Wolfgang Hermann

De La Siega, la enciclopedia libre.

Bailar

Traducción: Amaia Zaballa
Traducción: Laura Macías


Bailaba, pero sin estar ahí. Estaba profundamente encerrada en sí misma. Solo la ligera sonrisa de sus labios mostraba que, allí donde estaba, estaba bien. La camisa blanca de hombre blanca le llegaba hasta las rodillas y debajo llevaba vaqueros. Cuando abría los ojos, la habitación verde se reflejaba en su cansada mirada ligeramente estrábica. Allí todo estaba cansado. Las habitaciones verdes dormían en la penumbra, incluso el humo de los cigarrillos se elevaba sólo un poquito hasta quedarse dormido. Dos, tres muchachas bailaban con movimientos lánguidos y lentos. No bailaban para nadie. Bailar para alguien o con alguien era cosa del pasado. Bailar era un viaje a los colores y tonos de la tierra interior. Un par de caladas a un porro ralentizaban el viaje y llevaban la sonrisa a los labios de los que sabían, pues ellos eran los que sonreían. Qué sabían estaba claro para todos aunque nadie lo entendiera. Saber no tenía nada que ver con pensar ni con el academicismo, eso era un rollo del mundo de los encorbatados, saber era un viaje al misterio del fervor, al Shangri-La interior. Saber no tenía nada que ver con la certeza ni con haber leído mucho. (¿Qué se podía leer aparte de a Castaneda y Kerouac y, quizás, El lobo estepario?) Saber era sumergirse en las frías aguas de la droga, era una una conciencia ampliada, o eso habíamos oído en algún sitio, y lo repetíamos, aunque sabíamos que llegábamos tarde, era ya tarde para todo, el aire estaba fuera, la vida estaba muy lejos, tal vez en la India, donde esperaba la iluminación. Pero aquí, en Bregenz, donde falta el aire, no quedaba otra cosa que hacer que mirar para otro lado, hacia dentro, donde emergía un país diferente. Algunos amigos habían tomado ese camino y habían regresado cambiados de la India, de Kabul y de Nepal, con cierto brillo en la cara, un resplandor que los hacía tan diferentes. Ya no encajaban aquí, parecían Gandhi en Bregenz, la gente los miraba con recelo. Un par de ellos fundaron la colonia Hogar de la luz en las montañas, en un viejo refugio escondido. Allí pasaban las horas iluminados, sentados al sol, rodeados por el cencerreo de las vacas en los prados de verano, bebían chai, tocaban el sitar, eran indios, hablaban de las vedas, repetían aquello que conocían de oídas, en algún lado tenían el Baghavadgita, ninguno se atrevía a admitir que el cúmulo de batallas de ese libro de los miles de ejércitos y sus héroes le resultaba extraño, y es que pacifistas eran todos, objetores de conciencia convencidos y, sin embargo, el «haz el amor y no la guerra» lo habían dejado atrás, estaban en otro sitio, esto era la India en los montes de Vorarlberg. Un perro dorado yacía con los ojos entrecerrados bajo el sol veraniego de los Alpes, lamía las plantas de los pies de una chica vestida con un sari en cuyo rostro se vislumbraba la luz de aquel otro país situado en el extremo opuesto de la Tierra. Solo estaban aquí por poco tiempo, el lapso entre porro y porro se hacía cada vez más corto y, cuando terminaba el verano, bajaban de la montaña y trabajaban de carteros, guardas nocturnos, acomodadores. Ese poco dinero les llegaba para pasar el invierno en la India, hachís de la mejor calidad lejos de la monotonía del valle del Rin con sus ignorantes y laboriosos campesinillos.


Bailaba, pero sin estar ahí. Ninguno de nosotros estaba ahí y, sin embargo, habitábamos juntos un país un país que surgía de los nombres mágicos de las carátulas de los vinilos. Pero también había que acabar con el disfrute de la música, y acabábamos con él cuando liábamos un porro o nos tomábamos un tripi que nos absorbían la vida del cuerpo durante muchas horas.

Todos bailábamos como si no estuviéramos ahí. Nuestros cuerpos se movían todo lo que nos permitían las camisas de hombre que nos llegaban hasta las rodillas. No podíamos ser jóvenes y llenos de vida, teníamos que estar cansados y ser viejos. Casi no bailábamos, era más bien un estar de pie al ritmo de la música. Cuando Patti Smith cantaba su Gloria, la pista de baile se llenaba. En las bocas de las chicas se reflejaba la aparente felicidad por apartarse de la vida. Incluso los chicos, normalmente tan envarados e inmóviles, se balanceaban de algún modo siguiendo el ritmo. ¡Gloria! Quería salir de nosotros, quería gritar, estaba dentro de nosotros, la vida, todavía no nos habíamos pinchado, fumado, bebido lo suficiente para acabar con ella. Estaba ahí, en nuestro interior, ¡ahora! ¡gloria! Nunca había habido tanta vida en aquellas largas camisas.

Estaba aquí, ahora, en esta habitación verde afligida por la luz polvorienta. Pero la habitación no la afectaba, abrió los ojos y todo se iluminó a nuestro alrededor. Se llamaba Uschi, su cabello brillaba, no, irradiaba luz, algo jugaba en su boca, teníamos que mirarla y brillaba con aún más fuerza. Su cuerpo se zafó del corsé de los pasos pequeños, sus brazos se extendieron, su cabello cogió vuelo. Se mostró la fuerza que se escondía en su interior, la belleza de esa fuerza. Arrastró a los demás consigo, la cansada habitación verde comenzó a vibrar, éramos jóvenes, el mundo exterior era una jungla en la que acechaba el mal, pero ahora éramos jóvenes e incluso las drogas que corrían por nuestras venas nos hacían libres, ahora, ¡gloria!


* Relato perteneciente a la colección Rock Stories, Ed. Thomas Kraft, Langen-Müller, Múnich, 2009.




© Wolfgang Hermann (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Austriacís(si)mo: 34 autores austriacos de post-guerra.