Yasunari Kawabata, "País de Nieve."

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Luis M. Hermoza


Yasunari Kawabata
País de Nieve
Emecé, 168 pp.


Portada del libro.
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Portada del libro.

Shimamura es un acomodado empresario de Tokio que pasa ciertas temporadas lejos de la ciudad y su familia en estadías que entiende como etapas de búsqueda interior. Es un hombre vacío, incapaz de demostrar sus sentimientos y que se despoja a sí mismo de emociones intensas. Su fortuna y empresa fueron heredadas, por lo que tampoco tuvo nunca preocupaciones de primera necesidad ni que lidiar con los problemas que aquejan al común de la gente. Vendría a ser para muchos un afortunado que puede darse el lujo de gastar su tiempo en el ocio de la contemplación o en los placeres aburguesados.

Al empezar la novela, Shimamura viaja en tren en dirección al País de Nieve, la zona oeste de Japón, quizá el lugar donde cae más nieve del mundo. Vuelve siguiendo el recuerdo de una jovencita, de nombre Komako, que conoció anteriormente en su estancia en una estación termal. La casualidad quiso que la aprendiz de geisha prestara su inexperiencia a los servicios de Shimamura y que en estas circunstancias ambos quedaran impresionados. El País de Nieve, nos es presentado, pues, por la mirada distante de este capitalino que, pese a su decidida introducción a admirar la exhuberancia limpia y el exotismo que ofrece aquel paraje tan distinto a la ciudad, no deja de hacerlo con timidez, simple curiosidad y atento a no adentrarse demasiado, como un turista convencido.

El carácter voyerista de nuestro protagonista queda resaltado en las primeras páginas de la novela en las que observa a través de reflejo de la ventana del tren a otra joven de sorprendente belleza, la perturbadora Yoko, que posteriormente descubriremos como compañera de trabajo de Komako. El autor nos entrega así el trasfondo de su novela, nos revela su exaltación por la belleza de la vida y cultura rural japonesa que es una constante en su obra.

La historia de amor se divide en tres partes: la primera, conformada por los recuerdos que vienen a Shimamura de su primera estancia en la estación termal cuando conoce a la entonces aprendiz de geisha, Komako; la segunda que narra el regreso de Shimamura al País de Nieve en donde encuentra a una Komako recién iniciada en el oficio de geisha; y la tercera, que cuenta la tercera visita de nuestro protagonista a la región cuando ya Komako es toda una profesional.

Al contrario de Komako, que evoluciona y crece a lo largo de la novela, deja de ser la niña ingenua para convertirse en una joven responsable con aspiraciones y sueños maduros, Shimamura será el mismo personaje inmutable, auto-convencido de su estancamiento, frustrante, que únicamente se permite la sorpresa ante el cambio que progresivamente observa en Komako, rasgos que le impedirán interpretar sus sentimientos y desatar su amor. Por su parte, la joven geisha no sólo cambia para sí misma, también la mirada con la que percibe a su amigo y visitante muda de una primera llena de ilusión e incomprensión para convertirse a otra más bien resignada. Descubre, a lo largo de la novela, que su amigo sólo tendrá para ella señales ambiguas, al punto de que llega a no esperar nada más de él que una confusa amistad que acepta con limpieza campesina. Shimamura andará vacilante entre el amor de y hacia Komako, la conmovedora tanto por bella como por agreste naturaleza de la zona, y su vida en la ciudad de la que siempre escapa. Se convierte en el típico personaje que visita la zona: citadino que huye siempre del campo y la ciudad y que a ninguno de los dos se entrega.

En la tercera parte de la historia, Yoko pide a nuestro protagonista que la saque del pueblo, que la lleve a la ciudad, que la ayude, cosa que, desde luego, no hará nuestro personaje. Es ella la única que pone en claro sus sentimientos en esta historia y, por eso mismo, se convertirá en una mártir con desenlace trágico.

Yasunari Kawabata con País de Nieve nos transmite su nostalgia hacia la cultura y el estilo de vida simple y tradicional de las zonas rurales del Japón que, advierte, se abren peligrosamente hacia el mundo urbano y citadino. Es también una exaltación a la belleza de la zona sometida a los avatares y evoluciones naturales que viven los animales, las plantas de la región y sus habitantes mismos que tienen que estar a la altura de la naturaleza, cuyas duras alteraciones los preparan, de la misma manera, para aceptar tranquilamente sus cambios interiores, sus sentimientos y emociones. Deja muy mal parado a Shimamura quien por momentos se torna insoportable.




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