Yo y Carla

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Tanya Sandler


He decidido aceptar la invitación de Carla. Cada vez que me manda un mail me insiste en que vaya a visitarla a Los Ángeles. Ya tiene más de 3 años desde que se fue a trabajar al Bufete de abogados. Según ella vive en Hollywood. Seguramente le ha de ir muy bien y ha de tener una supercasa. No estaría nada mal visitarla.

Ya empaqué y todo. Carla no me supo explicar cómo está el clima por allá. Siempre que le pregunto me dice que allá hace más frío y calor que el que hace acá. Mejor me llevo ropa para toda ocasión.

Dallas es horrible. Me tardé media hora en dar con mi sala de conexión porque a los entupidos tejanos no se les entiende nada. Qué bueno que Carla no vive aquí.

Tengo muchas ganas de conocer Los Ángeles, digo, estaría mejor conocer Nueva York pero Hollywood no ha de estar nada mal. La verdad me sorprende que Carla terminara ahí, es la amiga más simple que he tenido. Me acuerdo que era la que menos bien me caía de nuestro grupo de amigas de la prepa. De hecho, yo no la tragaba al principio, se me hacía una mosca muerta. Fue Fernanda la que insistió en meterla a nuestro círculo de amigas y, como Fernanda era la del coche, no me quedó de otra más que aceptarla.

Definitivamente Los Ángeles es mucho mejor que Dallas. El aeropuerto es mucho más lindo y a la gente se le entiende cuando habla inglés. ¿Por qué carajos se tarda tanto Carla? ¡Qué falta de respeto que llegue tan tarde por mí!

Después de esperar a Carla por más de una hora, por fin llegó. Según ella, me estuvo esperando en llegadas internacionales. Pero no le creo nada, pues clarito le dije que mi vuelo tenía conexión en Dallas. La verdad, se ve casi igual de simplona que siempre. Su falta de puntualidad casi me quitó toda la emoción que tenía de verla.

Su coche es X, ni feo ni bonito sino como ella; desapercibido. Nos subimos a un Freeway y nos fuimos en chinga hacia Hollywood. Nunca había visto tantos coches de distintas marcas.

Salimos del Freeway a una zona residencial con departamentos y casitas bastante rascuaches. Parecía que estábamos en Villacoapa. De pronto, Carla se paró en frente de una entrada en un edificio y se estacionó. Le pregunté si aquí vivía. Y me dijo que sí. No lo podía creer. La muy infeliz me había mentido, pues claramente esto no era Hollywood. Qué horror, estaba en medio de la nada. Carla me ayudó a bajar mis maletas a un departamentito inmundo con apenas una recámara y un baño. La sala y la cocina eran del tamaño de la cocina de mi mamá. Carla me había atrapado en este lugar inmundo. De haber sabido que era así de horrible donde vivía jamás hubiera programado quedarme por todo un mes.

Cuando ya por fin me acomodé en su departamentito inmundo, busqué por todas partes algo de alcohol para ayudar hacerme a la idea de que ésta sería mi casa por un buen rato. Claro, la aburrida de Carla sólo tenía una maldita botella de vino, y ni siquiera me la ofreció sino que fui yo la que tuvo que sugerir abrirla. Después de la tercera copa logré relajarme un poco y la complací contándole las últimas noticias sobre sus antiguas compañeritas de escuela. Cuando me preguntó por Fernanda fingí demencia, pues ella qué tiene que saber que esa perra dejó de hablarme por bajarle el novio.

Como a las 2 nos fuimos a dormir, Carla se durmió en su cama y a mí me puso en un colchón inflable al lado de su cama. El colchón estaba horrible, y aun con una sábana encima apestaba a plástico corriente.

