Ezio Neyra, "Todas mis muertes" (capítulo 4)

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Por Ezio Neyra


El recuerdo más fresco que tenía de tía Norma era el del verano anterior. Durante esos dos meses que pasé en casa de los abuelos, ella había estado muy cerca de nosotros. Todas las mañanas, sin falta, nos despertaba y nos invitaba a tomar desayuno. Preparaba el té, servía los panes con chicharrón, e incluso hubo días en que preparó tamales que devoramos con gusto. Pero su bondad no se limitaba únicamente a engreírnos y a ser servicial sino que también mantenía un constante buen humor que nos seducía todos los días. Se parecía mucho a mamajuana. No solo físicamente, lo cual no sería sorprendente. Su parecido iba más allá: ambas compartían el goce de pasar el día gastando bromas a quienes se cruzaran por su camino. Las veces en que tenían alguna discusión, a diferencia de lo habitual, solucionaban el problema de tal manera que pareciera una puesta en escena en donde el valor se encontraba sobre todo en el guión. Cada una expulsaba una fila de largas palabras llenas de sorna que, a primera vista, no parecían formar parte de una discusión. Para darse cuenta de que se asistía a una, era necesario conocerlas y notar que detrás del ritmo con que se pronunciaban aquellas palabras, se ocultaban silencios, prisas y pausas que hacían las veces de insultos. A pesar de que hubo varias discusiones entre ambas, éstas no solían durar mucho tiempo. Apenas un par de días era el plazo en que al pasar la una frente a la otra no cruzaban miradas. Vivían de manera tan intensa el ejercicio del humor como para que les estuviera negada la posibilidad de mantenerse fuera de su estado de naturaleza por mucho tiempo.

En veranos pasados toparse con tía Norma era lo mejor que podía suceder. Cargaba un humor agudo y sesudo aunque espontáneo que lograba hacer reír hasta al más huraño. Recuerdo, sobre todo y no sé por qué pues seguramente hubo momentos más divertidos, una tarde del verano pasado en que luego de haber almorzado, el abuelo se paró y nos quedamos todos los primos, mamajuana y tía Norma. Ambas se levantaron de la mesa y, como si hubiesen ensayado varias tardes, se pararon una a cada lado de ella. Entonces iniciaron una especie de actuación circense en donde se tiraban palabras la una a la otra con una rapidez sorprendente. Pero el espectáculo no quedaba ahí. A pesar de que la velocidad con la que intercambiaban palabras ya era suficiente motivo para reír y asombrarse, lo mejor de ello era lo que decían. Mamajuana representaba a una vendedora de televisores evidentemente falsificados que no hacía nada para convencer de la legalidad de sus productos. Mientras que tía Norma actuaba como la inocente compradora que hacía caso a todo sin consultar más de la cuenta. Luego de argumentaciones de ida y vuelta, el personaje interpretado por tía Norma terminó por comprar un televisor que, entre otras características, era capaz de ir a misa y de cocinar.

Tía Norma también compartía con mamajuana un hecho que la acercaba más a ella que lo que ninguno de sus otros hijos: fue la única que permaneció en Camaná. Sus otros hermanos, incluido mi padre, habían viajado a Lima tarde o temprano para hacer la secundaria o estudiar en alguna universidad. Luego, ya titulados, y con el carácter burgués que imprimía tener estudios superiores, decidían quedarse en la capital, casarse con alguna adinerada compañera de estudios y hacer vida. Nada más inteligente. De nada servía que regresasen a Camaná con un título de psicólogo o de abogado. ¿Qué podían hacer con ellos salvo sacar pecho por las calles y vanagloriarse de que fueron capaces de ir más allá que el resto? En Lima estaba todo. Sigue estando todo. Y los que partieron eran conscientes de esa ventaja. Tenían puestos de trabajo a los que postular, clubes sociales en donde poder codearse con compañeros de trabajo y con aquellos que luego les ayudarían a encontrar mejores posibilidades.

