Yasunari Kawabata, En el lago

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Por Carlos Castro Sajami



Kawabata, Yasunari
En el lago
Buenos Aires: Emecé, 2009.



Este año los seguidores de la obra del escritor japonés Yasunari Kawabata reciben la onceava traducción entregada por Emecé Editores: En el lago. Esta es realizada por Amalia Sato (también traductora de El sonido de la montaña e Historias en la palma de la mano), la cual recoge de forma pertinente el susurrante y sugestivo estilo, lleno de imágenes que juegan con los sonidos, olores, colores en vía sinestésica, del premio Nobel de 1968.

La novela busca una estructura que se diluya entre las distintas tramas, múltiples imágenes y sucesivas asociaciones que van conformando el relato. Kawabata no utiliza una división por capítulos, sino presenta una narración fragmentada que apenas le permite al lector percatarse de que una nueva historia o el retorno a un recuerdo dejado páginas atrás ha sido insertado en la narración. Sin embargo, la presencia de una no-forma es un modo de forma en la novela; por ello, debajo de las sensaciones difusas y no estables que van abriendo las acciones existe una relación entre los personajes que desfilan en la novela. Tal ambición experimental guarda semejanza con el protagonista Gimpei Momoi, ya que este parte desde el vacío o punto cero (no sabemos de dónde llega o a dónde se dirige) hacia una búsqueda que configura el texto, multiplicada por la memoria, escenarios, olores y sonidos reforzados todos por sucesivos saltos temporales.

El andar es provocado por el seguimiento de bellas jóvenes por diversas calles de algunas ciudades japonesas. La perversión es la primera sensación ante un perseguidor grotesco detrás de una bella adolescente. La distancia de Gimpei frente a aquellos ideales seres que el azar le depara y su vergüenza continua se hacen tangibles por sus deformes pies: “¿Cuántas veces en su juventud había dicho diferentes mentiras a causa de sus feos pies? Pero no cabía duda de que hasta la piel del empeine era oscura y áspera, y sus arcos arrugados, y de que los largos, torcidos dedos podían doblarse de cualquier forma” (p. 23).

No obstante, la degradación no solo pertenece al protagonista, sino también a las nínfulas por las que Momoi siente un apego que trasciende lo corporal. La comparación cronológica con el tratamiento dado por Nabokov a las Lolitas es válida, pues para ambos las púberes poseen belleza y plena lucidez (hasta la malicia) para generar delirios a los hombres que las rodean. En otros términos, sorprende el hecho de que se saben perseguidas por este singular personaje. En la novela, se encuentran a cuatro niñas-mujeres que marcan al protagonista: Yayoi, prima y compañera de infancia, con quien la figura del lago cobra un sentido inicial; Tamaki Hisako, alumna suya con quien mantuvo una relación que le costó el despido; Miyako Suzuki, amante del viejo Arita y a quien la pérdida de una gran suma de dinero marca el encuentro con Gimpei; y una joven apodada “La Miss del Baño Turco”, la cual le brinda un agradable masaje que es el desencadenante de las tramas (las relaciones con las jóvenes) que componen la novela. Estas jóvenes están rodeadas de un ambiente díscolo y decadente para ellas.

En cuanto a las técnicas utilizadas, el autor suele construir un ambiente difuso, puesto que no hay una objetividad o coherencia lógica para construir y guiar el devenir del discurso narrativo, sino una base sensorial que se acrecienta por los recuerdos, el desarraigo del personaje y los saltos temporales. Todo ello se representa mediante un lenguaje con descripciones poéticas lleno de matices, resonancias y sinestesias: “Semidesnuda contra la ventana, débilmente iluminada por una luz verdosa, la joven de bella piel parecía pertenecer a un mundo plateado. Estaba de pie, con sus pies descalzos sobre el rosa pálido del piso embaldosado. Las piernas eran por cierto juveniles, pero con marcas oscuras en la articulación trasera de las rodillas” (p. 19).

Kawabata intenta mostrar a aquel Japón de posguerra que se encuentra en ruinas y en un punto de búsqueda debido no solo a la destrucción material sino espiritual del hombre. En consecuencia, lo grotesco que rodea a su protagonista y a las vidas de aquellos destellos sublimes con los que se cruza representan el intento por obtener un sentido que dé al hombre el alcance de la belleza, perseguidores desconocidos e inclementes que permiten hacer reconocer a los lectores sus propios angustias y desasosiegos, al inclinarnos ante las páginas: “Vamos a casa, Gin. Las flores reflejadas en el lago de algún modo me asustan” (p. 86).




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