Una visión cosmogónica de "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro

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Por María José Tello Carretero


Tabla de contenidos

Introducción


Muchas son las letras que se han escrito entorno a la figura y a la obra de José Luis Sampedro y,entre ellas, con magnífica exquisitez, respeto, cordialidad y rigor crítico, la entrevista que le realizara Gloria Palacios en José Luis Sampedro. La escritura necesaria (Siruela, 1996). No obstante, aún queda mucho por decir de este escritor que, como él mismo declara, ve en la escritura una tabla de náufrago, para la vida, y ,por ello, la suya propia se desencadena en un constante pulso con la creación literaria. Desde la ficción o desde la interpretación del mundo (“nunca describimos nada. Interpretamos y, en cierta medida, creamos la realidad; no la realidad objetiva sino nuestra realidad. Nuestra realidad crea alrededor de nosotros un mundo” dirá el propio Sampedro en la citada entrevista de Palacios, pág.106) las palabras se entretejen formando, siempre, en el Sampedro novelista una obra vital, en búsqueda de la esencia humana – tal vez de su propia vida-, de la dignidad y de la autenticidad de cuanto crea.

Ese es el acontecer diario del hombre que se encuentra tras la palabra escrita y cuya concepción ontológica, según sus propios términos, es “la vida consiste en hacerse lo que se es y la dignidad crece viviendo con la mayor intensidad posible y, en general, viviendo como el grupo al que pertenecemos” (op.cit.pág.147) Esa búsqueda mítica de la esencia del héroe, entendido como tal todo hombre o mujer en constante construcción, capaz de vivir de acuerdo con unos principios enraizados en su yo profundo, identificado por la dignidad y autenticidad de cuanto representa y genera, habitante de un lugar de frontera entre él y el mundo, la búsqueda de ese héroe, decíamos, se halla patente de manera magistral en El río que nos lleva.

El propio novelista rechaza la idea de “funcionalidad” a la hora de definir a sus personajes, lo cual les confiere un mayor grado de autonomía y de “vitalidad”. Sin embargo, al narrar el acontecer diario de unos gancheros que transportan los troncos desde las montañas de tala hasta Aranjuez, a través del río Tajo, nos presenta todo un orbe creado y planificado ab initio. Un orbe marcado por el fatalismo de la tradición mítica oriental y, al mismo tiempo, enmarcado en la tradición filosófica y cultural de Occidente, ambas bien conocidas por el autor. En dicho marco se inscribirán toda una serie de personajes, espacios y objetos (la funcionalidad mítica de estos últimos sí resultará innegable) que acabarán por configurar todo un mundo recreado, donde cada pieza encajará con la precisión del orfebre en la construcción del corpus.

Así, en la primera página del libro, mediante la fantasmagoría de que tanto gusta el autor, se presentan los primeros personajes, el grupo de gancheros.

“Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera porque la vida no avisa. (...)Todo estaba dispuesto en la sierra fría. Allí esperaba- ignorando, pero puntualmente- al acecho de Shannon. Todos, el hombre que serviría de cebo, la mujer envuelta en sombra, el animal encargado de extraviarlos hasta su destino.”

El elemento mágico es claramente identificable. La novela queda anticipada desde la primera página de la misma y el lector se sitúa ante un mundo preconcebido, ante un corpus cerrado, regido por el fatus. Es muy importante el influjo que sobre Sampedro ejerce la filosofía oriental, como ya anticipábamos, así como el principio fatalista que la identifica. La fuerza del destino estará presente en sus obras de manera reiterada y marcará el devenir de sus personajes.


Adentrarnos en el río


Conforme nos adentramos en las páginas de la novela, en la vida de los gancheros, conforme nos adentramos en ese “río que nos lleva”, vamos descubriendo a los personajes. En un principio nos llegan gracias a sus acciones y diálogos y, poco a poco, es el narrador quien nos los “presenta” a través del recurso descriptivo. El método utilizado para su caracterización es, por tanto, de triple naturaleza: la interpretación del personaje que el lector lleva a cabo gracias a sus acciones, la información que se desprende de sus diálogos y la propia descripción del narrador (el amplio empleo del recurso descriptivo será una de las características inherentes a la prosa de José Luis Sampedro). La técnica aparece próxima a la cinematografía y ayuda a dotar de verosimilitud al texto. Sólo cuando ya conocemos al personaje a través de sí mismo, el narrador se permite la intromisión, de modo que nuestra crítica se complementará con los datos específicos que nos ofrecerá a posteriori la voz narrativa.