Pero una cosa no negaba la otra. La decisión de tía Norma de no migrar a Lima podía, de alguna manera, entenderse. Al fin y al cabo era la única mujer, al mismo tiempo que la última hija, de un matrimonio que tuvo seis hijos. Todos hombres, menos ella. Sin embargo el hecho de que, salvo una vez, no hubiera viajado a Lima daba como para pensar en alternativas más cercanas al desgano pues, si la razón de no haber viajado se hubiese debido a la falta de dinero para financiar el viaje o a la ausencia de un lugar donde alojarse, quizá todo se hubiese regido de acuerdo a los patrones de la lógica. Pero tampoco eran estas las razones. Incluso las veces en que, en sus mejores épocas, los abuelos viajaban anualmente a Europa de vacaciones, y el paso por Lima consistía únicamente de una breve escala, tía Norma se negó a acompañarlos.

La única vez que estuvo en Lima fue cuando Paco y yo la elegimos madrina de nuestra Primera Comunión. Ambos estudiábamos en el mismo colegio, y no solo compartíamos el mismo año sino también la misma sección. Nuestra decisión se debió, sobre todo, a que ninguna de las opciones primeras en las que habíamos pensado nos resultó atractiva, a pesar de que pensamos en tíos, hermanos mayores, primos, y hasta papás. Cuando le dije a papá que había decidido que tía Norma fuera mi madrina, se echó a reír. Me dijo que era mejor que pensara en otra posibilidad, que nunca se había movido de Camaná; ni para mi graduación, ni para cuando naciste, me dijo. Sin embargo, cuando papá se puso al teléfono y transmitió a tía Norma mi deseo, ella accedió de inmediato.

Fueron días felices aquellos. La ceremonia se llevó a cabo un sábado y tía Norma llegó tres días antes. La tarde de su llegada, acompañé a papá al aeropuerto. Cuando luego de una espera que se prolongó más de la cuenta divisamos el rostro de tía Norma a lo lejos, me recuerdo profundamente excitado. Se veía muy bien, a pesar de llevar un vestido demasiado ligero para el invierno que vivíamos. Tía Norma dijo que los aviones se movían más de lo que había pensado. Papá le dio un beso en la mejilla y le dijo que era bueno que por fin hubiese venido a Lima. Yo hice lo mismo, pero no le dije nada. La abracé, ella me abrazó y ambos sonreímos. Camino a casa, tía Norma no dejaba de ver la ciudad a través del vidrio del auto de papá. Sí que es fea Lima, Ernesto; mejor te hubieras quedado en Camaná, decía. No, Norma, Lima no es tan fea como parece. Lo que pasa es que la salida del aeropuerto es de las más feas que hay en el mundo, pero ya verás que te gustará.

Fue una de las pocas veces que vi tan contento a papá, quien hizo sus mejores esfuerzos por ser un buen anfitrión.

Llevamos a tía Norma a muchos lugares entre restaurantes, cines y centros comerciales. Ella siempre pareció una provinciana por la manera como se asombraba de todo. Qué cine tan grande, decía, aquí entra todo Camaná. Le gustó también la manera como, según ella, estaban decorados los vidrios de varios locales. Más que las aspas, me gustan aquellos que tienen tiritas horizontales y verticales, decía; habría que hacer lo mismo en Camaná. Papá le quitó esa idea rápidamente cuando le dijo que no se trataba de adornos sino de un método casero para evitar que los vidrios se cayeran a pedazos cuando hubiese la explosión de alguna bomba. Los ojos de tía Norma parecieron asombrados. Uno de los recuerdos más divertidos quizá sea cuando pasamos por el club de golf de San Isidro. Tía Norma lucía como una idiota cuando con la boca abierta observaba la enorme extensión de jardín. Entonces nos decía que nunca había visto tanto jardín junto, que quiénes se han creído estos limeños, que deberíamos hacer lo mismo en Camaná.

El domingo siguiente tía Norma llamó para avisar que su viaje de regreso había sido bueno. También yo hablé con ella y le agradecí por haber venido a Lima. No es nada, Francisco, seguramente regresaré pronto. Pero nunca lo hizo. Para verla nuevamente, debí esperar los veranos en los que siguió siendo la misma, pues nunca fue capaz de llevar a Camaná aquellas cosas que tanto la habían impresionado de Lima.

