Valeria Zurano, "Las damas juegan ajedrez".

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Valeria Zurano


A Laura,
Mónica, Ángeles
y C. C.



...jamás elegiría estar nuevamente en el centro del deseo:
también así se puede terminar destrozado.
Alicia Plante




Es noche. Siempre es noche. Acá y más allá. Te pierdo mientras en el preámbulo nocturno las damas juegan ajedrez. Vas en algunos trucos de esos juegos. Te sorprendés en el fulgor de la trampa, en el deslumbre de las jugadas. Es noche, y te pierdo. Porque soy tan vieja en la mañana. Porque me ahogo en esa bruma que insisto y justifico. Las damas juegan ajedrez. No hay reglas. No habrá forma de abandonar ese juego y salir ilesa. Te pensás en ciertas tácticas que planeás por las tardes cuando nadie te nombra, cuando estás ausente de vos misma. Te pierdo y siempre es noche. Las finas manos pintadas apuestan los cuerpos se inclinan el deseo mueve los peones la vanidad mueve las torres. Cuidate de las trampas. Pierdo porque mi juego es otro. Por eso te pierdo.














La noche en el disfraz de la noche. Los cuerpos en el ardor nocturno. Un abrazo. Solamente un abrazo. Y la gran mentira de ir y venir, de cruzar y seguir por apenas unas migajas de amor desalmado. Saliste a buscar. Te encomendaste a los artilugios feroces del remordimiento. Te arrojaste a lo sin nombre, a los fantasmas, al tortuoso engaño de seguir sin lugar, sabiendo que en realidad, los lugares no te contienen; te condicionan, te desgastan. Un abrazo. Solamente un abrazo. La certeza de tu boca. El sinsabor de tus labios. No te vayas. No escapes al destino. Tu destino es la ambivalencia de mi alma, la dualidad de mis brazos, la sombra cruel que me prolonga, mi cuerpo sucumbiendo día a día. No te vayas. Un abrazo. Solamente un abrazo. No escapes a mis deseos de triturarte.











No podemos cortar estas sogas y nos amarran. Estas sogas nos delatan. Estos nudos que nos tienen enroscadas a las sienes de alguien que se apodera de la pasión y nos deja tirante en el deseo. No puedo abandonar los nudos de la boca. No puedo dejarme caer de las cintas tirantes de los brazos. Esos brazos que nos unen y en las mañanas se estiran hasta cortarse y por eso los nudos. Por eso los nudos que nos aprietan del cuello y atraviesan cavidades. No podemos cortar estas sogas. Es mentira la libertad, es un mundo de sogas. Es un universo de hilos que se encuentran y se separan que nos enseña el vértigo cuando la cuerda queda floja que nos ata eternamente a la angustia de una cuerda muerta.











Que nadie lo sepa. Que se hable apenas con el aliento. Que se hable como los niños. Que se hable muy bajo. Que casi no se hable. Que no se hable. Tal vez un murmullo y no sé. Mejor que no se diga nada. Ni siquiera eso. Sí, ni siquiera. Mucho menos eso. Que todo sea un secreto. Un falso secreto que te quite el sueño que te acerque a mi incertidumbre a ese lugar sagrado desde donde te espío. En puntas de pie te observo por la cerradura. Vas y venís con el paso angosto de una pared a la otra, se te enreda el pelo en los nervios, se te escapan las voces en silencio. Si vas a decirlo. Si vas a escapar por esas rendijas donde comienzan los motivos que justifican mis días. Que sea siempre en voz baja. Como un susurro de muerte. Como el estertor de los muertos. Que mañana todo continúe como si nada. Que aprendas a callar como a mí me enseñaron. Que apenas me pronuncies que apenas me divagues que me dejes ahí en el lugar oscuro donde tejo la historia que nunca se sabrá. Que dejes manejar los hilos de ese imperio meticuloso de los sordos. Que nadie lo sepa. Que todo se calle. No digas nada. No me cites en tu discurso cotidiano. Apretame en la furia de tus dientes. Guardame en la respiración que te está ahogando. Tal vez un murmullo. Pero debajo de las sábanas. La tortura que alimenta mi deseo. La forma en que callas. Que comprendas el poder de tus labios.











No traigas caracoles, que muero de tristeza. No quiero caracoles, si no recuerdo tus ojos, si se me olvidan tus besos. Dejá que duerma en los fondos de tus mares ni tan azules ni tan transparentes, que me recueste en las costas con el cuerpo deshecho en areniscas con las manos hacia el cielo y las pupilas desveladas y la sal en los labios. Para qué caracoles. No quiero caracoles. Quiero dejar de padecer las despedidas, tu sonrisa haciendo equilibrio en el borde de mi llanto, esa frívola voz que no parece tuya que parece ajena a las canciones. No quiero caracoles. No traigas caracoles. Si te vas como si nada. Y pretendés ahogarme en esos turbulentos mares contradictorios de olas que siempre golpean en los muros de mis orillas. No traigas caracoles. No los quiero. Traé nuestro deseo dormido desde una playa en el atlántico. Traé las huellas de tus pasos regresando. No me regales caracoles, que muero de tristeza. Regalame las noches que ya nos prometimos. Y el abrazo infinito en la mañana perdida. Y aquellos caracoles que te besen las manos. Sólo aquellos caracoles que trepen a tu espalda y te dejen la piel como si fueran besos.











El río de esta ciudad nos lleva un río sin barcos un río oscuro envuelto en tinieblas sin orillas siempre sin orillas un río revuelto sin puentes un río de hojas secas que van hacia cualquier parte como nuestras almas sin vientos sin velas un río de ocasos perdidos del recuerdo infame de evocarlo todo y las profundidades arenosas turbias de vidas que se hundieron en sus fondos en el silencio de este río que nos toca de esta ciudad la ciudad del río el río de ojos que se cierran las corrientes de este río que necesitan cómplices para seguir para inundar la nostalgia los cuerpos que flotan buscando el sol buscando el mar un brazo que nos guíe las manos del mar esperando en la boca callada en la triste boca de este río.




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