El autor presentará así toda una cosmogonía de forma libre y sutil, entorno al eje espacial del río Tajo, símbolo aquí del fluir vital del hombre en esencia. La presencia constante de este río, la conciencia de que se halla explícito e implícito en la novela, a modo de fuerza ancestral que arrastra, no sólo los troncos, sino también a los hombres, provoca en el lector la sensación de que se trata de un personaje más de la misma. En ningún momento su presencia, incluso su rumor, desaparecen de la escena. Cuando estamos sumidos en el calor de la conversación, el autor se encarga de plantear alguna situación de la labor a causa de la geografía fluvial o lo describe como panorámica desde una ventana.El río está ahí, con toda su fuerza de personaje principal que preside, de manera privilegiada, la totalidad de las páginas de la obra, obra que (no olvidamos) supone vida para Sampedro volviendo así los ojos a la tradición literaria hispánica. El río conducirá a los hombres a lo largo del camino de la vida, erigiéndose como símbolo de la misma y retomando de este modo la impronta manriqueña.


Tensión entre contrarios


Es frecuente distinguir en la obra de Sampedro la oposición entre contrarios, la tensión vital en busca de equilibrio o la presentación de fuerzas o grupos equidistantes que configurarán un todo.

El ying y el yang en constante fricción, en forma de antítesis o de comparación, pero siempre apoyado en un sistema de carácter binario. De este modo, la oposición entre espacio rural y urbano en La Sonrisa etrusca; el difícil equilibrio en la androginia de El amante lesbiano; el binomio entre los espacios reales, escrupulosamente descritos en El río que nos lleva y las atmósferas míticas y ensoñadas, descritas gracias a una prosa lírica de extremada belleza y evocadora de la más pura tradición literaria. Tensión y equilibrio entre realidad fidedigna y ensoñación mítica, tintes diluidos entre vida y onirismo. La solemnidad del destino de la maderada, Aranjuez, frente al telurismo y austeridad de las tierras que va encontrando a lo largo de su recorrido.

Del mismo modo, se oponen el grupo de actantes que cobran vida en El río que nos lleva. El grupo frente al individuo; la maderada frente a los personajes autóctonos que ésta descubre a su paso por las poblaciones manchegas; el hombre frente a la mujer; el extranjero, Shannon, punto de vista crítico en tanto que ajeno a esa España que descubre y a la que acaba asimilándose tras redescubrir en el grupo la esencia y la autenticidad del hombre ligado a la naturaleza, frente al español y, en el punto de equilibrio, la figura de El Americano: español que ha vivido en el extranjero y que aúna en sí mismo el cosmopolitismo que entraña el viaje (interno y externo) a un temperamento innato de profunda raigambre hispana. Hombre de frontera, El Americano se convertirá en el elemento mítico y místico de la obra, en fuerza latente, atemporal, proyectada hacia un pasado y un futuro que le parecen tan propios como ajenos.

El tratamiento del tiempo será otro de los aspectos fundamentales de la obra, susceptible, por tanto, de ser estudiado en mayor profundidad. No obstante, señalar que el juego mediante la prolepsis otorga a la narración pinceladas fantástico-míticas que, junto al elemento telúrico, nos lleva a identificar en ella ecos del Realismo mágico latinoamericano.


Las dos Españas


Pero los personajes descritos en conjunto no se limitan a los gancheros. Con la llegada de la maderada a la población de Sotondo aparece todo un abanico de personajes que cobrarán una relevancia trascendental para el desarrollo de la acción. En el seno de la sociedad del pueblo vuelve a aparecer el recurso de la antítesis, esta vez como fiel reflejo de la realidad social de la España profunda en el periodo: el tema de las dos Españas, la del yugo caciquista y la formada por la gran masa popular, mísera y analfabeta o lo que don Miguel de Unamuno dio en llamar Historia e Intra-historia con el fin de dignificar esta última: Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos (...)Esa vida intra-histórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras. (En En torno al casticismo, Alianza Editorial, pp.33, 34); la España de los vencedores y la de los vencidos.

El tema social es uno de los principales puntos críticos en la obra de Sampedro, sensibilizado como pocos por el hecho de la pobreza y de la carencia de libertad. Por este motivo recurrirá a imágenes que resultarán incluso patéticas para describir esa doble naturaleza de la España rural: cada cual a su casa. Dispersados, atomizados por las paredes que los aislaban en su individualidad. A la celda donde rumiaban pitanza y pensamiento, deudas y rencillas vecinales. Donde nacían, se afanaban, engendraban y morían.

