también desplegó un par de billetes y solicitó que los abonasen a su línea de crédito. Luego preguntó por la dueña, y le dijeron que había viajado a la capital por negocios, ante la posibilidad de establecer allá una sucursal.

— Remítanle mis saludos —dijo.

Cuando acabó su brebaje, Solo Conchalosky sacudió la solapa de su chaqueta con un gesto mecánico -no había nada que sacudir-, lustró sus anteojos grotescos y se esfumó de El Farolito para al fin enfrentarse con su deber. Dos cuadras más hacia el mar lo esperaba La Trivia, un bar de ubicación tan recóndita que habría sido imposible hallarlo a punta de tanteos o por las indicaciones de un policía de tránsito.

Por gracia de su dueño, en el bar La Trivia todo era gratis, pidan lo que quieran, desde el picadillo de pichulines a la parrilla, con salsa de callampas y cebolla, hasta los tazones generosos de single malt whisky. Todo era bar y cocina abiertos, salvo la entrada: no se aceptan colados, los amigos también pagan. Un dato que Solo Conchagnoli conocía muy bien antes de meterse en recovecos indescriptibles en las vecindades del cerro La Gloria -pura navegación inercial -, hasta hallar la puerta de La Trivia.

Ninguna señal diferenciaba esa puerta de las demás en el vecindario, ni un cartelito de expendio de bebidas alcohólicas clase C, ni un logo de la sacrosanta Escudo, nada. Salvo, por cierto, un bacalao de dos metros franqueando el dintel, con una chaqueta de cuero negro sobre su camiseta en la que se leía que el odio es un buen sucedáneo del amor.

— ¿Cómo se llama el libro en el que se basó Coppola para filmar su Apocalipsis? —preguntó el bacalao a Solo cuando le supuso intenciones de entrar.

El héroe dio una bocanada final a su cigarrillo, alzó la cabeza para mirar al portero y contestó.

El corazón de las tinieblas.

El bacalao cotejó la respuesta con una libreta, correcto, se dijo y siguió mirando feo y hacia abajo.

— ¿Y el autor?

— ¡Qué te pasa, viejo! Ya tuviste tu pregunta de entrada, no me vengas con cuestionarios extras — le increpó Solo.

Entonces, las cejas del bacalao se invirtieron, incluso se inclinó un poco para hablarle a Solo en su nivel de mar.

— Perdona, amigazo, yo no más quería saber cómo andas para la pelea de esta noche. En una de ésas, apuesto por ti. Adelante, pasa, pasa.

Antes de entrar, Solo le dio una palmada en la espalda al gigantón con cara de pescado y le dijo al oído:

El corazón de las tinieblas lo escribió Joseph Conrad, socio, puedes apostar por mí.


II


En realidad, La Trivia no exhibía aspecto de bar, más bien parecía una cancha de tenis: con una planicie central y con pequeñas mesas escalonándose como si fuesen graderías. En el extremo sur se ubicaba un pequeño escenario con butacas para los honorables jurados, y taburetes para aquellos valientes como Solo. Esa noche había un lleno total, aunque, para ser más preciso, se trataba de prácticamente el mismo público que estaba reservando su cupo desde la noche anterior, y sin descanso.

— ¡Solo! — le gritó su representante, el duque Benavides y Medinasidonia, cuando lo vio entrar — Me alegro de verte, ya me estaba impacientando, ¿trajiste tu plata?

— Aquí la tienes — Solo Conchamagna le dio el rollo de billetes mientras sus ojos exploraban los rostros de la multitud detrás del humo de los cigarros —, son 190 mil, dejé algunos pesos en el camino.

— No importa, yo tengo el resto. Espera aquí, voy a cancelar el derecho a juego. La competencia se inicia en media hora, alcanzamos a tomar algo antes. ¿Qué te traigo?

— Un Etiqueta Negra en vaso refrigerado, generoso, tipo tazón de té, con un dedal de Drambui. Batido, no revuelto.

Solo Concharólamo ocupó un asiento de la extensa barra que daba la vuelta por toda la explanada, encendió otro cigarro y acomodó su corbata. Se sentía observado por los parroquianos, incluso oía rumorcillos y comentarios. Es que todo el gentío conocía su fama, a todas partes había llegado el relato de la leyenda del Pequeño Solo Ilustrado, y ahí lo tenían a la vista, hasta podían tocarlo. Justamente, por ese crédito indiscutido, Solo era uno de los dos cabezas de serie en la competencia, razón por la que no debió participar en las tediosas rondas eliminatorias durante la tarde. A Claudio Solo Conchavello nadie le disputaba su cupo entre los grandes.

El duque Benavides y Medinasidonia volvió con el tazón de tonto amarillo y con un loro de pisco sour para él.

— No me explico cómo puedes elegir un simple pisco sour, si todo es gratis — comentó Solo.