En la mañana, como a las 11, sonó el teléfono, por la manera insistente y repetitiva supuse que era Carla marcándome. No le contesté hasta alrededor de las 3. Cuando le pedí a Carla que me dijera dónde tenía mota. No pude creer que en realidad sí tuviera algo. De inmediato fui a buscar esa diminuta caja azul donde me dijo que estaba. La encontré y me fumé el medio toque que tenía adentro. Luego me puse a ver la tele en lo que Carla llegaba a casa.

En cuanto llegó Carla estaba toda emocionada e insistía como buena oficinista en salir, pues era viernes. La verdad prefería quedarme viendo tele pacheca.

Al día siguiente Carla ya estaba a punto de llevarme a algún tonto pueblo antes de que la lograra convencer de que mejor me llevara a conocer Hollywood. Ella siguió con sus mentiras diciéndome que estábamos en Hollywood. Pero yo me resistía a creer que esta zona tan fea podía ser Hollywood. Pero comencé a pensar que quizás Carla me estaba diciendo la verdad, porque tras caminar unas 8 cuadras llegamos a Hollywood Boulevard. Ahí estaba ante mí el camino de las estrellas y era tan feo y naco. Carla tenía razón cuando me dijo que era aún más feo que la Zona Rosa. ¡Qué decepción! Pasamos por el Kodak Center, donde celebran los Óscares y era todo muy insignificante. Terminamos desayunando en un restaurante tipo Johnny Rockets.

Tras ver que Hollywood era un fraude, le insistí a Carla que me consiguiera mota.

Esa noche salimos a un antro. Carla andaba tan ansiosa toda esa noche, parecía como si fuera la primera vez que salía en su vida. No sabes cómo me apuró. La muy histérica, hasta se adelantó corriendo cuando caminábamos del coche al antro.

Según Carla ese antro era al que iban los famosos, pero con tan sólo ver el tipo de gentuza que esperaba en la cola de la puerta, supe que, para variar, éste había sido otro de sus desatinos. Ella siempre soñaba con codearse con la high society, pero la pobre siempre terminaba en los lugares más pretenciosos y wannabes. Nada más porque no tenía de otra me aguanté en la cola con ella como 45 minutos esperando para entrar a ese antro de nacos.

Cuando por fin entramos decidí que para aguantar tanta nacada iba a tener que ponerme bien borracha. Una vez logrado mi cometido me puse a bailar con Carla. Como ella no hace nada de ejercicios y no tiene condición física no me aguantó el ritmo y al poco rato ya quería sentarse a tomar aire. Carla es de esas chicas a las cuales parece que nunca les llegó la regla, pues aún tienen cuerpo de niña. Está plana como una tabla. Yo en cambio tengo muchas curvas, aunque tengo que cuidarme pues sino me pongo gorda. En la prepa, le tenía mucha envidia por ser tan flaca, pues yo en aquel entonces estaba pasada de peso. Pero ahora que tengo un régimen de ejercicios, prefiero mil veces tener mi cuerpo voluptuoso aunque me cueste un huevo mantenerlo. Al poco rato confirmé que yo era la más atractiva de las dos, pues cuando se nos acercaron unos chicos árabes a hablarnos fue en mí en quien se fijó el menos feo de los dos.

Dado que Carla me daba una flojera enorme preferí pasar el resto de la noche bailando con el chico árabe este. No recuerdo mucho, sólo recuerdo que era amable y que me invitó dos copas más y me decía que me quería invitar a salir la siguiente noche y que él pasaría por mí. Cuando le quise dar mi número, la miedosa y envidiosa de Carla no me quiso decir su número telefónico porque según ella eso era peligroso. Seguramente se moría de envidia de que yo ligara y ella no.

Cuando salimos del bar, tuve que de plano rogarle a Carla que se parara por algo de comer. Lo único abierto, según Carla, era un lugar de hamburguesas. ¡Carajo! Mañana tendría que hacer mil abdominales para mantener mi figura. Ah, pero con el hambre que traía, la hamburguesa pues me supo a gloria y me la devoré de volada. Se me calló una gotita de Catsup en la blusa y Carla se puso como loca. Manejó a casa sin decir una palabra y, cuando llegamos, lo primero que hizo fue pedirme la blusa y fue a tallarla y lavarla en el baño.