Algo había cambiado este verano. Mamajuana nos decía que todo se debía al hecho de que estuviese embarazada. Sin embargo sentíamos que había algo más. Si bien confiábamos en las palabras de mamajuana, no podíamos dejar de preguntarnos por qué, de pronto, de un verano para el otro, tía Norma no nos saludara más o por qué no jugara más con nosotros. Además, lo más extraño era que nunca se nombrara el nombre del padre del hijo que esperaba. Mamajuana nos decía que el padre era una buena persona, pero que había tenido que viajar por trabajo al extranjero y que regresaría en varios meses, quizá en años.

Al comienzo del verano, mis primos y yo seguíamos molestando y tratando igual a tía Norma, hasta que empezamos a alejarnos de ella cuando se nos hizo evidente que no quería compartir nada más con nosotros. El distanciamiento fue doloroso, sobre todo debido a la rapidez con que ocurrió. De un verano para el otro, tía Norma se había convertido en un ser irreconocible. Alguien que no saludaba, que no reía, que lucía ansiosa todo el día. Lo mismo había ocurrido el día anterior, cuando mientras veíamos el entrenamiento que Gómez le brindaba al carmelo, tía Norma había cruzado apresurada el jardín e ingresado al estudio del abuelo. En otro verano, hubiéramos corrido hasta la puerta del estudio para tratar de escuchar, nuestras orejas apoyadas contra la puerta, lo que el abuelo conversaba con tía Norma. Sin embargo, las ganas de estar al tanto del mal que la había tomado presa eran, en ese momento, casi inexistentes. Y todo esto por razones estrictamente naturales. Su rechazo hacia nosotros era demasiado evidente y mis primos y yo no teníamos ningún complejo de sadismo ni nada parecido. Además, el mundo en el que se desenvolvía tía Norma era al fin y al cabo un universo de grandes que nosotros no terminábamos de entender muy bien y que cada vez nos parecía más lejano.

El único que pareció haber sentido el cruce de tía Norma por su lugar de trabajo había sido Gómez:

-Qué chiquita, pu.

Pero ella ni lo escuchó o, si lo hizo, no quiso contestar nada. Entró al estudio del abuelo y cerró la puerta.

Gómez decidió guardar al carmelo en su java. Atravesó la casa y salió a la calle. Nosotros permanecimos algún tiempo más en el jardín. A pesar de no habernos acercado en ningún momento hasta la puerta del estudio, lográbamos escuchar los gritos del abuelo. No los entendíamos pero descifrábamos su furia. Era evidente que tía Norma le había dado una mala noticia. Después de algunos minutos ella salió y dos minutos después hizo lo mismo el abuelo. Llevando encima gestos malhumorados caminó hasta el comedor y le dijo a Feliciana que sirviera el almuerzo. En nuestras caras se notaba nuestro apoyo al abuelo. ¿Cómo tía Norma, aquella persona que había decidido convertirse en anónima, se dignaba contestar mal al abuelo? A su propio padre que en ningún momento tenía conflictos con nadie dentro de la casa.

El almuerzo transcurrió en silencio. Solo estábamos sentados el abuelo y nosotros. Tía Norma permanecía en su habitación y mamajuana seguía de compras. No estábamos acostumbrados a almorzar sin ella, pero el abuelo había decidido que el almuerzo se sirviera una hora antes. Terminado el almuerzo, salimos al jardín y permanecimos sentados en uno de sus bordes. Joaquín propuso salir de casa e ir a jugar afuera. Su propuesta nos vino bien. Hacía algunos días que no salíamos y ya extrañábamos a los automóviles y su eterno tocar de la bocina.

Dejamos transcurrir las horas mientras jugábamos a ser policías y ladrones. Cerca de las siete de la noche, Feliciana salió a buscarnos y nos dijo que la comida estaría lista pronto.

A la mesa estaban sentados los abuelos, cada uno en un extremo opuesto. Ocupamos nuestras sillas. Sobre la mesa descansaban una jarra de chicha y una fuente con un pato trozado que lucía delicioso. Mirábamos la comida con una ansiedad terrible, esperando únicamente las palabras del abuelo para empezar a comer.

—Falta Norma —dijo.