— Es cuestión de lealtad — le respondió su representante —, no lo cambiaría ni por un Etiqueta Azul.

— Cada cual con sus propias chifladuras — murmuró Solo casi sin separar los labios.

Por los parlantes de La Trivia se escapaba la voz de la Gloria Stefan proclamando que hay amores que terminan en sequía. Muchos años antes, la elección del cerro para levantar el bar no fue un asunto azaroso: Don Valencia efectuó ofertas imposibles de rechazar para que ninguna autoridad fastidie el levantamiento de un clandestino tipo galpón en el cerro La Gloria. En honor a la Gloria Stefan de mis amores, cualquier grado de corrupción es aceptable, pensó el Don.

— ¿Cómo estuvieron las preliminares? — preguntó Solo.

— Difíciles, por eso mismo te aconsejo que no vayas tras el premio mayor. Si nos va bien, podemos multiplicar varias veces la plata de la matrícula, eso será suficiente para los dos. Calcula que ganaríamos unos dos millones y medio.

— La plata me interesa, pero no tanto. Yo voy a pelear el premio mayor — dijo Solo en tono rotundo, y el duque Benavides y Medinasidonia se quedó mirándolo, sin ser capaz de discutirle.

El premio mayor había sido donado por el propio dueño de La Trivia, nadie sabía si era por justificar las ganancias o por ostentar el poder de conseguir lo que sea, no importa el precio. Así fue siempre Don Valencia, el propietario, un hombre cuyas influencias de cacique se extendían desde Alaska hasta aquí cerca, en las orillas del lago Lleu Lleu, y que, sin embargo, pasaba sus mejores días dictando justicia en su tugurio de Talcahuano. Por eso mismo, por las felices horas en La Trivia, había desestimado los ofrecimientos para ocupar la cartera de Hacienda o Economía, en dos gobiernos distintos, y tampoco pudieron convencerlo para que vayase a poner orden a la Bolsa de Nueva York, aunque sea por unos pocos años.

Para ser precisos, según se supo después, Don Valencia ofreció el premio mayor con la convicción absoluta de que sería el gancho perfecto para un torneo de maestros, pero que no habría un maestro tan grande como para llevárselo. Y a fin de que todos miremos lo que no podemos tocar, el dueño de La Trivia había ordenado que instalasen el lustroso premio detrás de su mesa privilegiada en el recinto, diagonalmente opuesta al estrado de los honorables jueces e iluminada con una tenue lámpara que le disimulaba sus ojos de amo de este sector del mundo, al que el mismísimo Presidente de la República le consultaba sobre lo oportuno de sus viajes al extranjero.

— Vaya, no más, señor Presidente.

Don Valencia no se perdía detalle de los ajetreos previos a la disputa, en especial los movimientos de Solo Conchavides al saborear su tacita de té que no era té. Ya antes su consiglieri, Pedro Rondanelli, le había advertido de la fama enciclopédica de Solo y de su habilidad para anticiparse y remachar hasta las más rebuscadas preguntas.

— Creo que Solo va a jugar por el premio mayor — dijo Don Valencia mientras bebía un copón de Don Melchor, cosechado y envasado especialmente para él, y escrutaba los horizontes de su cantina tipo Estación Central.

— Aún es tiempo de retirar el premio mayor de la competencia, podemos inventar un cuento, cualquier cuento. Sería muy feo que ese tal Solo le desbarate su museo — dijo Rondanelli.

— No te preocupes, no hay ser humano capaz de llevarse de aquí el premio mayor. Y si existiese uno, yo lo sabría.


III


De pronto bajaron el volumen de la música, las promotoras de Tanqueray guardaron sus botellas y los vasitos de plástico, vimos a los 72 garzones transformarse en sombras serviles, el público se aferró a sus tragos gratuitos y el prohombre, Don Valencia, movió levemente su cabeza de arriba a abajo y se acercó a su micrófono personal.

— La verdad siempre llega cuando ya no la necesitamos. ¡Bienvenidos! — dijo. Era la señal para el inicio la competencia.

Esa tarde, 34 concursantes se habían presentado a las rondas clasificatorias, tres de ellos ganaron su derecho al juego principal y se sumaron a los dos cabezas de serie. Los cinco finalistas tomaron sus posiciones, Solo Conchamori ocupaba el sitio número cuatro. Cada uno debía responder diez preguntas formuladas por los honorables jurados Adolfo Oyanguren Cruz-Solar y Alfredo Segundo Barría Molina y Aburto. Al término de la ronda de cincuenta interrogantes, el que acumulase el mayor número de errores sería eliminado. No había lugar a equívocos, no había piedad ni contemplaciones.