Al día siguiente, terminamos el fin de semana yendo a unos jardines a los que tanto insistió Carla en ir. La verdad yo quería quedarme en casa y hacer ejercicio pero Carla me convenció en que haríamos bastantes ejercicios caminando por los jardines. Estuvieron mucho más bonitos de lo que esperaba. Pero medio día ahí es más que suficiente para cualquiera. Fue, al ver a Carla tranquila y contenta, cuando decidí que era el mejor momento para poner a prueba su confianza. Le sugerí que debía prestarme su nave. Lógicamente me sacó una serie de excusas. ¡Puros pretextos! Lo que ella quería era tenerme bajo su control.

El lunes por fin llegó y pude estar sola de nuevo. Cuando desperté vi una ridícula nota en el refri. ¿A qué mujer de casi 30 años se le ocurre hacer notas con caritas sonrientes?

El martes hice mil abdominales mientras veía tele. Luego lavé mi ropa. Es el colmo que Carla no tenga su propia lavarropa y secadora. Es tan indigno tener que usar las sucias máquinas de su rascuache edificio.

El miércoles, decidí que tenía que ir a comer con Carla en su hora de lunch. Ya estaba harta de sus indirectas. La pobre ha de sentirse tan sola que no le bastaba con tenerme en su casa de rehén, sino que encima quería obligarme a ir a visitarla a su trabajo. Me escribió la ruta a su trabajo con lujo y detalle, y me chocó tener que caminar 5 cuadras para tomar un camión. Ese día cuando fui, le dejé muy en claro a Carla que sería la primera y última vez que iría a su trabajo a buscarla.

Los gatos de Carla me desesperan, comienzan a chillar porque no los dejo entrar al cuarto después de que Carla se larga al trabajo. Los primeros días simplemente los ignoraba cuando chillaban pero pronto me di cuenta de que con darles una patadita se callaban bien rápido. Un día creo me pasé y pateé a uno muy duro. Ahora ya ni si me acercan tan siquiera.

El viernes desde temprano decidí que tenía que hacer algo para hacer más soportable el fin de semana con Carla. Así que me caminé las 8 cuadras a Hollywood en búsqueda de un café Internet. Di con una página de Internet que hablaba de revens subterráneos. Decidí que tenía que estar armada con sugerencias alternativas por si Carla volvía a insistir en salir a otro antro de nacos.

El fin de semana vino y se fue, fuimos a una fiesta subterránea medianamente interesante. El domingo fuimos a un café en una zona bastante linda. Carla estaba de muy buen humor.

El lunes decidí dormir todo el día, me desperté hacia las 4 de la tarde. Quise salir del departamento y me fui a caminar. Caminé un buen rato por Hollywood. Cené en un restaurante vegetariano y, aunque ya era de noche, seguí caminando. Llegué a una tienda enorme de discos y me perdí horas ahí dentro. Compré un buen de discos e hice mi dosis de ejercicio pues cargué mis dos bolsas por 15 cuadras de regreso a casa. Cuando llegué Carla estaba preocupada, pues eran casi las 11. Me dijo que ella hubiera pasado a recogerme. Pero a mí me dio gusto demostrarle que no dependía de ella.

El jueves fuimos a un bar que sugirió Carla y para mi sorpresa no estuvo nada mal, estaba decorado como un salón de belleza de los cincuenta. A decir verdad, la pasamos bastante bien juntas.

El sábado, después de varias semanas, por fin tuve señales de vida de alguna de las amistades que Carla tenía acá. No lo había pensado, pero me di cuenta de lo sola que debía de estar si en las 3 semanas que llevaba ésta era la primera vez que una de sus amistades de aquí hacía contacto con ella. Nos invitaron a una barbecue en una casa.