Mamajuana se paró y fue a buscarla. El abuelo lucía un poco inquieto. Y nosotros, que no teníamos idea de lo que ocurría, nos jugábamos bromas mientras mamajuana llamaba a la puerta de tía Norma.

—Vamos, normita, la comida ya está servida.

No contestó al llamado de mamajuana, pero logramos escuchar desde el comedor cómo su cuerpo se levantaba y movía una silla causando un gran estruendo. Mamajuana ya se había sentado cuando tía Norma recién salía de su habitación. Cada vez estaba más gorda. Se trataba quizá de la panza más grande que hasta entonces había visto. Parecía estar a punto de explotar.

Una vez más, sin saludar, se sentó a la mesa.

—Bendice señor estos alimentos que con tanto esfuerzo hemos conseguido. Amén.

Había llegado al comedor con una agenda abierta. Desde un principio resultó obvio que no tenía ninguna intención de probar bocado alguno. En todo momento, mientras el resto estiraba sus brazos y hacía mover sus cubiertos, tía Norma apuntaba números telefónicos en diferentes servilletas. Se le veía tan preocupada y a la vez tan fuera de sí que no podíamos sentir por ella más que lástima. Sus manos temblaban sin parar. Sus ojos, saltones, recorrían alocadamente el espacio que su agenda y las servilletas cubrían sobre su espacio de la mesa.

Cuando terminamos de comer, nos fuimos a nuestras habitaciones y cuando estuve echado en mi cama no pude dejar de pensar en ella. ¿Qué mal podía estar aquejándola? ¿Por qué había cambiado tanto? De pronto escuché detrás de la puerta de mi habitación el sonido del teléfono girando. Era tía Norma la que llamaba. Su voz se lograba escuchar dentro de mi habitación. En la primera llamada preguntó nuevamente por Piero Granda. El hombre no estaba. Colgó. Volvió a hacer sonar la palanca del teléfono y empezó a conversar. No lograba escuchar muy bien, por lo que me paré de mi cama para pegar mi oreja a la pared. Tía Norma había invitado a un señor llamado Rogelio Pacheco a tomar té el viernes siguiente. No tenía idea de quién era. Nunca lo había escuchado nombrar. Hubo una última llamada. Esta vez, tía Norma invitaba a tomar desayuno a un tal Eduardito.

Las llamadas dejaron de sonar y tía Norma empezó a llorar. Esa clase de llantos en los que mientras botas y botas lágrimas, empieza a faltarte la respiración y tratas de evitar la caída de los mocos. Su llanto se prolongó por algunos minutos más y luego fue posible sentir cómo poco a poco se iba calmando.

El siguiente viernes nos levantamos temprano. Cerca de las diez, luego de haber tomado el desayuno, Paco y yo estábamos sentados en los sillones de la sala. Desde ahí era posible observar la mesa del comedor y lo que en esa zona ocurría. Nos dedicábamos a leer. A media mañana, tía Norma apareció en el comedor. Lucía tan ansiosa como el día anterior a pesar de que sus lágrimas ya no mojaban su rostro. Sobre la mesa colocó algunos álbumes de fotos que había cargado especialmente hasta allí. Su presencia perturbó nuestra lectura. Tía Norma abría los álbumes y sacaba varias fotos que iba colocando sobre la mesa. A medida que iba haciendo esto, también escribía sobre el reverso de cada una algunas palabras. Paco y yo estábamos completamente interesados por saber qué sucedía. Queríamos saber qué escribía tía Norma, qué fotos escogía y cuáles eran las razones de esa selección. Sin embargo, dada la relación que entonces teníamos con ella, hubiera sido imposible acercarnos y preguntarle lo que hacía. Fue por esto que esperarnos hasta que tía Norma se parase y dejara las fotos tiradas sobre la mesa para que nosotros fuéramos hasta allí y lo descubriéramos por nuestra cuenta.