El primero en caer fue Guillermo II León Calleia, el Guille, un estudiante de Arquitectura que por dos años había ahorrado monedas para pagar el derecho a juego. Una sola vez se quedó callado frente a la andanada de interrogantes: no pudo responder cuál es la temperatura del Universo. Se retiró tranquilo, aunque sus ojos nublados delataban su pena: quizás si el próximo año podría volver a intentar la hazaña. Difícil, porque un eliminado pierde todo su dinero, se va para la casa sólo con lo que puede beber, que eso no más es gratis.

— Física, debí estudiar más Física — le oímos decir mientras se dirigía a la barra con pasitos de Chavo del Ocho, de donde no se movería en el resto de la semana.

Luego de cada ronda, los concursantes se tomaban una pausa de quince minutos, lapso que Solo Conchafuerte aprovechó para servirse otro vasote de lo mismo, pero sin Drambuie, y para fumar un par de cigarrillos.

— Qué increíble, recién estamos comenzando y ya doblamos el valor de la inscripción. Tenemos un millón — le comentó el duque Benavides y Medinasidonia, aún aferrado a su pisco sour, el tercero.

— Sí, pero no hay nada que celebrar, nos quedan tres rondas, más una adicional por el premio mayor — dijo Solo.

— Y de seguro las preguntas serán cada vez más difíciles.

— De seguro.

Con una sencilla señal, en los intermedios, Don Valencia ordenaba que pusiesen la música de su agrado, Gloria Stefan casi siempre, y se preocupaba de que no vayase a faltar bebestible ni en la más lejana mesa encaramada en las graderías.

— Nadie debe salir pelando de La Trivia — le reiteró a su consiglieri, Pedro Rondanelli.

A esa hora, cuando apenas comenzaban las primeras escaramuzas, aún había gente intentando entrar al bar o rogando por una mesa, aunque sea en el pasillo que daba a los baños, aunque sea en los baños, donde había monitores de televisión para no perderse el devenir del juego. Benavides y Medinasidonia, atento al espectáculo, se sentía de veras privilegiado como el representante del único sujeto en las inmediaciones del reyno capaz de reventar las cifras y apoderarse de todo, menos de La Trivia, que era un lugar sagrado.

— ¡El amor es siempre una farsa, salvo cuando no lo es! — dijo Don Valencia por los altoparlantes, era la señal de que el juego proseguía.

Los cuatro selectos volvieron a sus puestos para responder otra ronda de diez preguntas cada uno: el que más se equivoca es el que se despide.

Los dos jurados amasaban sendos paquetes de miles de preguntas elaboradas en meses de trabajo, con la supervisión permanente del creador del juego para ordenar que me arreglen ésta, que es muy ambigua o que eliminen esta otra, que ni yo no sé la respuesta. Antes de comenzar, barajaron los turrones de tarjetas, a fin de que no hubiera sospechas de su imparcialidad.

Para los jueces, también corría la consigna del bar abierto. Oyanguren Cruz-Solar masticaba un tinto Torreón de Paredes y Barría Molina se abocaba con devoción a unos cortos bien largos de un añejo Barceló Imperial, con hielo y rodajas de limón de Pica. Reconocidos académicos universitarios, ambos acudían gustosos cada año a la solicitud de Don Valencia. Ser jurados en una noche en el bar La Trivia, significaba más ingresos económicos que un año en la universidad tratando de inculcar conocimientos a una mayoría de alumnos con cabeza de piedra pómez. Oyanguren Cruz-Solar, además, arrastraba una pena vieja y agria cuyos padecimientos algo se atenuaban en el solaz de una buena copa de vino, en la fiesta permanente de una cantina como La Trivia, donde podía apaciguar el traqueteo de su conciencia derruida por un antiguo amor más amargo que la bilis, más porfiado que un camión. Me lo van a decir a mí.

— Cada cual tiene su propia ridícula historia de amor — solía asegurarme Oyanguren.

La segunda fue otra vez una ronda limpia, salvo porque el quinto concursante no supo que el nombre del amigo borracho de Homero Simpson es Barney. Error fatal y primera sorpresa de la noche, pues se trataba del empresario pesquero Osvaldo Moisés Carvajal, el otro cabeza de serie que no necesitó participar en las eliminatorias, ya que era un hombre con extenso cartel, más preocupado del latín y de la última edición de la Enciclopedia Británica, que de los problemas de la biomasa del recurso pelágico trachurus symetricus murphyi. Su desempeño había sido brillante, pero así eran las leyes de La Trivia: una lesera podía ser más valiosa que un cúmulo de conocimientos.

— Así son las leyes de la vida, más bien — murmuró Osvaldo Carvajal antes de marcharse del bar, muy sobrio y circunspecto.

Con un notorio baldazo de suerte, Claudio Solo Conchampuero pudo lucirse frente a su décima pregunta: ¿cuál es el error de Cinemanía ‘97? Apenas la tarde anterior, en su trabajo, Solo había estado mirando los más de treinta mil ítemes de aquella enciclopedia de cine, y por esa casualidad fue que descubrió el error:

— El actor John Shea aparece en una película realizada varios años antes de su nacimiento — fue su respuesta. Algunos aplausos se oyeron desde las mesas más altas del bar, donde nos habíamos instalado los amigos incondicionales del héroe.