La descripción de la existencia de los lugareños nos recuerda al enjambre de hormigas: nacer, quemar existencia, reproducirse, morir. Deprecación descriptiva para señalar la insignificancia de sus vidas junto a la total anulación de la voluntad y de la capacidad de determinación por parte del cacique.

Tan sólo tras la ocasión del mitin arengado por uno de los gancheros la población parece reaccionar. El triunfo, el éxtasis de la victoria sobre la injusticia dura apenas unos instantes. A éste le sigue la derrota más absoluta: “no eran nada” (pág.260). Lo contundente de la sentencia nos devuelve de nuevo al plano de la realidad social, desligados ya del anhelo de justicia, fundamentada en una ideología de corte rousseauniano, para la que la colaboración y la solidaridad del grupo, así como su conciencia de clase suponen el motor fundamental del cambio. Por un segundo, los habitantes de Sotondo serán luces de colores erguidas hacia el infinito en busca de un estallido multicolor, pero que colisionarán de pronto con la desesperante inmensidad de la nada. No obstante, la esperanza, abierta ya en la mente de los labradores, quedará para siempre en su imaginario. De ahí que el autor escoja a ocho hombres para rodear el cadáver del perro de Benigno, el cacique, muerto a manos de la ganchería y símbolo de la hegemonía de su amo. También los ocho hombres supondrán un símbolo, metonimia de un pueblo y de una clase, entre los que se encuentra un joven meditabundo; esperanza e ilusión abiertas hacia el futuro. Tenía que haber aquellos ocho hombres que conservaran memoria, que recordasen la muerte de la más terrible fuerza, que recordasen incluso lo fácil que había sido. Y aun sin saber que estaban allí como testigos, miraban; y aunque tenían miedo de hablar, miraban (...) Y mientras ocho hombres asustados fuesen depositarios de aquella revelación, el poder de Benigno padecería una grieta que antes no tenía (...) Significaba la esperanza al menos de otro futuro para los míseros habitantes de Sotondo.

Otro grupo de personajes que responden al tema social son los obreros del embalse de Entrepeñas, símbolo y realidad al tiempo de una España en contrapunto a sí misma. La descripción de los obreros y de sus tareas resulta agónica para el lector, en un primer momento. A simple vista parece producirse una simbiosis entre el hombre y la máquina, pero lo cierto es que ésta supera, domina, aturde y aliena al individuo. Nos encontramos ante el ideario sampedriano que postula el telurismo originario del hombre y teme el progreso desmesurado, la globalización económica y la deshumanización del individuo ( leer al respecto su ensayo El mercado y la globalización, Barcelona, Destinolibro, 2002). Conforme avanza la descripción, ésta va tomando tintes de excepcional lirismo, técnica mediante la cual Sampedro exalta la clase obrera. No obstante, se encarga de destacar a otro de sus personajes tipo: el líder de la cuadrilla, sindicalista de talante altanero y belicoso a quien el lector conocerá gracias a su propia voz. Además, si no le pegas a alguien, ¿Qué hacemos aquí? ¡Si hubiera mujeres! (...) (Pág.346). El autor consigue tomar distancia eludiendo la descripción y así nos presenta a un personaje rudo y primario al igual que los gancheros, aunque corrompido por el contacto con el progreso.

Por último, en la obra se presenta otro grupo de actantes contrapuestos a los gancheros. Se trata de cuatro jóvenes estudiantes de la ciudad. La caracterización de ambos grupos nos ofrece una panorámica de dos esferas sociales diametralmente opuestas, alejadas en el tiempo, además de estarlo en el espacio. Para plasmar el contraste, Sampedro recurrirá asimismo a diferentes registros lingüísticos. Nada tendrá en común la jerga juvenil de los estudiantes con el registro empleado por Shannon, profesor universitario e intelectual, o con el de los gancheros, rudos hombres del monte con escasa formación; también resultará divergente el registro empleado por los habitantes de la ribera del Tajo, coloquial y marcado por una filosofía de corte gnómico.