Se trataba de decenas de fotos. Cerca de cuarenta retratos de ella en diferentes lugares y posiciones. Las que más abundaban eran aquellas en donde ella estaba con traje de baño, tomando sol o simplemente posando en una de las playas de Camaná. En la mayoría, usaba bañadores de dos piezas, lo que hacía que su cuerpo se mostrara a plenitud. En las fotos, recordamos también el aspecto que tenía antes de estar embarazada. Tenía un cuerpo memorable. Un par de piernas largas y bien contorneadas y una piel que incluso desde la opacidad del papel fotográfico era totalmente diferente a la áspera piel que tenía entonces. Quizá por eso era que había desenterrado esas fotografías. Quizá quería verse y sentirse atractiva una vez más.

Volvimos corriendo a sentarnos en los sillones cuando escuchamos que regresaba al comedor.

El resto de la mañana transcurrió rápido, sin ninguna novedad. En cambio, las horas que vinieron después del almuerzo parecieron haber sido contadas por un reloj que se toma el doble de minutos para marcar una nueva hora. Esa tarde iría Rogelio Pacheco, y todos los primos permanecíamos en el jardín esperando el sonido de la puerta para correr a escondernos en algún lugar desde el cual pudiéramos escuchar la conversación que tan ansiosos nos mantenía.

Alrededor de las cinco el timbre sonó por fin, y corrimos a situarnos, algunos, detrás de los sillones de la sala; el resto, detrás de las mamparas que adornaban el contorno de la habitación.

Tía Norma ingresó a la sala junto a Pacheco.

—Por aquí, Rogelito, por favor —lo acomodó en el sofá de un cuerpo.

Pacheco era tan alto como tía Norma. Sin embargo la altura de ella solo era reconocida en ámbitos femeninos, por lo que Pacheco era más bien un hombre al que le habían robado centímetros. Tomó asiento y tía Norma se acomodó en el sofá de dos cuerpos, situado frente a él.

—Espéreme un momentito, Rogelito.

Tía Norma se paró y salió de la sala. Nosotros, aún escondidos, nos alentábamos unos a otros para seguir en silencio. Paco era el que más sufría. Parecía que esa situación era la más arriesgada que había tenido a lo largo de su corta vida y lo demostraba cuando tuvo que valerse de un pedazo de mueble, al que mordía sin piedad, para no dejar escapar ninguna carcajada.

—Aquí estoy de vuelta, Rogelito. Espero que no se haya molestado. Tía Norma había venido diferente. El maquillaje le chorreaba por el sudoroso rostro y parecía tener las tetas mejor acomodadas.

—No, Normita, cómo me podría molestar con usted.

—Me alegro entonces. ¿Le gustaría que ya le traiga el té? ¿O prefiere un cafecito? También tengo hierba luisa, manzanilla y emoliente. Pídame nomás, Rogelito. Estoy a sus órdenes. Yo le recomiendo el tesito. Está muy rico. Aunque dicen por ahí que la manzanillita cae mejor a estas horas de la tarde.

En ese momento, Paco ya no era el único que mordía la tela algodonosa del sofá para evitar reír. También Lita y Joaquín hacían lo mismo. Y es que tía Norma hablaba con tanta rapidez y con tal falta de vocalización que en otra circunstancia hubiese logrado que todos nos largáramos a reír.

—Prefiero el té, Normita. Le agradezco.

—En seguida se lo traigo. Siéntase como en su casa. Ya va a ver que el tesito que le traeré es el mejor que ha probado en su vida, Rogelito. Mi mamá me dijo muchas veces que el té que preparo es el mejor. Si quiere le doy la receta. Es muy fácil de hacer. Solo agarras la bolsita, la pones dentro de una taza con agua caliente, exprimes dos gotitas de limón, dos cucharaditas de azúcar, una pisquita de miel, y listo el mejor té del mundo. Pero, Rogelito, dígame, por favor, ¿lo toma con una o dos cucharaditas de azúcar?

—Con dos, por favor, Normita.

—Qué suerte, Rogelito. Entonces el té va a quedar realmente bueno. Además tanta azúcar no cae muy bien, se engorda, afecta al corazón y después patatús sin más remedio. Y no es bueno el patatús. Hay muchos que se han ido gracias a él. Ya, ya, Rogelito, creo que mejor dejo de hablar antes que lo abuura. Ya vengo en un minutito y va a ver el té que va a probar, Rogelito.

