Víctor Montoya, "El escarabajo".

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Yo era Gregorio Samsa, el atormentado protagonista de La metamorfosis. Estaba tendido sobre mi duro y ovalado caparazón. Emitía ruidos extraños y mis seis patas, recortadas contra el techo, se movían como hebras de lana.

Me volteé con gran esfuerzo sobre mi vientre, caminé hacia el borde de la cama y descendí al piso. Mis patas eran cortas, pero podía desplazarme con rapidez de un extremo a otro. Avancé por debajo de la alfombra y trepé por la pared hasta alcanzar el techo tan alto como el cielo. Allí permanecí quieto y en silencio.

Mi padre abrió la puerta y entró en el cuarto; tenía una cicatriz en la mejilla y un bigotito que me recordaba a Hitler.

—¡Gregorio! ¡Gregorio! —gritó con una voz que me sacudió entero. Revolvió las frazadas de la cama, se volvió y se fue.

Permanecí callado. Lo miré con infinito desprecio y pensé: El hombre es el verdugo del hombre.

Mi madre asomó su cara por la puerta. Dejó errar la mirada en derredor y desapareció.

Mi hermana no llegó, por cuanto supuse que no me moriría de pena sino de hambre.

Los minutos se hicieron largos y el espacio cada vez más inconmensurable, mientras la oscura historia de mi infancia, de la que apenas guardo memoria, se confundía con el murmullo de voces arrastrándose desde la habitación contigua y con el zumbido de las polillas que revoloteaban alrededor de la lámpara, muy cerquita de mis ojos. Al final, cansado ya de mantenerme quieto, mirando los objetos desde una perspectiva aérea, pensé: Si es fácil quitarle la vida a un bicho, entonces es más fácil todavía que él se la quite a sí mismo.

Me desprendí del techo y me dejé caer en el vacío. Pero la caída fue tan lenta, tan suave, que llegué a la cama como una pluma. Fue entonces cuando desperté y me dije: Qué raro. Todo es un sueño. No soy Samsa ni Kafka, sino apenas un escarabajo que cuenta lo que por sí no pasa.




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