Todos tenemos una Náusea

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Por Sonia Fernández Pan


Todos tenemos una Náusea. Algunos la remueven en el pocillo del café, otros la llevan en el bolsillo, pesada e incómoda; los hay afortunados, con ella arrinconada en el fondo de la conciencia; los hay místicos, inventándose mil reflexiones de la casualidad para borrarla; los hay sabios, que deciden su compañía y su posición geográfica dentro del pensamiento; los hay melancólicos, arrastrándose entre ella. A todos nos tiene la Náusea.

En 1938 escribe Sartre La Náusea. En 1938 Sartre describe una enfermedad: el existencialismo. Sus síntomas son una arcada continua ante el absurdo de vivir, una punzada en la conciencia, un mareo derivado de múltiples, inútiles y resueltas preguntas que están ahí, como las nubes, como las ideas platónicas. Para la Náusea no hay diagnóstico, una vez que la conocemos es imposible desconocerla. “La náusea no está en mí; la siento allí en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café, soy yo quien está en ella”.

Hace muchos años (y muchos es siempre un adverbio relativo) que la novela de Sartre se exhibe en los escaparates de la cultura occidental, pero hasta ahora nunca había tenido el valor de abrirla; no por miedo a la pesadumbre existencial, más bien a su refugio. La Náusea es consuelo para mi náusea. Las frases de Sartre me resultan demasiado familiares a mis veintidós años: “Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay un fin, nunca nos abandonamos de vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además todo se parece: Shanghai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. (...) Después de esto empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926.”

Considero que la Náusea es una dolencia extremadamente occidental, derivada de esa tradición metafísica en la que se ha venido desarrollando nuestra cultura. Si otras culturas padecen la Náusea, es otra Náusea y no ésta que resbala por la frente como el sudor de verano. Supongo que cada occidental la sufre de diversa manera. Yo, evidentemente, la percibo desde mi yo. Mi Náusea tiene forma de pregunta: ¿Para qué? También tiene respuesta: un silencio abúlico.

El ser humano tiene encima de la mesilla de noche un manual repleto de preguntas existenciales, tiene el miedo a la muerte permanentemente en el fondo del armario, el miedo a la vejez debajo de la alfombra, el miedo al rechazo en los bolsillos, el miedo al fracaso dentro del vaso de agua, el miedo a lo feo en el espejo del baño, el miedo al miedo antes de cada decisión. El ser humano se construye mediante la superación de sus miedos. Pero la Náusea no es el miedo, es la perenne sensación del absurdo, de que no hay fines en la realización de nuestros actos. “Después de todo, hay que matar el tiempo. Son jóvenes y robustos, todavía tienen para unos treinta años. Entonces no se dan prisa, se demoran y no están equivocados. Cuando se hayan acostado juntos, habrá que buscar otra cosa para ocultar el enorme absurdo de la existencia.”

“Es que pienso –le digo riendo- que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir.” Entonces... ¿por qué cada mañana millones de personas se lavan la cara antes de ir al trabajo? Porque la conciencia de la Náusea no abofetea a todos los individuos occidentales por igual. Porque hay seres humanos que conocen el presente. Para otros tan sólo es un mito, una promesa de placer que no derive de la nostalgia por el pasado o la esperanza de un futuro que nos restituya el sentido de la existencia. Quizás de aquí deriva el éxito de las drogas como puerta de acceso al presente en nuestra sociedad frenética. La Náusea es consciente de su peso atlántico, a veces nos deja escondernos. A veces nos permite leer el periódico tranquilamente, enamorarnos, adorar la música y los libros, viajar, aproximarnos a otro ser humano, sacar fotografías, comprar ropa, tener un trabajo agradable. A veces no.

“L’enfer cèst les autres”. Sartre padece de Existencialismo, como Kirkegaard, como Camus. El primero representa a la perfección el gusto que tiene Francia por la interrelación entre Literatura y Filosofía, el segundo es el generador de la susodicha corriente filosófica, el tercero es un exponente de la filosofía del absurdo. Es muy francesa la creencia de que el pensamiento se estructura mediante la palabra, al lado de un desarrollo cultural atacando los valores burgueses imperantes. En novelas como La Náusea (1938) o El extranjero (1942) no se dejan dudas acerca de la soledad irresoluble y permanente del hombre, de la gran responsabilidad implícita en el hecho de elegir, de ser libres (aunque no se sea nunca libre pero sí), de nuestra necesidad de poder y necesidad para sumergir nuestro yo en todas las vertientes de la experiencia subjetiva. La existencia es una y múltiple, debiendo evitar su dominio, debiendo sobrevivirla, intentando cambiarlo por un vivencialismo de la realidad. “Pero hay que escoger: vivir o contar”. Y contar es tomar conciencia de la propia existencia, dentro de las tendencias filosóficas que consideran que el hombre se reconoce a sí mismo mediante el uso de la palabra en un discurso fonologocéntrico. Pero hay que elegir: vivir o existir.

“Me estoy atando los zapatos, contento, silbando, y de pronto la infelicidad. Pero esta vez te pesqué, angustia, te sentí previa a cualquier organización mental, al primer juicio de negación. Como un color gris que fuera un dolor y fuera el estómago. Y casi a la par (pero después, esta vez no me engañás) se abrió paso el repertorio inteligible, con una primera idea explicatoria: “Y ahora vivir otro día, etc.”. De donde sigue:”Estoy angustiado porque... etc.”

Las ideas a vela, impulsadas por el viento primordial que sopla desde abajo (pero abajo es sólo una localización física). Basta un cambio de brisa (¿pero qué es lo que cambia de cuadrante?) y al segundo están aquí las barquitas felices, con sus velas de colores. “Después de todo no hay razón para quejarse, che”, ese estilo.


Me desperté y vi la luz del amanecer en las mirillas de la persiana. Salía de tan adentro de la noche que tuve como un vómito de mí mismo, el espanto de asomar a un nuevo día con su misma presentación, su indiferencia mecánica de cada vez: conciencia, sensación de luz, abrir los ojos, persiana, el alba.

En ese segundo, con la omnisciencia del semisueño, medí el horror de lo que tanto me maravilla y encanta a las religiones: la perfección eterna del cosmos, la revolución inacabable del globo sobre su eje. Náusea, sensación insoportable de coacción. Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano.

Antes de volver a dormirme imaginé (vi) un universo plástico, cambiante, lleno de maravilloso azar, un cielo elástico, un sol que de pronto falta o se queda fijo o cambia de forma.

Ansié la dispersión de las duras constelaciones, esa sucia propaganda del Trust Divino Relojero.

                                                                                Julio Cortázar, Rayuela



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