Pacheco permanecía sentado en el sofá de terciopelo azul de un cuerpo. Lo observábamos a través de la angosta unión de los muebles. El hombre cada vez parecía más desubicado. Parecía arrepentido de haber ido a casa de los abuelos.

—Aquí estoy, Rogelito.

Tía Norma, más sudante y el maquillaje colocado de manera dispareja, apoyó el juego de té sobre la mesa de centro.

—¿Qué me cuenta, Rogelito? —preguntó tía Norma mientras estiraba sus rollizos brazos y servía las dos tazas de té.

—Lo mismo de siempre, Norma. El negocio sigue igual.

—Pero, ¿cómo que lo mismo de siempre, Rogelito? ¿Acaso este encuentro no es diferente? Para mí sí. Esta es una gran tarde y un maravilloso encuentro y estoy feliz de tenerlo aquí en casa. Además, usted está tan guapo que no soporto las ganas de sentarme más cerca suyo. ¿Me da un minutito, Rogelito?

Tía Norma levantó su tremebundo cuerpo del sofá y salió de la sala nuevamente. Ya nadie podía sospechar a dónde iba o para qué se había parado. Cada vez resultaba más impredecible. Pacheco, nosotros seguíamos observándolo, lucía ahora incómodo. Y si hasta antes lucía dubitativo de haber ido, ahora parecía seguro de haber escogido la alternativa equivocada.

—Rogelito, aquí estoy de vuelta. Le traje unos bizcochitos. Tiene que comer más, usted trabaja mucho. Traje también unas fotitos para que las viéramos juntos.

—Claro, Normita —contestó muy inseguro Pacheco.

Detrás del sofá nos acomodamos para poder observar mejor.

—¿Puedo sentarme a su costado, Rogelito?

—Aquí no entramos. Es un sofá de un solo cuerpo.

—Ah, claro, qué tonta que soy. Ya me decía yo que usted no iba a querer sentarse a mi lado. Qué ilusa, dios mío.

—No, Norma, no se ponga así. Solo es que no entramos aquí. Pero, espere, yo me sentaré a su lado.

—No, Rogelito, si usted no quiere, no puedo obligarlo. La libertad es un derecho que todos debemos tener y creo que yo se lo estoy robando. No puedo hacerle eso.

Pacheco no le hizo caso y se sentó a su lado. Tía Norma se movió unos centímetros, y al fin ambos estuvieron cuerpo a cuerpo.

—¿Qué fotos quería enseñarme? —preguntó Pacheco sin mucho interés.

—Ay, Rogelito, le mostraré unas fotos que lo convencerán de quedarse a mi lado para siempre. No crea, Rogelito, que siempre he tenido este cuerpo feo. Es solo por el maldito hijo que estoy esperando y punto. Pero si me hubiera visto un año atrás. Era muy linda y sé que ningún hombre se hubiera resistido a mirarme.

—Siempre fue muy guapa, Normita. Sigue siéndolo ahora.

Tía Norma apoyó su taza de té sobre la mesa, luego le quitó la taza de las manos a Pacheco y sacó una bolsa de debajo del sofá, de donde retiró decenas de fotos que colocó sobre la mesa.

—Mire, Rogelito. Esta soy yo hace cinco años. Ve qué lindo cuerpo tenía. Mire esas piernas tan largas y bien duritas. ¿Qué opina, Rogelito? Me gustaría escucharlo.

—Está muy bien, Normita.

—Y mire esta otra —dijo tía Norma mientras le mostraba a Pacheco otra foto escogida al azar de la mesa—. Esta es exactamente del año pasado. Mire qué barriga tan plana tenía, y mire esas tetas, ¿no le parece que eran lindas? Si supiera la cantidad de hombres que me cortejaban, no lo podría creer.

—Claro que lo sé —dijo de pronto Pacheco—, yo mismo lo intenté y usted no me hizo caso.

—No diga tonterías, Rogelito. Nunca trató de conversar conmigo. No me mienta.

—Claro que lo hice. Le mandé flores tres veces y le pedí que me recibiera en su casa.

—Bueno, bueno. Debe estar bromeando. Pero sigamos viendo estas fotos, Rogelito. Aquí estoy yo en Quilca. ¿Dígame si no estoy linda, Rogelito?