Las diferencias entre los grupos, espaciales, culturales, sociales y generacionales vislumbran el abanico social de la España de posguerra. Una España antitética de sí misma, escindida por la fisura de la distancia, del odio y de la violencia, del desconocimiento y del miedo al conocimiento, propio y ajeno; de la lucha diaria por la supervivencia y de la nostalgia por lo que no fue. Y presente a lo largo de toda la novela, como perenne grieta abierta en la roca esculpida por Sampedro, el río Tajo, flujo vital, testigo mudo de ambas orillas.


Naturaleza solidaria


La oposición mundo rural - mundo urbano tan tópica en la obra de Sampedro vuelve a aparecer en esta novela con toda su carga reflexiva. Por un lado, la oposición de los pueblitos de la meseta castellana a la regia solemnidad de Aranjuez, como ya se apuntó anteriormente; por otro, la de éstos con la naturaleza viva de la cuenca fluvial.

También el carácter de los personajes se asimilará a su entorno. La pasividad y el sosiego del habitante de la ribera del río se yuxtapone al temperamento inquieto e impulsivo de quien no tiene más arraigo que el de su propio fuero interno, máxime, el del grupo, microcosmos al cual pertenece.

Pero la lectura nos lleva aún más allá. A menudo el entorno natural se solidarizará con el estado anímico de los actantes o tal vez sean éstos quienes, en calidad de elemento de la naturaleza, asimilen los atributos que le son propios, a modo de hipálage lírica.

La dureza de estos hombres de la maderada, tan estrechamente vinculados a su medio, impacta en el intelectual que es Shannon. Son personajes auténticos, primarios, conscientes de su propia identidad e idiosincrasia, fieles a sus más profundos instintos y motivaciones. Ese carácter telúrico, digno, noble en esencia, conduce al lector hacia la imagen del ser romántico, aferrado a la Naturaleza más salvaje como fuente y reflejo de una vida marcada por su propia existencia. Eran fieles hijos de la tierra, recién salidos de ella, unidos aún por un cordón a sus entrañas, opina Shannon (pág.278 en la edición de Cátedra). Cada uno de estos hombres tiene algo de proscrito y el monte es su hábitat natural. Se trata de seres en pleno desarrollo de su impulso vital y los acontecimientos meteorológicos afectan en gran medida su ánimo. Con la llegada de la primavera se produce la eclosión total de la vida, la cual se desborda en el campo, espacio en conexión con el estado anímico de los hombres naturales. Sí, era la primavera, pensó Shannon. Desasosegaba a los hombres aquellos de palo y adobe aún después de dormidos y rendidos de fatiga (pág. 236). Para el irlandés se produce la total asimilación entre gancheros y tierra. La imagen lo indica claramente; con palos y adobe se construyen los cimientos de las antiguas edificaciones, creando una masa compacta, rústica, natural, inamovible...

Naturaleza violenta, salvaje y agresiva, dulce y cálida según el momento será descrita por Sampedro, quien utilizará con total maestría a lo largo de la narración gran número de figuras estilísticas para conseguir la simbiosis del hombre y la naturaleza, de lo tangible del espacio y lo inefable del espíritu gracias a una prosa de marcada belleza lírica.


Un punto de vista crítico: Shannon


Shannon, un soldado irlandés que detendrá en España su vuelta a casa tras la segunda guerra mundial, será el punto de vista desde el que se planteará la novela. A través de un narrador limitado al personaje se observará la realidad de esa España a la que hacíamos alusión, con perspectiva, objetividad y distancia crítica. Shannon supondrá la nota discordante en el seno del grupo de gancheros a los que se unirá en su particular huida (del horror de la guerra, del remordimiento, del pasado y del futuro; de la conciencia del propio yo).

En él se reconoce al intelectual. Hombre cultivado en oposición a los primigenios hombres de la maderada, será capaz de adaptarse al medio con la humildad de quien se sabe en constante aprendizaje. Por ello trata de aprender y aprehender parte de la vitalidad y la dignidad que aquellos le sugieren.

La oposición por tanto será de doble naturaleza: español, extranjero; rústico, intelectual. (es importante remarcar que la novela se sustenta básicamente en dos recursos literarios: la comparación y la antítesis). Mediante la contraposición, Sampedro crea la distancia indispensable para conseguir el punto de vista crítico y reviste al personaje de características, así como lo dota de experiencias, que resultan familiares al propio autor. No es por ello descabellado identificar en Shannon a un alter ego de José Luis Sampedro, hombre que, como recuerda Gloria Palacios en su entrevista, ha dedicado su trayectoria y devenir humanos a la búsqueda de la substancialidad, la autenticidad y la dignidad humanas. Del mismo modo, Shannon reflexionará, no sólo sobre una realidad social concreta que irá descubriendo a lo largo de la obra, sino también sobre el hombre y su mundo, sobre la profunda esencia de las pasiones, sobre la búsqueda del yo interno y de su potencialidad, sobre el tiempo...