La casa estaba en una zona aún más fea que donde vivía Carla y había una serie de gringos rodeando una parrilla con jotdogs. Me dieron una güeva impresionante, se la pasaron todo el tiempo hablando en inglés sobre el football americano.

Para desquitarme con Carla por obligarme a ir a esa horrible barbecue, la hice llevarme a otra fiesta que aparecía en la página de Internet. Pero igual me castigué a mí misma porque la fiesta salió bastante mala. Al menos me divertí fumándome un porro con unos chamaquitos ahí.

El domingo la cosa se alegró un poco pues fuimos de shopping. Actividad en la cual tanto Carla y yo podemos disfrutar. Traté de se ser buena amiga y le recomendé a Carla una falda que le quedaba muy bien. Ella me llevó a un centro comercial buenísimo y enorme, pero al poco rato me sacó de ahí y me llevó a una tienda medio fea que según ella tenía la misma ropa pero con mejores precios. La verdad no me gustó nada de ahí y no me compré más que una blusa.

Esa noche cuando conté el dinero que me había traído me di cuenta de que ya me había gastado casi todo. Desde ese momento dejé de gastar dinero y sólo me remitía a salir a caminar.

El martes era el día en que un museo con una exposición de pintores impresionistas no cobraba entrada. Como Hollywood ya me había aburrido, decidí ir hasta Downtown al museo ese. Tomé los camiones como me indicó Carla. Pero el idiota conductor no quiso bajarme cuando me di cuenta de que me pasé y tuve que esperarme hasta la siguiente parada. Cuando por fin pude bajar estaba en una zona horrible, llena de homeless y negros. Después de esa impresión di por fin con el museo.

Hoy pisé accidentalmente a uno de los tontos gatos de Carla. Creo que le di duro pues echó un grito que jamás he oído. Perseguí el gato por la casa para ver si no cojeaba. Le sangró un poco la pata, pero estaba bien.

El resto de la semana estuvo mejor, el jueves Carla me invitó a cenar a un restaurante de putos que tenía bonita decoración y el viernes me invitó de nuevo a ese bar que me había gustado. La verdad estaba muy tentada en pedirle dinero prestado pues los días entre semana, sola, y sin dinero eran bastante aburridos. Por eso ya ni salía, sino me la pasaba en ese departamentito viendo tele, haciendo ejercicio y fumando mota. Pero el orgullo me ganó y más bien le ofrecí pagar lo mío. No sé qué hubiera hecho si Carla me lo hubiera aceptado.

El sábado fuimos a que yo conociera Beverly Hills. Para variar Los Ángeles me volvió a decepcionar. Rodeo Drive era tan sólo una cuadra y no tenía nada que no tuviera Masarik. Me puso de pésimo humor ver mansiones a sabiendas de que yo me había quedado sin un clavo. Me puse tan de malas que ya no quise salir a ningún lado esa noche. Nos quedamos en casa viendo una película y me acabé toda la mota.

El domingo Carla estaba rozagante y con ganas de salir a uno de sus aburridos paseos. Pero yo le dije que sin mota yo no iba a ningún lado. A Carla no le gustó nada la idea de quedarse en casa a esperar al dealer, pues era su último día libre antes de tener que volver a encerrarse en su oficina por 5 días más. Ésa era su triste rutina de trabajo, descansar 2 días y trabajar 5. Yo sé que eso deprime a cualquiera y entendía su ansia por salir y aprovechar el día soleado. Pero si no me conseguía mota yo no tendría nada que hacer toda la semana. Yo había venido a descansar, no a trabajar. Afortunadamente no tardó en llegar el dealer y a las 12 del día ya estaba bien pacheca.