— ¡Brillante! — le dijo el duque Benavides y Medinasidonia al recibirlo en su momento de descanso, con un nuevo tazón de Etiqueta Negra requeteseco.

— Brillante, pero peligroso — le comentó Solo, y su mánager no le entendió.

Desde los altos de su mesa de privilegio, Don Valencia miraba cada movimiento del héroe. Aunque apenas íbamos en la segunda vuelta, ya le resultaba por lo menos curiosa la fortuna y la fuerte pachorra de Solo.

— Ese tal Solo va a pelear por el premio mayor — le reiteró a su consiglieri.

— ¿Y qué podemos hacer?

— Nada, claro — aseguró Don Valencia y enseguida se acercó a su micrófono para echar a andar la tercera ronda con una de sus elocuentes frases de costumbre —. El amor y el odio, como los pelados y los guatones, son calcados si se miran con paciencia. ¡Los competidores a sus puestos, por favor!



IV


Tercera ronda. Claudio Solo Conchaztévez se acomodó en su puesto y, al mirar el panorama de la concurrencia, me reconoció encumbrado en una de las mesas más altas. Fiel a su condición de comediante innato, levantó su mano como si estuviese brindando por mí.

— ¡El premio mayor será tuyo, Solo! — le grité, y no me oyó él ni nadie. Mis pulmones nunca superaron los dos watts de potencia.

En su décima pregunta, el héroe pareció titubear un poco, pero era nada más algo de emoción y engaño adjuntos y bien planificados. Otra licencia de Solo que iba en directo beneficio del movimiento de las apuestas informales, pues ahí cada ronda se tomaba como un juego aislado, como si los concursantes fuesen caballos en una corta carrera de mil doscientos metros.

— Le reitero por última vez, señor Solo, ¿cuál es la fórmula matemática de una cisoide? — insistió el honorable Oyanguren Cruz-Solar.

— La fórmula de una cisoide, sobre la base de un círculo de radio igual a 1, es x(x2+y2)- 2y2=0 — respondió al fin Solo y se retiró a beber otro tazón de eso que ya le tenía gestionado el duque Benavides y Medinasidonia.

— Ya vamos en un millón y medio, amigo — le dijo el duque al recibirlo.

— Pero si no llegamos al final, es como si no tuviésemos nada — replicó Sólo al tiempo que bebía su trago largo y merecido.

La triste víctima de la tercera ronda había sido María Teresa González, la Terry, una irrepetible flacucha de ojos enormes y sonrisa ídem que no pudo recordar que el apellido materno de Cristóbal Colón era Fontanarrossa, tal como el dibujante argentino: Fontanarrossa, palabra que difícilmente iba a borrar de su cabeza, pues por culpa de ese único lapsus caía prematuramente del juego.

— La vida consiste en recordar tonteras — le dijo Solo al oído cuando se retiraban de sus puestos de combate.

— Algo parecido creo yo: la vida consiste en inspirarse en tonteras — le replicó ella, luego caminó hacia la barra, pidió dos dobles de tequila seco, unos limones partidos en cuatro y algunas galletitas de agua para que el asunto no parezca tomatera.

— Una menos — comentó Benavides y Medina-sidonia, duque de la Cañada Hermosa.


V


Cuarta Ronda, aquí los valientes mueren o se van en mierda, sin que sea metáfora. Los dos finalistas de la noche caminaron tranquilos a sus sitios. Claudio Solo Conchaneder, con su andar de bufo consagrado, y Cristian Celis Bassignana, la otra sorpresa de la jornada, un abogado tirolargo fundamentalista que se había tomado todo en la vida, incluso la licencia de mantener en su estrado un vaso y una botella de tonto amarillo Famous grouse. La gente murmuraba sus sospechas de que Celis Bassignana podría ser el tapado, el protegido de Don Valencia, no porque éste lo haya dejado beber donde no correspondía, sino por un notable parecido físico con el dueño de La Trivia. Salvo por su acento de licorería nocturna, el finalista habría podido reemplazar al Don hasta frente a los ojos de su familia.

— ¡Cien mil pesos a Claudio Solo! — grité sin levantarme de mi mesa, y un montón de sujetos cercanos se ofrecieron de inmediato para cubrir mi apuesta. Transé con un hombre corpulento de apellido Larenas, que se reía de mí porque estaba seguro del triunfo del doble de Don Valencia.

— No ve que yo lo conoooozco — me dijo.

El comienzo de la cuarta ronda encendió el bullicio de los apostadores y los vítores de ánimo para uno u otro luchador. Celis Bassignana permanecía tranquilo y anclado a su vaso de whisconsin, casi ausente. En cambio, Solo Conchalewis se entretenía bailando tap, o imitando la figura de Don Corleone, para lo que se puso una pelota de servilletas en cada cachete de la boca. Hasta su tenaz adversario le aplaudió tan oportuna parodia.