El irlandés tendrá una misión literaria dentro de la obra, al igual que la tendrá como personaje para consigo mismo y ésta no será otra que la búsqueda de esa dignidad, como él mismo se encarga de señalar: Por eso lo que quiero respirar para salvarme es la dignidad humana (Pág.167)

El personaje se desarrollará por tanto en un triple plano. En primer lugar, como personaje antitético al mundo que le rodea, rural, ancestral, supersticioso... Shannon se dio cuenta de que le tenían poco menos que por un loco y de que todo aquello les parecía una herejía, una barbaridad antihumana, algo como la violación de cadáveres. (Pág. 414) En segundo lugar como hombre en busca de la realización personal que supone la consecución de un Yo y, por último, como ser humano en comunión con aquellos que participan de su mismo talante.

Shannon representa la cultura, la civilización y el progreso, frente al temperamento innato de la España más profunda y por ello resultará sospechoso a un grupo de Guardia Civiles (brazo opresor durante la dictadura franquista) que lo confundirá con un excombatiente de las Brigadas Internacionales, fugitivo tras la contienda y refugiado en las montañas a modo de maquis revolucionario. Sin embargo, el irlandés seguirá otro tipo de conquista. Su búsqueda se cernirá en torno a la esperanza que dote de un sentido sustancial a su vida y que durante buena parte de la andadura confundirá con el amor. Pero sólo cuando haya salvado a un joven muchacho de la maderada de la muerte por ahogo en el río se convertirá en salvador, en héroe para los gancheros, en un ganchero más para el jefe de la cuadrilla y en un ser realizado por fin para sí mismo. El ser humano atormentado por el irracional fenómeno de la guerra en la que ha debido tomar parte alcanza así la esperanza de la salvación, a modo de héroe épico que, alejado de su sociedad, se adentra en el bosque, vive la aventura, vislumbra la maravilla y ve el rostro de la muerte, asumiendo de esta manera su identidad mediante el rito iniciático, al tiempo que salva a su sociedad. La universalidad del concepto es descrita a través de una concatenación de metáforas de singular belleza que confieren al pasaje una emotividad impactante, de corte impresionista:

Al principio Shannon había llevado la cuenta [de los latidos del niño rescatado de las aguas] con su reloj -el reloj impermeable de Sulmona también -, pero ahora seguía el ritmo inefable: el dolor de la sangre en su propia herida. Ahora toda la pierna le latía a golpetazos formidables, como si el corazón suyo, buen general del cuerpo, se le hubiese trasladado al punto del peligro. Y aquel ritmo, aquel reloj biológico, aquel golpetear del eco universal en el cuerpo humano, era el árbitro de la vida del chiquillo. (Pág. 415)

Para alcanzar ese estadio de hombre auténtico ha sido necesario superar la prueba del ritual primitivo que nos hace ser nosotros mismos, el contacto con el dolor como rito ancestral que nos une a nuestros orígenes. Esta idea nos remite al elemento mágico (de tanto influjo sobre Sampedro), a la magia que encarna el hombre tan sólo por serlo. Sentía subir en torno, como una marea mágica, todo el respeto de los primitivos [los gancheros] por lo que está escrito... (Pág. 416) Él mismo se sabe y se siente un Prometeo en lucha por el juego de la vida ante el dios de la muerte y el del fanatismo popular. Él, solamente él, es quien para esos hombres, eleva al individuo a la categoría divina, pues libera del peso traumático y definitivo de la muerte. Supone la vida y el triunfo sobre el oscurantismo del fanatismo popular. La apoteosis del héroe adquiere tintes sacralizadores y será precisamente ese cambio y afirmación del hombre el hecho que consolidará el desenlace del corpus textual.

Shannon ya no se entenderá únicamente como la visión crítica de una España anquilosada, sino que representará al hombre universal, al ser desarrollado y completo, realizado por representar al tiempo lo primitivo, lo ancestral y telúrico, lo intelectivo y racional. La paradoja y la antítesis de cuanto es sublimemente humano.


¿Por qué una cosmogonía?