La conversación se convirtió en un monólogo de tía Norma. Siguió mostrando las fotos a Pacheco y éste, con paciencia, continuó mirándolas mientras escuchaba el relato. Así transcurrieron cerca de diez minutos con el soliloquio girando en torno de lo mismo. Que qué lindas tetas, Rogelito, mírelas bien. Que qué cuerpito gentil, tan delicioso, Rogelito, mírelo hombre, mírelo.

Detrás del sofá, nosotros habíamos empezado a reemplazar la risa potencial por gestos preocupados. Paco, Lita y Joaquín habían reemplazado la mordedura del sofá a cambio de situarse mejor y poder observar más de cerca lo que ocurría.

Tía Norma, de improviso, estiró su mano y la colocó sobre la pierna derecha de Pacheco. Éste, atemorizado a causa de no haber esperado esa repentina caricia, retiró rápidamente su pierna logrando que la mano de tía Norma quedase colgando y luego cayera al sofá.

—¿Qué es lo que quiere de mí, Norma? —preguntó un Pacheco muy seguro.

—Que estemos juntos, Rogelito. Quiero que nos casemos y que vivamos sin que nos importe este niño de mierda que estoy esperando.

—Oiga, no hable así —dijo Pacheco.

—Pero, ¿cómo diablos quiere que le diga? Eso es lo que es, un niño de mierda. Nadie lo llamó y llegó sin pedir permiso.

—¿Cómo que nadie lo llamó?

—Porque nadie lo buscó, Rogelio. ¿Acaso yo lo quería? No —tía Norma se hablaba a sí misma. ¿Acaso alguien lo planeó?

—A los hijos no se los llama, Normita. Ellos vienen cuando deben llegar, ¿o no?

—Ay, Rogelio, qué poco sabe de la vida.

—La que parece saber poco es usted. Pero, dígame, ¿cómo es eso de que quiere que me case con usted? ¿Está loca? ¿Y el padre?

—Eso no se lo puedo decir, Rogelio.

—¿Cómo que no? —preguntó excitado—, ¿acaso no sabe quién es el padre?

—No, no lo sé.

—Normita, no me haga reír, por favor. Mire que vine hasta aquí porque pensé que necesitaba ayuda y ahora me sale con esto. Dígame de una vez quién es el padre de esa criatura.

—No se lo puedo decir. No, no lo sé. No se lo voy a decir. No. No merece que se lo diga.

—Norma, está metiéndose en un hoyo del que nadie podrá sacarla después. Mejor dígamelo de una vez.

—Y usted quién diablos se ha creído —exploto tía Norma. ¿Acaso cree que puede venir a pedirme explicaciones sobre mi vida privada? Nunca vi nada parecido. Por Dios santo.

—Mierda, Norma, usted sí que está chiflada.

—Perdón, Rogelito. No quise decirle eso. Sonó muy feo. Pero la verdad es que usted me parece el mejor hombre de la ciudad. Vamos, diga que sí, cásese conmigo.

—Ni borracho, Norma. ¿Se da cuenta de lo que me está pidiendo? ¿Quiere que sea el padre de un niño que no es mío? ¿Se imagina lo que dirán de mí después? Todo el mundo se burlará. No, Norma, no hay manera que nos casemos.

—Diremos que sí es suyo. Toda la ciudad lo sabrá y no quedarán dudas.

Segundos después, cuando Pacheco se paraba del sofá para marcharse, se percató de nuestra presencia.

—Y ustedes, ¿qué hacen allí, chiquillos de mierda? —Nos dijo.

Uno a uno fuimos saliendo de nuestro escondite y nos paramos en el medio de la sala.

—Qué casa de mierda, por Dios.

Tía Norma, desconsolada y muy agitada, lloraba sentada en el mueble. Las fotos seguían dispersas sobre la mesa.

—Fuera de aquí, maricón —gritó tía Norma entre lágrimas. Nunca más lo quiero ver por aquí. ¿Pensó que me casaría con usted? Marica. Fuera de aquí, carajo.

Pacheco escuchó a medias sus últimas palabras. Desde hacía unos segundos, el golpe de la puerta había dado por terminada la conversación.




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