— Quien escribe diccionarios no está aquí para explicar qué mierda es el amor. ¡Competidores, prepárense! — ladró Don Valencia. Las frasecitas significativas y grandilocuentes para abrir las contiendas fueron una idea suya en los comienzos del juego, años atrás, y ahora el público esperaba atento cada ocurrencia del anfitrión. Algunos, como yo, las coleccionaban. No faltan los fanáticos.

Ambos, Solo Concharuda y Celis Bassignana, podían mover su boca sin que se les notara el botillamen acumulado. Gran ventaja.

— Dígame, señor Celis — preguntó el honorable Oyanguren Cruz-Solar — ¿cuál es la fórmula de la velocidad requerida para que un satélite alcance la órbita?

— La fórmula es V2=gr2/Z, donde V es la velocidad, g la gravedad, r el radio de la Tierra y Z la distancia de órbita — respondió Celis Bassignana sin demora.

— Señor Solo, ¿podría refrescar mi memoria y recitarme el verso final del último poema de los Veinte Poemas de Amor, de Pablo Neruda? — preguntó el honorable Barría Molina y Aburto.

Claudio Solo Conchamalamala clavó su vista en el suelo como si la pregunta le hubiese tocado una fibra personal, dejó de respirar unos segundos, cerró los ojos y enseguida contesto:

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Respuesta correcta, ambos concursantes iban empatados. El público comenzaba a perder la compostura y su deber de silencio, aunque el bullicio bajaba el volumen cuando le correspondía hablar a los valientes. Entonces escuchábamos con un respeto reverencial.

Solo Conchagliolo y Celis Bassignana no se permitieron respiro. Llegaron invictos al final de la ronda, por lo que de inmediato se convoca a una adicional para resolver el empate, según las reglas de La Trivia.

— ¡Una pausa de cinco minutos! — gritó Don Valencia, que ya se había sacado sus mancuernillas de oro al arremangarse la camisa blanca y al librar su cuello de la presión de la corbata de seda negra.

— ¡Perfecto, perfecto! — dijo el duque Benavides y Medinasidonia — con una ronda adicional ganamos 500 mil más.

— Ese tal Celis Bassignana es bueno, me puede ganar — dijo Solo Conchadown y se echó de un aliento su tazón de té y pidió otro más.

— ¡Qué dices! ¡Cómo se te ocurre que vamos perder!

— Yo no dije eso.

— ¡Entonces no me asustes!

El corpulento Larenas se acercó a mi mesa a preguntarme si aún manteníamos la apuesta para la ronda adicional.

— Faltaba más — dije yo.

— Faltaba más — dijo él, y volvió a reírse de mí.

Los competidores no tardaron en retornar a sus puestos, así como el honorable Barría Molina, que se había levantado para ir al baño, aunque nunca llegó, porque las masas de apostadores le impidieron el paso.

— ¡La matemática seguirá siendo una ciencia inexacta mientras no pueda explicar los desencuentros provocados por el amor! — dijo don Valencia a todo pulmón para iniciar la vuelta adicional. Naturalmente, yo anoté su parlamento.

Quinta ronda. Claudio Solo Conchanegas llegó a su puesto con un vaso nuevo de tonto amarillo, a modo de exigir igualdad de condiciones: si se lo permiten al caballero Celis Bassignana, por qué no a mí.

Una masa compacta de humo de cigarrillos nos servía de techo, y un tintineo continuo de las copas y vasos gratuitos conformaban el fondo musical. Celis Bassignana y Solo Conchalitzer se miraron sin odio, incluso brindaron deseándose suerte antes de la primera pregunta, pero ambos estaban dispuestos a reventar hasta la más estimada de sus neuronas por vencer.

Por un par de segundos, los cristales callaron.


VI


Con una porfía encomiable, Cristian Celis Bassignana resistió la presión de Solo Conchárdenas hasta la séptima pregunta. En la octava cayó, se precipitó al abismo: su error fue el intento de conjugar el verbo abolir en tiempo presente indicativo, tal como se lo pidiera el honorable Barría Molina.

— A ver — dijo y sorbió de su vaso para limpiarse la garganta —, yo abolo, tú aboles, él abole...

— ¡No, señor! Abolir es un verbo defectivo, y no se puede conjugar, salvo en las formas terminadas en i.

Quienes habíamos acertado al apostar por Solo, conservamos la calma, pues una falla de Celis Bassignana no aseguraba la victoria. Quedaban aún dos preguntas, y Solo debía mantener su ventaja.

— Señor Solo, ¿cuál era el distintivo de los aviones norteamericanos en el teatro operacional de Birmania, durante la Segunda Guerra Mundial? — preguntó el honorable Oyanguren Cruz-Solar.