Tras cuatrocientas setenta y ocho páginas de descenso por las aguas del Tajo en compañía de los hombres de la maderada, de los montes y pueblecillos de la geografía castellana y de la fluida prosa lírica del autor, hemos sido capaces de adentrarnos (gracias al recurso descriptivo) en todo un mundo de profundo análisis vital, substancial e incluso psicológico de los personajes “hallados” en nuestro viaje como lectores.

Embaucados por la bellaza narrativa de Sampedro y arrastrados por la sensualidad de ese cosmos creado in expresso en esta obra se nos presenta todo un panorama social, compuesto por personajes, en ocasiones extraídos de la realidad más cotidiana; en otras, de las vivencias más auténticas, íntimas y profundas del autor; y finalmente, otro tipo de actantes que se erigen como símbolos a desentrañar por parte del lector.

Lo realmente cierto es que en El río que nos lleva la trivialidad no tiene cabida. Cada uno de los hombres y mujeres descritos en el texto, bien a través de la prosopografía, la etopeya, el punto de vista crítico de otros personajes o de sus propias acciones y conversaciones, tiene una carga social y universal, en definitiva, de análisis y de crítica.

Poco a poco el lector toma contacto con cada uno de ellos, los conoce, los escucha, los interpreta... Finalmente, bien los respeta o los denosta. Pero todos ellos adquieren fuerza y substancialidad en un determinado momento del desarrollo de la historia.

La novela arranca de dos citas seleccionadas por el autor. En una de ellas, N. Kazantzakis dice: Todos los hombres, durante un minuto, son Dios. Durante un determinado punto de la historia narrada cada hombre de la maderada es auténtico y cobra relevancia respecto al resto, pues desarrolla su yo potencial para dar lugar al realizado, al digno, siempre gracias a un libre albedrío inherente a toda elección.

Por ello, aunque no todos los personajes que aparecen en el texto son dignos, no puede hablarse de seres insignificantes, aunque aparezcan de modo fugaz. El río es como “el río de la vida” acuñado por la impronta manriqueña por el que todos vamos pasando para conocer a diferentes personajes que nos descubrirán sus vidas, sus miedos, sus deseos y pasiones, sus historias tan literarias como vitales. Unos mejores, otros no tanto, aunque todos ellos llevados por las aguas de la Naturaleza y de la Vida, llenas de acantilados y de zonas abruptas. Los personajes de la obra formarán un crisol de voces y formas sostenidos en un pulso constante entre el ying y el yang de una filosofía oriental que, recordamos, sustenta los fundamentos ontológicos del autor. Y en el centro del río, como extraño tronco, Shannon. Un ser en ciernes que dota a la vida de esperanza, esa que nos deja abierto el final.

Nada sabemos sobre el futuro de nuestros nuevos compañeros de viaje, pero lo intuimos, si acaso lo sospechamos. Son libres para desempeñar su propio futuro (el autor no los condena), pero, libremente, caminarán por la senda que les va marcando el destino, su destino, el Destino de todo hombre, directamente hacia el mar.


José Luis Sanpedro (1917)

Nace en Barcelona, aunque es en Tánger donde reside durante toda su infancia. De familia conservadora, decide tomar parte en el bando nacional durante la Guerra Civil española, del cual se desengañará años más tarde. En 1940 consigue la plaza de funcionario de Aduanas y poco después comenzará sus estudios de Ciencias Económicas en Madrid. En 1948 entra a trabajar para el Banco de España, donde colaborará como asesor hasta el año 1969, llegando a alcanzar el puesto de Subdirector General, labor que simultanea con la cátedra de Estructura Económica hasta el mismo año. Crítico con la política del país y la situación universitaria española, decide ejercer su labor docente fuera de territorio español, de donde regresa en 1971, año en que vuelve a trabajar para el Ministerio de Hacienda. José Luis Sampedro compaginará su tarea de economista con la de escritor y la escritura será para él, según sus propias palabras, una tabla de náufrago para la vida. A pesar de cultivar todos los géneros, es en la novela donde alcanza un éxito considerable. Sus principales novelas serán: El río que nos lleva (1961), Octubre, octubre (1981), La sonrisa etrusca (1985), La vieja sirena (1990), Real sitio (1993), El amante lesbiano (2000), junto a otras obras de carácter divulgativo o técnico económico. En 1977 es designado Senador en las primeras cortes democráticas y en 1990 se inviste miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Hoy, lidera desde su pluma posturas antiglobalización y en defensa de la libertad y la ayuda a los más necesitados.



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