Ese día Carla se salió con la suya y me llevó de paseo a un parque. La verdad estaba de muy mal humor y me encontraba diciéndole a Carla que quería regresar a casa. Pero ella seguía manejando por el parque. Subíamos una especie de loma y, de pronto, paró el coche. Yo ni quería bajarme pero ella insistió. Debo aceptar que Carlita por fin tuvo una buena idea. Me llevó al observatorio donde filmaron esa escena clásica de la película Rebelde sin causa, en la cual Natalie Word y James Dean se besan. Fue el mejor momento del viaje, nos quedamos hasta que obscureció.

El lunes amanecí de muy buen humor, así que decidí salir a correr. Corrí un buen rato y pagué con mi último billete de 20 dólares un capuchino cerca de Hollywood Boulevard. Se me ocurrió en ese instante que podría regresar algunos de los discos que me compré en la tienda de discos, para así contar con algo de lana. No tenía cara para pedirle dinero a Carla, ya de por sí la pobre pagaba todo cada vez que salía con ella. Lo que ella no sabía ni sabrá nunca es que desde hace más de 4 años mi madre no me da ni un centavo para vivir, ni mucho menos mi padre, que nos abandonó cuando estaba en la prepa. No. Todo el dinero que me he ganado ha sido por trabajar de mesera. Antes de que Carla se viniera a trabajar aquí, yo ya trabajaba de mesera, sin jamás decírselo. En realidad no fue nada difícil escondérselo, pues en México casi no nos veíamos. Ella ahora que está acá, sola, le gusta hacer de cuenta de que fuimos mejores amigas, pero ella nunca ha sabido mucho de mí.

El martes traté de ser una buena amiga con Carla y me dispuse a hacerle de cenar. Me sentía culpable, pues sabía que no me había comportado de la manera más cordial con ella. Cuando llegó del trabajo me salió con que no quería comer en casa y que quería salir a cenar. Le dije que al menos comiera el espagueti que le hice pero no se dignó en probarlo. La verdad me cayó muy gorda y me di cuenta de que no tenía nada de qué arrepentirme por haberme comportado egoístamente con ella. Sentí que ella sólo quería una dama de compañía, que jamás le importó quién era yo.

El miércoles la cosa se puso fea, nos terminamos peleando; sólo era cuestión de tiempo. Yo sin dinero y ella de neurótica que quiere controlarme. Más bien me sorprende que no hubiese pasado antes o que no nos agarráramos a golpes. Eso sí, cuando la muy idiota trató de criticarme la puse en su lugar. La muy neurótica llegó de mal humor de su trabajo y me comenzó a gritar que por qué no la ayudaba a limpiar la casa. Es cierto que no siempre lavo mis trastes luego después de usarlos, pero no soy ninguna puerca. Además yo estoy de visita. Si Carla algún día se quedara en mi casa yo jamás le pediría que lavara ni un solo traste. Yo no tengo la culpa de que ella no tenga una muchacha. Lo que más me hirió fue cuando tuvo la desfachatez de decirme que no he hecho nada de mi vida y que sólo me la paso viviendo a las anchas de mis papás. Ahí sí me enojé y le grité sus verdades. Le dije que era una mojigata y que no tenía vida propia. Le dije además que me daba lástima y asco y que ella no tenía ningún derecho de criticarme. Nada más porque tenía un trabajo en los Estados Unidos, ¿eso ya la hacía mejor que yo? Ja, al contrario, antes pudo haberme engañado con ese frente, pero al estar con ella acá tras tantas semanas, ya sabía cuál era su realidad. Y no tuve ninguna pena en decírselo, en decirle que su insignificante departamento en dizque Hollywood tan sólo me provocaba lástima. Le grité que si ella creía que esto que tenía acá era vida, entonces era una tonta aún más grande que la tonta que yo conocí en la prepa. Yo jamás le hubiera dicho lo que pensaba de ella, pero la verdad ya me tenía harta. Cuando me cansé de gritar agarré y me salí a dar una vuelta.