— A ver — dijo Solo y también sorbió de su vaso para limpiarse la garganta —, el distintivo era una serie de cinco franjas blancas en el fuselaje.

Respuesta correcta. Solo estaba a un paso del triunfo, pero le correspondía el turno a Celis Bassignana.

— Don Cristian Celis, dígame por favor cuál es el nombre completo del emperador Claudio — preguntó el juez Barría Molina.

De no ser porque el azar era una garantía absoluta en La Trivia, Celis Bassignana habría pensado que se trataba de una broma cruel haberle preguntado por ese emperador romano, que llevaba el mismo nombre de su tenaz adversario.

— Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico — contestó con precisión, ya casi sin ánimo.

— Señor Solo, última pregunta para usted: ¿cuál es el factorial del número 15?

— 1.207.674.368.000 — contestó Solo Conchadwars en forma instantánea.

Respuesta correcta, Claudio Solo Conchallana era el ganador, y como su tabla de resultados era perfecta, podía optar al gran premio de esa madrugada. La algarabía se propagó por las mesas, se metió en la cocina y salió a la calle, donde también la gente celebraba. Un par de chicas colegialas se empelotaron desde la cintura hacia arriba y subieron a la barra para agitar sus poleras. En sus vientres, casi a la altura de las tetas al aire, tenían escrito Solo, tal como coreaba la multitud:

— ¡Soooolo, Soooolo, Soooolo!

Don Valencia tuvo que recurrir a todo el poder de su vozarrón para llamar a la calma, que este asunto aún no ha concluido, que falta una pregunta para el adversario que – aunque ya ha perdido –merece terminar el juego, así lo dice la ley de La Trivia.

Varios minutos pasaron antes de que amainasen los festejos. Mientras, el corpulento Larenas vino a pagarme los cien mil. Ya no se reía de mí. Uno menos.

Cristian Celis Bassignana había sido el primero en felicitar al ganador, luego volvió a su estrado para engancharse en su tonto amarillo.

— Señor Celis — alzó la voz el honorable Oyanguren Cruz-Solar —, ¿cuál es la capital de Italia?

Por primera vez, Celis Bassignana se sintió agobiado, no por los cientos de cigarrillos o los varios botellones de Famous Grouse, tampoco por sus 128 respuestas correctas desde que comenzara su jornada en las rondas eliminatorias durante la tarde, sino por la retorcidísima suerte que nunca se le despegó. Si aquella maldita pregunta número ocho no se le hubiese escapado, aún estaría obligando a Solo Conchanstrong a una nueva vuelta de desempate. Y ahora, para mayor humillación, atizaban su talento con una interrogante de kinder, con una pruebecita de pacotilla. Qué desgracia.

— En fin... la capital de Italia es Roma — dijo, y se retiró con su vaso y su tonto amarillo personal y, luego de un aplauso respetuoso al que me sumé, fue a sentarse junto a León Calleia en la barra. Ni con una orden judicial los moverían de allí.


VII


Cuando aún no nos cansábamos de gritar tu nombre, Solo, cuando aún zapateábamos de euforia, Don Valencia otra vez nos hizo callar.

— Señor Solo, junto con felicitarlo por su triunfo, y de acuerdo con la tradición de La Trivia, me corresponde plantearle un desafío superior. ¿Está usted dispuesto a arriesgar en una última ronda todo su dinero acumulado, en pos del premio mayor?

Claudio Solo Conchavedra encendió un cigarrillo, como si disfrutara del silencio en espera de su determinación, bebió otro sorbo de lo suyo, se sacudió los hombros y habló:

— No es un secreto, yo vine aquí a pelear por el premio mayor — dijo, y el duque Benavides y Medinasidonia se llevó las manos a la cabeza lamentando no ser él quien tomara las decisiones en momentos tan claves como éste.

— Bien — dijo Don Valencia —, quince minutos de pausa, ¡y yo cubro todas las apuestas en contra del señor Solo! No es nada personal, claro.


VIII


Cinco horas después del comienzo de la disputa, no había muchos cambios en la configuración esencial de La Trivia: Don Valencia seguía administrando el destino de la patria, el trago corría como si nosotros fuésemos sus arterias y Claudio Solo Conchafuerte permanecía en su puesto respondiendo lo que usted guste preguntar, que para eso vine.

Más solo que nunca, Claudio Solo se aferró a su estrado, bebió un vaso largo del amarillo infaltable y dijo que comiencen a disparar, que estoy preparado.

— ¡Sooooolo, Sooooolo! — murmuraba el público a un único compás.

Primera pregunta:

— Señor Solo, dígame por favor la nómina de capitanes del Almirante Nelson en la Batalla de Trafalgar.

Por la exagerada dificultad de la pregunta, la ronda por el premio mayor nos pareció arreglada para descolocar al héroe, aunque confiábamos a ciegas en su fortaleza y en la imparcialidad de los jueces Oyanguren Cruz-Solar y Barría Molina y Aburto.

— Señor Oyanguren, ¿desea los nombres por orden alfabético? — replicó Solo.

— No necesariamente.

— Bien, los capitanes son sir Thomas Masterman, Richard King, Robert Moorson, sir Edward Berry, Eliab Harvey, Philip Durham, Edward Rotheram, William Hargood, George Duff, Thomas Freemantle, John Stockham, Henry Blackwood y John Cooke — respondió Claudio Solo, pronunciando cada nombre como si toda la vida hubiese sido residente del número 10 de Downey street.

Un discreto aplauso se oyó en las tribunas.

Las siguientes cuatro respuestas no significaron mayor esfuerzo para Solo Conchalson, y la solidez de su participación provocaba más apuestas en su favor, las que eran acogidas sin discriminación de monto por el consiglieri Rondanelli.

— Esto se pone feo, jefe.

— Tranquilo, Pedrito. A nadie le puede durar tanto la suerte.

— Señor Solo, ¿cómo termina la novela El nombre de la rosa? — preguntó el honorable Barría Molina.

— ¿En latín o en español? — replicó Solo.

— En latín, por favor.

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.

Sexta respuesta correcta. En un gesto reflejo, Don Valencia se dio vuelta para ver si aún estaba allí el premio mayor, donde había mandado que lo pusieran en exhibición.

— Cierra la recepción de apuestas — le ordenó a Pedro Rondanelli.

El público se mantenía inquieto, pero en silencio religioso. Allá abajo, Solo Conchalboro jugaba con un cigarro en su boca y con un vaso de Etiqueta Negra en la mano.

— Señor Solo — preguntó el honorable Oyanguren Cruz-Solar —, según Aristóteles, ¿qué son las categorías? ¿Cuántas y cuáles son?

Claudio Solo Conchatapia bajó la vista y la cabeza, como si esta vez lo hubiesen sorprendido. Don Valencia sonrió y los apostadores se asustaron porque el rostro del héroe se veía muy serio, y su seriedad ya no parecía una obra de teatro.

— ¡Vamos, Solo! — le grité, totalmente seguro de su histrionismo, y esta vez me oyó.

— Las categorías son las formas bajo las cuales se manifiesta todo lo que es. Su número varía según la obra en la que se mencionen: en Tópicos y en Categorías son diez, en Analíticos Posteriores y en el libro V de la Metafísica son ocho, en los libros VII y XI de la Metafísica son siete y en la Ética Nicomágnea son seis. Ateniéndonos al número mayor mencionado por Aristóteles, se puede decir que las categorías son diez: substancia, cantidad, calidad, relación, lugar, tiempo, posición, hábito, acción y pasión.

Séptima respuesta correcta. Aplausos.

— Señor Solo — preguntó el honorable Oyanguren Cruz-Solar —, ¿cómo se llama la estación de ferrocarriles en que el actor Lee Van Cleef desciende en la película Por un puñado de dólares, de Sergio Leone?

— Tucumpari.

Octava respuesta correcta. Aplausos.

— Señor Solo, en la catedral de la Sagrada Familia, que Gaudí dejó inconclusa en Barcelona, ¿a cuáles apóstoles representan los cuatro campanarios? — preguntó Barría Molina y Aburto.

— Bernabé, Simón, Tadeo y Matías.

Novena respuesta correcta. Solo estaba ahora a un paso de la victoria, y se sentía seguro y relajado, con la boca algo caliente por el tránsito de tanto Etiqueta Negra, nada nuevo, aunque nunca se le habría notado en su dicción.

— Señor Solo, ¿desea que barajemos las tarjetas antes de sacar la última? — volvió a preguntar el honorable Barría Molina y Aburto.

— No estaría de más.

Luego de revolver las tarjetas con la habilidad de un tahúr, el juez Barría Molina extrajo la de encima y la blandió ante nuestros ojos expectantes.

— Aquí está su futuro, señor Solo: ¿cómo se llama el animador que ha conducido un mayor número de veces el Festival de la Canción de Viña del Mar?

Mala suerte. Casi me pareció oír las mudas puteadas de Claudio Solo Conchaquemada, en qué torpe momento asintió en que barajaran las tarjetas. Ahora tenía apenas un minuto para hallar en su cabeza un nombre tonto e insignificante que no recordaba, o que tal vez ni sabía, era lo más probable.

— ¡Vamos, Solo!

— El tiempo corre, señor Solo.

Víctima de la Primera Ley de La Trivia, el héroe se llevó el vaso a la boca para buscar valor. Con su vista recorrió los rostros helados de la concurrencia, de seguro muchos de ellos sabían la respuesta, pero ninguno se habría atrevido jamás a soplar. En los dominios de Don Valencia, ese pecado se pagaba caro, al menos con la vida.