Caminé en la oscuridad por más de 2 horas. Di como 30 vueltas a la cuadra. Mientras caminaba reflexionaba sobre este viaje y en lo molesta que estaba conmigo por haberme gastado mi lana en el boleto. Decidí cambiar mi boleto para regresarme lo antes posible. Carla no se merecía tenerme. Yo era demasiada cosa para esa estúpida. Llegando a México iba a encargarme de decirle a todos que era una perdedora y una don nadie. Siempre había sospechado que era lesbiana y me quedé pensando ahora si no tenía acaso razón. Había algo en la forma en que me quería tener siempre a su lado que no era normal ni tampoco era adjudicable tan sólo a su tremenda soledad, sino que era como una cuestión de atracción. Eso mismo percibía desde la prepa. Seguí caminando hasta que logré calmarme y, sin remedio, tuve que volver a ese departamento y a Carla.

El día siguiente lo pasé haciendo abdominales y viendo tele y fumando un chingo de mota. Pero a diferencia de los demás días empaqué casi toda mi ropa y además me robé un sweater de angora de Carla. ¿Qué más daba? Yo sabía que jamás la volvería a ver, además todo había sido tan decepcionante que al menos debía llevarme algo bonito a casa.

El viernes salí a caminar después de estar un buen rato en el teléfono. Primero, logré cambiar mi vuelo para el domingo. Luego hablé larga distancia a México y acordé con Silvia quedarme en su casa hasta que volviera a encontrar otro trabajo. Cuando llegó Carla después del trabajo ni siquiera la volteé a ver y seguí viendo tele. Ella se marchó a su cuarto y ahí se quedó. Ya no quería dormir en el mismo cuarto que esa lesbiana, así que tras asegurarme de que ya estaba bien dormida agarré las sábanas y mi cobija y me dormí en el pinche sillón de la sala.

El sábado en la mañana Carla se despertó supertemprano. Ya estaba apunto de irse cuando decidí que tenía que informarle sobre mi cambio de vuelo para el día siguiente.

Afortunadamente ésa fue nuestra última noche juntas. Carla me invitó a cenar sushi. Yo trataba de ignorarla y estar callada. De pronto de la nada Carla me preguntó por Víctor. ¡Su tonto novio de la prepa! Imagínate, la muy ñoña aún pensaba en un chico que no veía hace más de casi 15 años. Casi me río en su cara. Pero traté de ser discreta y tan sólo le dije que no sabía nada de él. La verdad sabía que se había casado porque había embarazado a una chica poco después de salir con Carla. Yo siempre había pensado que Carla nunca le aflojó más que un faje, pero ahora que de la nada, después de tanto tiempo, siguiera pensando en él, ya podía estar segura de que fue con Víctor que perdió su virginidad. Ay, pobre y tonta Carla, todo en ella era tan obvio y triste. Quizás le hubiera hecho bien saber que Víctor se divorció y terminó de drogadicto. Quizás con eso Carla ya podría por fin olvidar a ese muchachito que la desfloró. O quizás hubiese sido peor pues capaz que iría a buscarlo por los callejones de México tratando de rescatarlo y traérselo acá a Los Ángeles para tenerlo como su mascota.

El domingo llegó y yo estaba tranquila. Sabía que al llegar a México tendría en dónde quedarme. No me gustaba la idea de tener que volver a meseriar, pero igual sabía que así era libre, y que podría dejar la chamba por si me salía algo mejor. Carla cumplió su palabra y me llevó al aeropuerto. Menos mal, porque tenía lo justo para tomar un taxi en México a la casa de Silvia. Le voy a contar a Silvia el fraude que es Carla y que aún piensa en Víctor. No creo que jamás vuelva a Los Ángeles y me consta que jamás volveré a ver a Carla. Tanto Los Ángeles como Carla me decepcionaron muchísimo, prometieron mucho más de lo que supieron cumplir. Carla está en una ciudad tan hueca y solitaria como ella. Que se aprovechen. No aguanto para ya llegar a México.




© Tanya Sandler (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

Volver a Número 16: Marzo 2010