— El tiempo corre, señor Solo.

El héroe sintió que se detenían los engranajes en su cabeza, se echó un nuevo trago largo de tonto amarillo sin saber si como castigo o como esperanza, vio al duque Benavides y Medinasidonia disfrutando de un cóctel de sus propias uñas y luego me buscó con la vista en la pendiente de borrachos, y cuando me halló se quedó mirándome, así, seco. Era como si de pronto nos hubiesen dejado solos en La Trivia: no había más ruido que su silencio y el mío, como en los viejos tiempos sentados en la barra del Nuria, cuando ambos llorábamos callados por mujeres parecidas, aunque la mía era más perversa que la suya, tú sabes. Y yo, sin mover la boca ni las manos ni nada, sin respirar siquiera, en mi mente pronuncié el nombre clarito, sílaba por sílaba, letra por letra: Antonio Vodanovic.

— Antonio Vodanovic — dijo Solo, con cinco segundos de gracia.

Respuesta correcta. Nadie pudo contener el desorden de júbilo ni los prohibidos fuegos de artificio que reventaban cerca del techo, no hubo límite para el griterío y los papeles picados encima de nuestros hombros, hasta fue desentendido un principio de incendio en el ala sur de La Trivia. Los garzones abandonaron los vasos y de frentón se dedicaron a repartir botellas – que era una manera más eficiente de satisfacernos –, el cocinero colapsó ante los pedidos de fritangas varias y prefirió sumarse a la turba, y el público se abalanzó sobre el héroe triunfante, especialmente sus fieles colegialas, unas más desnudas que otras. Solo fue besuqueado desde la nuca para abajo, manoseado en sus cuatro vientos, alzado en hombros ajenos, paseado por el cuadrilátero de La Trivia y llevado ante la presencia del dueño, a cobrar su premio, sus premios. Y ni tonto, al pasar Solo Conchaliente agarró y bebió de las tetas y botellas que caían cerca de su perímetro, se lavó el pelo en whisky, mordisqueó lóbulos rojos de excitación y cató cuanto culo tuvo a su alcance. Qué envidia, señor Solo.

La muchedumbre encontró a Don Valencia mientras firmaba el cheque por tres millones de pesos, sin levantar la vista y con una prisa innecesaria. Los improvisados porteadores aterrizaron al héroe a dos metros de distancia y luego callaron para no perderse detalle de un diálogo entre grandes bestias.

— Aquí tienes el cheque. Te ofrezco otro igual, por la misma suma, a cambio de que no te lleves el premio mayor.

— Gracias, señor Valencia, pero me llevo un único cheque y el premio mayor — respondió Solo Conchagrant. A su espalda, al duque Benavides y Medinasidonia le faltaba rostro para desplegar su tremenda sonrisa.

El todopoderoso Don Valencia, el único y auténtico poder fáctico de la patria, le había ganado el premio mayor a su propietario original, el cineasta George Lukas, tras una partida de póker durante una lluviosa noche de invierno en una cantina de Puerto Montt. Desde entonces, el premio mayor formaba parte de su pequeño museo de objetos y artefactos inverosímiles – emplazado a orillas del lago Lleu Lleu –, junto con el Santo Grial, los apuntes manuscritos de Einstein, los brazos de la Venus de Milo, o la genuina figura del halcón maltés.

Fiel a su mandamiento de que hay ofertas imposibles de rechazar, el dueño de La Trivia pensó en multiplicar la cifra, incluso pensó en agregar uno o dos ceros al cheque original, no habría sido mayor problema, pero se topó con el rostro decidido de Solo Conchafija y comprendió lo inútil de su esfuerzo.

— Ya, bien. Es tuyo. Puedes llevarte el premio mayor — le dijo al entregarle el cheque y confiado en que en alguna cercana vuelta del destino habría de recuperar para sí lo que nunca debió arriesgar.

Cansado como un perro perdiguero carente de brújula, sin la corbata y con sus ropas ajadas de tantos tironeos, Claudio Solo Conchanegra había soñado ese instante por más de veinte años de una vida de mierda esculpida en privaciones, envenenada de carencias y sacramentada con la falsa promesa de que alguna vez este cuento cambiará, otra mentira. Y mientras recibía el cheque y un abrazo honesto del amo del mundo, Don Valencia, sus ojos se humedecieron con el agraz y cargante recuerdo de un niño mirando juguetes en las vitrinas de una tienda inalcanzable. Qué tormento de memoria, se dijo, y luego se acercó a palpar el cuerpo original de Han Solo conservado en carbonita, el premio mayor.

Ayudados por Celis Bassignana y León Calleia, con las primeras grises luces del amanecer, Claudio Solo Conchalfín y el duque Benavides y Medinasidonia abandonaron La Trivia cargando con dificultad la mole de carbonita, urgidos por desaparecer antes de que lleguen los periodistas a tergiversarlo todo.




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